Convivencia civilizada sin olvidar la historia

Estados Unidos dice que tiene la voluntad de respetar la soberanía de Cuba, a la vez que no renuncia a inmiscuirse en los asuntos del país

Autor:

Juana Carrasco Martín

«Un nuevo día entre Estados Unidos y Cuba», así tituló su conversación del viernes pasado, en el Woodrow Wilson Center, la asesora de Seguridad Nacional de EE. UU., Susan Rice.

La funcionaria presentó la Directiva del presidente Barack Obama del 14 de octubre de este 2016, considerada el legado para quien sea su sucesor al frente de la Casa Blanca, con la pretensión de hacer «irreversible» la política hacia Cuba, que cambió el 17 de diciembre de 2014 en sus métodos —porque no funcionaban—, no así en las intenciones de doblegar a la respondona Isla caribeña.

Una política que ha pasado por los mayores grados de la agresividad con crímenes terroristas, lucha armada, invasión militar, guerra química y biológica y la inmutable guerra económica del bloqueo, hasta los flirteos con un mazo de zanahorias. Capítulo este de 57 años, pero que tiene raíces tan profundas que llegan hasta los albores del siglo XIX y aquellas Doctrina Monroe y «fruta madura» que no pocos creen todavía que debe caerles en el cesto.

Que podemos tener una convivencia civilizada, por supuesto, pero esto no implica que para «construir un brillante futuro», como planteó la señora Rice, tengamos que poner a un lado y olvidar el pasado. Las mejores relaciones se edifican cuando se reconocen los «errores», no porque fallaron y no dieron el resultado apetecido a sus intereses, sino que el acto de contrición debe ser verdadero, porque se admite la injusticia y se respetan soberanía, independencia y autodeterminación de una nación y de un pueblo en igualdad de condiciones.

La historia es prolija en actos hostiles de Estados Unidos hacia Cuba, de intervenciones, de despojo de una importante parte de nuestro territorio en Guantánamo —cuyo estatus, por cierto, la Directiva Presidencial dice que el Gobierno de Estados Unidos no tiene intención de modificar—, amparados en la Enmienda Platt de 1902. Las «sospechas mutuas y las relaciones profundamente hostiles entre Cuba y EE. UU.» no comenzaron con la Crisis de Octubre o Crisis de los Misiles de 1962, como afirma en su discurso la Asesora de Seguridad Nacional: «el 14 de octubre de 1962, un avión estadounidense U-2 volando alto sobre Cuba fotografió la construcción de silos de misiles ofensivos nucleares en la isla». Acto de guerra de un avión espía violando el espacio aéreo de una nación independiente.

Usando el engañoso y enmascarador término de «embargo», el criminal bloqueo es presentado por la alta funcionaria en esta simple frase: «Por más de medio siglo, los Estados Unidos trataron de aislar y presionar a Cuba, cortando los viajes y el comercio, y limitando las oportunidades de interactuar a cubanos y americanos (estadounidenses)». Para colmo asegura que esa política (el bloqueo) «estaba basada en buenas intenciones. Pero, sencillamente, no estaba funcionando».

¿Cuál era el objetivo que debía perseguir el embargo-bloqueo por el cual todavía algunos creen que «la normalización es un error»? Susan Rice lo define así: «La dura verdad es que el embargo fracasó en su propósito declarado de derrocar al régimen de Castro, mientras dañaba al pueblo cubano».

Acaso esta admisión cierra esa página como se pretende. No, porque los cinco paquetes o bloques de medidas ordenadas por los Departamentos del Comercio y del Tesoro de Estados Unidos contienen acciones muy limitadas en su alcance y no desmoronan el núcleo de esta guerra económica, comercial y financiera. Cuando parece que se abren puertas, la intrincada maraña de regulaciones que conforman las Leyes del bloqueo son obstáculos casi insalvables, pero la intención de voltear la página expresada en más de una oportunidad por el Presidente deja en manos del Congreso la solución que parece insoluble.

En el discurso se pronunció por el involucramiento de Estados Unidos en lo que llama «reformas» económicas de Cuba y porque ello lleve a Cuba a unirse al resto del mundo. Ceguera o visión estrecha que desconoce los vínculos múltiples de la economía y la vida política cubana con decenas de países que sí saben de nuestras circunstancias y posiciones al punto de que, por ejemplo, han votado contra el bloqueo de Estados Unidos en 24 ocasiones consecutivas en la Asamblea General de la ONU y de manera casi unánime en los últimos años, cuando solo dos votos le han sido adversos: el de Estados Unidos y el de Israel.

Los lazos de Cuba, su participación —incluso destacada y reconocida— en numerosas organizaciones, foros, organismos, bloques de integración, dicen a las claras que solo un país nos ha pretendido aislar sin lograrlo, y ahora se presentan como el abridor de las puertas que solo mantienen cerradas en el campo comercial y financiero porque aplican sanciones extraterritoriales que atemorizan e inmovilizan en lo económico a terceros países.

