Contrastes penitenciarios: Yare III y la Supermax

El Centro Penitenciario Yare III, inaugurado en Venezuela, cuenta con talleres de herrería y carpintería, con producciones destinadas a las propias familias de los reclusos y la vecindad

Autor:

Juana Carrasco Martín

CARACAS.— El jueves, en Vargas, el presidente venezolano Hugo Chávez, en su Aló Presidente Teórico, destinado a la educación política de los cuadros del PSUV y del pueblo venezolano en general, abordó extensamente el tema que ocupa y preocupa a no pocos aquí: las concesiones que el gobierno colombiano está dando al Pentágono estadounidense para la instalación de los soldados del imperio en siete bases militares en territorio de esa nación.

Las expresiones de Chávez sobre este punto fueron difundidas de inmediato por la prensa internacional, porque realmente lo amerita: Venezuela, Ecuador, la región en pleno es amenazada por esta demostración de fuerza de la administración de Barack Obama, y el Presidente bolivariano fue explícito: «El imperio yanqui tiene entre sus planes provocar una guerra entre Venezuela y Colombia, y eso hay que decírselo a Colombia, porque eso sería lo último que nos puede ocurrir, una guerra entre hermanos. La verdadera guerra que tenemos que dar es contra el atraso, el hambre y la miseria».

Pero pocos, o prácticamente ninguno de esos medios, hicieron mención a lo que quizá fue —en mi modesto criterio y por la impresión que me causó— el acápite más humano, interesante y novedoso en la larga jornada de intercambio del Presidente con su pueblo.

Quizá se dejaron llevar por el criterio erróneo de que las buenas noticias, «no son noticia»: se inauguró el Centro Penitenciario Yare III, una inversión de más de 33 millones de bolívares, donde los reclusos ya cuentan con talleres de herrería y carpintería, cuya producción de pupitres, mesas, camas, juegos de comedor, pizarrones, utensilios para los hogares, puertas, rejas y protectores, están destinados a sus propias familias y la vecindad. Un trabajo que dignifica a quien alguna vez en su vida equivocó el camino y ahora está dispuesto a convertirse en hombre o mujer de bien.

No para ahí el beneficio a los reclusos, que fue explicado con pasión por el joven ministro del Poder Popular para Relaciones Interiores y Justicia, Tarek El Aissami. «Ahora estos espacios que eran utilizados para la violencia y para el odio, serán usados tanto para la formación personal como también la profesional y académica de los reclusos».

Un taller de artesanía, una escuela de teatro y otra de pintura, laboratorio de informática, canchas deportivas, biblioteca y centro de lectura completan la instalación con capacidad para 432 internos.

Los facilitadores, como se les llama a los instructores en las misiones bolivarianas, provienen de la Universidad Nacional Experimen-tal de la Fuerza Armada (UNEFA) o son profesionales de la propia comunidad del Yare.

Es un vuelco a la vida, que de seguro se extenderá por la geografía venezolana, y una forma efectiva de enfrentar los índices delincuenciales en una sociedad en construcción que necesita las manos y el corazón de todos.

El contraste vino cuando navegando por la Internet encontré al día siguiente una información del diario Belleville News-Democrat, de Illinois, donde la noticia era la protesta de algunos cientos de personas ante la oficina del gobernador de ese estado norteamericano, por las condiciones inhumanas de la población penal del Centro Correccional Tamms.

En esa prisión —una de las llamadas «Supermax», es decir supermáxima seguridad— 54 reclusos llevan más de diez años en confinamiento en solitario por tiempo indefinido, entre ellos 39 que llegaron cuando la prisión fue abierta en 1998. Todos, los 250 encarcelados allí, está sometidos a ese régimen y solo a unos pocos les permiten salir de su celda una hora al día, cada uno por separado, para ir a la jaula de cristal y ver a través de esas paredes la televisión, o al rectángulo de concreto para ejercicios. El costo anual de cada prisionero considerado por las autoridades como «lo peor de lo peor»: 64 700 dólares, un dinero que bien pudiera emplearse en otro modo de atención, rehabilitación, prevención o tratamiento a quienes padecen de desequilibrios mentales.

No hay que ser muy inteligente para saber que el trato en la «Supermax» de Tamms convertirá a estos reclusos en seres potencialmente más peligrosos, destructivos, llenos de odio y con traumas psicológicos más profundos. Algunos me criticarán que esto es traer la cuestión por los pelos, pero el hecho cierto es que Estados Unidos posee una larga cabellera en el asunto de las violaciones de los derechos humanos en sus cárceles, mientras se la pasa mirando la paja en el ojo ajeno. Y me llamó la atención, por el evidente contraste con la transformación que se produce en Yare III.

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