La hazaña no puede ser ignorada

Pretenden revisar la historia, negar el papel heroico de una nación multiétnica, la Unión Soviética,  que ofrendó, por sí sola, la vida de 27 millones de sus hijos e hijas para detener al peor azote  de la humanidad en el siglo XX, el nazifascismo

Autor:

Juana Carrasco Martín

La guerra supuso lo que todas: dolor repartido, muerte, destrucción. El genocidio de judíos y gitanos, el exterminio de socialistas, comunistas y antifascistas en los campos de concentración nazis, la quema de libros junto a ciudades y pueblos en ruinas. Fueron años de barbarie; también de resistencia y lucha de aquellos que consideraron Untermensch o pueblos inferiores…

En los escenarios europeo, asiático y africano de la II Guerra Mundial murieron 55 millones de personas —militares y civiles—, 27 millones eran soviéticos, y de estos, 13,7 millones, civiles. Cómo pretender entonces ignorar o negar esa hazaña.

La propaganda contra la victoria soviética frente al nazi-fascismo —que no desconoce el papel de las fuerzas aliadas—, busca ahora socavar a Rusia, desacreditarla desde el punto de vista político y moral. Pero no puede taparse el sol con un dedo, como tampoco ocultar el heroísmo del pueblo, la gesta por la paz mundial y por su sociedad socialista, que les llevó a nombrar aquella lucha como la Gran Guerra Patria.

Fue a las 2:10 horas del día 9 de mayo de 1945 cuando la firme y fuerte voz del periodista Yuri Levitan sonaba a clarinada en lo que había sido panorama sombrío: «Alemania ha sido totalmente vencida». La Plaza Roja se llenó de gente que cantaba, reía, bailaba, se besaba y abrazaba, y el cielo se iluminó, esta vez con fuegos artificiales. En Berlín, el jefe Mariscal nazi Wilhem Keitel había capitulado oficialmente ante el Mariscal ruso Georgi Zhúkov.

Era el fin del Tercer Reich, del imperio de la ideología fascista que instauró Adolfo Hitler desde 1933 en Alemania y convirtió a todo un continente en una hoguera de odio, iniciada como enfrentamiento bélico en 1936 por el falangismo contra la República Española.

La expansión territorial bajo el pronunciamiento del Lebensraum (espacio vital)  y la superioridad racial, al empuje del militarismo, fue la forma de establecer el autoritarismo nazi y una «cultura» amoral.

De España, a la anexión de Austria, la invasión de Polonia, y la ocupación de Noruega y Dinamarca, siguieron el paso de las hordas por Bélgica, Luxemburgo, Holanda, Francia y la operación en el Norte de África. Tenían como aliados a la Italia del fascismo y al imperio nipón en el extremo oriente.

Pero el avance hacia el Este no resultó igual de rápido y victorioso para los ejércitos hitlerianos. La resistencia en las repúblicas socialistas y de las guerrillas en Yugoslavia, Grecia y Bulgaria, entre otros, iban dando otro cariz a las acciones de conquista. A las tropas alemanas se les quemaron los pelos de su Operación Barbarroja, con la que invadieron y pensaron aniquilar a la URSS, concebida como Blitzkrieg o guerra relámpago para apenas dos meses de avance arrollador de un ejército de 4,5 millones de hombres, 3 000 tanques y 2 700 aviones…

En la historia se escribieron con sangre generosa los nombres de Kursk, Stalingrado, Leningrado… Definitivamente, en 1945 las tropas soviéticas rodeaban Berlín, y las fuerzas aliadas, especialmente de Estados Unidos que por fin había entrado en la contienda desde 1944, junto con las tropas británicas, ocupaban el occidente de Alemania.

Sobre el Reichstag de Berlín, un soldado ruso izó la bandera roja de la hoz y el martillo.

Han transcurrido 70 años y se celebra el Día de la Victoria. Sin embargo, fuerzas retrógradas intentan propagar ideas de superioridad racial en una Europa que ha utilizado mano de obra de pueblos inmigrantes del sur, y ahora les incomoda porque una crisis económica le pesa demasiado; tampoco se rinden las fuerzas ultraconservadoras allende el Atlántico donde jóvenes negros mueren en las calles baleados por la policía, o en el Israel que hace su propio Holocausto en Gaza, contra el pueblo palestino.

Parece que el mundo olvida el desangramiento de la II Guerra Mundial y se multiplican los focos bélicos, fundamentalmente en el Oriente Medio o en los países musulmanes africanos.

Una locura y una barbarie que no recibe el nombre de nazifascismo, pero se le asemeja en los propósitos de imponer el poder de intereses transnacionales, financieros, de los industriales del armamentismo, de quienes gozan de hartazgo de petróleo.

Esos mismos intereses son los que quieren aislar a Rusia en su celebración y desconocer el enorme papel de un Estado y sus pueblos. Inútil pretensión. La víspera de la gran celebración en Moscú, se estrecharon las manos de los líderes actuales de dos colosos que sufrieron en carne propia los vejámenes de aquella historia: Rusia y China, quienes fortalecen la cooperación y como señaló el compañero Fidel «constituyen un escudo poderoso de la paz y la seguridad mundial, a fin de que la vida de nuestra especie pueda     preservarse».

En solidaridad y reconocimiento, se dan cita los Jefes de Estado de 27 países y líderes de organizaciones mundiales llegados desde todo el orbe: el Presidente cubano Raúl, el bolivariano Nicolás Maduro, Lucashenko, el belarús, y los mandatarios de la India, Mongolia y Zimbabwe, entre otros.

Pero otros han encontrado excusas para no estar en Moscú este 9 de mayo, cuando no se puede olvidar que la bestia solo duerme.

Hace unos pocos días, en sesión solemne de la Asamblea General de las Naciones Unidas, el presidente de ese plenario, Sam Kutera, dijo: «La Segunda Guerra Mundial fue un momento de atrocidades innombrables, de pérdida de la fe y de una humanidad devastada. Hoy, honramos a las innumerables víctimas que perdieron sus vidas en la guerra».

Cuando las fuerzas armadas de Rusia, y los veteranos soviéticos desfilen por la Plaza Roja este sábado, estarán acompañados también del sentimiento de gratitud y admiración de cientos de millones de hombres y mujeres que queremos salvar a esta humanidad y a este planeta para vivir en dignidad y paz para todos.

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