Los cambios regulatorios de Estados Unidos que deben incrementar los viajes y el comercio, se quedan menos que a medias. ¿Dónde está el derecho constitucional de los estadounidenses de viajar libremente a donde les plazca sin necesidad de una licencia que abarca 12 categorías, pero no la de turista? ¿Dónde queda el principio del libre comercio, el de ida y vuelta? ¿Acaso se ha podido aplicar la autorización del uso del dólar en las transacciones financieras internacionales de Cuba? ¿Cuándo tendrán los bancos cubanos la posibilidad de tener cuentas corresponsales en Estados Unidos y los viajeros o funcionarios cubanos utilizar tarjetas de crédito y de débito como cualquier otro mortal? ¿Cuándo se podrá exportar e importar productos de uno y del otro y de cualquier índole, sin necesidad de medir el origen de sus componentes en tal o más cual por ciento o de certificar quién los produce?

¿Dónde está el libre flujo de información si estaba negado para Cuba el acceso directo por internet del propio discurso de la Asesora de Seguridad Nacional en el Woodrow Wilson Center?, donde explicó los beneficios de las relaciones bilaterales, que sin dudas los hay en campos de cooperación que se han ido identificando en los casi dos años de relaciones, pero que podrían ser muchos más.

Susan Rice ha visto y mencionado algunos de los beneficios que puede reportar a EE. UU. esa cooperación con Cuba —conocidos y compartidos por no pocos en el mundo— en temas relativos a la seguridad como el enfrentamiento al terrorismo, al narcotráfico y a los delitos transnacionales, así como a las amenazas globales a la salud que representan enfermedades como el Zika.

Sin embargo, las informaciones que recibió la gran mayoría de los ciudadanos de EE. UU. que siguieron las noticias sobre la Directiva Presidencial y las últimas medidas aprobadas resaltaban una de ellas por encima de todas las otras: la posibilidad de que los viajeros compren en Cuba o en terceros países y lleven a Estados Unidos el ron y el tabaco cubanos «para su uso personal», aclara la medida anunciada el viernes. ¿Cuándo podrán tenerlos en la esquina de su casa, incluso con aquellas marcas que le han sido usurpadas a las industrias cubanas o mixtas con socios en los negocios que no son estadounidenses?

Un elemento llama poderosamente la atención en el discurso de Rice que explica la disposición de la actual administración estadounidense «a comprometerse más en la realización de negocios con Cuba», son enfocados «al naciente sector privado» y a «la gente joven», y presenta lo que es política del Estado cubano aplicada desde hace más de una década y potencializada en las líneas de la actualización económica del país, como un «logro» a partir del anuncio de restablecer las relaciones diplomáticas y hasta de la visita del presidente Barack Obama a La Habana.

«Nosotros queremos hacer todavía más para involucrarnos y hacer negocios con Cuba», afirmó Susan Rice.

Pero hay otra frase que desquicia en su detallada puntualización del «nuevo día» que se abre para Cuba con las relaciones bilaterales y el involucramiento estadounidense en la construcción del futuro cubano: impulsar una participación mayor en el crecimiento del país y «especialmente de los miembros de las comunidades marginadas como los afrocubanos». ¿Por qué no hacer eso en su propio país, con sus pares étnicos, donde por motivos de discriminación racial, pero también porque son pobres o menos favorecidos por la fortuna tienen mayores posibilidades de ganarse un disparo mortal de la policía?

La retórica incluyó el «compromiso de promover el respeto a los derechos humanos y los valores universales en Cuba», por supuesto de acuerdo a su medida. Se quiere obviar que Cuba se ha comprometido, cumple, respeta y hace respetar 44 de los 61 instrumentos de los convenios y el derecho internacional en este acápite, mientras Estados Unidos apenas alcanza o reconoce 18 de ellos. Hay entonces mucha tela por donde cortar en el intercambio sobre este tema, que ya va por una segunda ronda de encuentros y deja al descubierto grandes diferencias y con una larga lista de violaciones de Estados Unidos hacia los derechos de sus propios ciudadanos e incluso de otras naciones y pueblos. ¿Cómo protege EE. UU. derechos tan elementales como la vida, la paz y el desarrollo?

Una cosa dejó claro el discurso de Susan Rice en el discurso explicativo del Wilson Center: «Estados Unidos respeta la soberanía de Cuba y de su derecho a la autodeterminación. El presidente Obama insiste en que Estados Unidos no tiene intención de imponer un cambio de régimen en Cuba».

Menos mal. Podemos seguir adelante en el proceso —evidentemente largo y complejo— de llegar a relaciones normales, como las de cualquier vecino, esperando que siempre prime la convivencia civilizada, cada uno a su forma, con su historia, su cultura y su legado.

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