¿…Que los puertorriqueños quieren la anexión?

Lecturas más allá de las primeras cifras cuestionan los resultados que presentaron a la estadidad (anexión) como ganadora en la consulta sobre el estatus de la isla borinqueña

Autor:

Marina Menéndez Quintero

No es solamente un asunto de cuentas. Se trata también de una mirada política y no por ello carente —como pudieran alegar los más pragmáticos— de la necesaria objetividad. No es querer tapar el sol con un dedo. Por el contrario. Profundizar en los resultados de la consulta efectuada el pasado martes en Puerto Rico para saber el parecer de sus habitantes sobre su estatus político, permite ver mejor detrás de porcentajes según los cuales los puertorriqueños se habrían pronunciado— por vez primera, como se remarcó— por la anexión a Estados Unidos.

Aunque se trata de un referendo no vinculante, lo que quiere decir que la Casa Blanca —de cuyo parecer depende Puerto Rico— no tiene la obligación de implementar lo votado, cualquier pronunciamiento sería válido como argumento en la brega de miles de boricuas por cambiar el eufemístico Estado Libre Asociado (ELA), que mantiene a la isla como un apéndice de Washington, y fue claramente rechazado en el plebiscito.

Si se aceptase sin más cortapisas que, rechazado el ELA, ganó la estadidad (la anexión), quienes apuestan por esa variante tendrán argumento para presionar al reelecto Barack Obama y a quienes le sucedan, de modo que conviertan la estrella solitaria de la bandera puertorriqueña en la número 51 de la del Imperio. Flaco favor para Borinquen.

Lo contrario significaría que, por primera vez, también, tengan elementos de peso quienes abogan por un estatus más digno que el actual para Puerto Rico, sin tener necesariamente que dejarse asimilar de una vez por los Estados Unidos, con lo que podría perderse poco a poco esa esencia nacional que tan bien ha sabido conservar el pueblo boricua.

En el otro extremo está la independencia, que hay que analizar con punto y aparte. Siendo la alternativa lógica para una nación que ha dicho de modo expedito no querer ser neocolonia —eso quedó claro en la consulta cuando el 53,9 por ciento de los votantes se pronunció en la primera pregunta contra la continuación del ELA, frente al 46 por ciento— la independencia, sin embargo, es abrazada abiertamente ahora por una minoría.

No resulta difícil entender que es el resultado de la manipulación en la mente de un pueblo que se ha visto crecer «gracias» a los vínculos con el Norte y a quien se le ha hecho creer que no puede vivir sin ese nexo; y, también, de la persecución con saña de que han sido objeto los independentistas. De eso dan cuenta quienes por ese motivo fueron asesinados, o arrestados y presos durante décadas en territorio de Estados Unidos.

Pero quienes aspiran a que prevalezca el sentido patrio sobre lo que otros consideran más conveniente para el «desarrollo» y la sobrevivencia del «país», no tienen que resignarse.

El resultado, entonces, de la consulta en lo político y en lo moral es muy importante. Y sacadas bien las cuentas de la votación del 6 de noviembre, cualquiera puede percatarse de que la anexión no fue el parecer de la mayoría; aunque esa variante haya obtenido, al contarse las boletas, los mayores porcentajes.

Mirando bien los números

El único resultado transparente que servirá a los boricuas para luchar por el cambio de su situación actual, es la mayoría que por primera vez —esta es la cuarta consulta en la historia puertorriqueña— se registra contra el humillante estatus de hoy, el ELA. Un vínculo con EE.UU. que sujeta a Puerto Rico a las leyes aprobadas en el Congreso en Washington, sin permitirle a sus habitantes tener un representante con voto en el legislativo federal; maneja su economía y sus relaciones exteriores; le otorga a los habitantes de la isla la ciudadanía estadounidense pero no los deja votar por el Presidente que, en definitiva, decidirá sus destinos —la isla solo tiene un gobernador… Hablamos de una relación que permite el uso por el Pentágono de los jóvenes boricuas como carne de cañón en sus guerras imperiales y, lo que puede ser aún peor: inhibe que el país sea visto en el entramado internacional como lo que es, una nación. Puerto Rico no tiene asiento en la Asamblea General de la ONU, ni siquiera ha podido ser aceptado como miembro en uniones integracionistas regionales a las que por derecho pertenece como la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños porque, aunque como pueblo existe y tiene una cultura y una identidad nacionales, formalmente no es un Estado, sino un ente «libre» y «asociado» a Washington.

Sin embargo, no todo fue así de claro con la segunda pregunta que se presentó ante los votantes, y que pedía, a quienes en la primera dijeron no al ELA, pronunciarse en torno a tres variantes: la estadidad (anexión), por la que votaron 805 155 personas, equivalentes al 61,6 por ciento, según consignó en su último parte del día 8 la puertorriqueña Comisión Estatal de Elecciones; el denominado Estado Libre Asociado Soberano, que presupone —según se describe— una relación con EE.UU. basada «en la asociación política libre y voluntaria» con términos que se acordarían entre ambos países como naciones soberanas, y por el que marcaron 438 896 electores, para un 33,2 por ciento y, en tercer término, la independencia, que recibió 72 978 aprobaciones, equivalentes al 5,54 por ciento.

Visto así, la anexión tiene mayoría. Pero otra cosa ocurre si se toman en cuenta los 468 478 ciudadanos que —se dice que siguiendo las orientaciones del gobernador electo, Alejandro García Padilla, defensor del ELA— dejaron la segunda pregunta en blanco; aunque también pudieran ser ciudadanos confundidos, incrédulos o desencantados que no abrazaron ninguna causa. Una cifra que no aparece en la página web de la Comisión Electoral, pero manejada por sectores del independentismo y algún que otro observador puertorriqueño para echar una mirada de fondo a los porcentajes.

Fueron ellos quienes llamaron la atención sobre este aspecto no divulgado y que, según afirman, haría bajar el porcentaje de los que se pronunciaron por el anexionismo hasta alrededor de un 46 por ciento, el índice histórico obtenido por la estadidad, señaló un analista del periódico El Nuevo Día.

Pero otra cuenta es aún más sencilla. Si se toma en consideración a los que votaron en blanco más los que lo hicieron por el ELA soberano y el independentismo, los tres grupos suman un total de 980 352 puertorriqueños que no votaron por el anexionismo, y representan: ¡175 197 más que quienes lo hicieron!

También debe tomarse en cuenta a los que no acudieron a las urnas o anularon sus boletas. Del padrón electoral, que según agencias cablegráficas es de 2,4 millones, se reportaron 1,2 millones de votos válidos.

Entre los que faltaron se infiere que estuvo el líder independentista Rafael Cancel Miranda quien, en artículo publicado la víspera de la votación, alertaba que «no puede haber elecciones libres» en un país «secuestrado por el poder imperialista estadounidense. Para votar libremente, primero hay que ser libre. Cuando lo seamos, votaré». ¿Cuántos más habrán pensado como él?

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