Seguiré con mi bata y mi esteto bajo el brazo

En exclusiva para JR, uno de los galenos cubanos que labora en la provincia peruana de Piura comparte vivencias de esta nueva misión

Autor:

Enmanuel Vigil Fonseca

CATACAOS, Piura, Perú.— Ninguna misión es igual a otra, aunque lo parezca. Todas te enseñan algo nuevo; aprendes y te ponen a prueba. Esa es una gran verdad, al menos la mía.

Ahora es Perú, exactamente la región de Piura. Este lugar quedó inundado luego que el río de igual nombre se saliera de su cauce y robara la tranquilidad de los habitantes.

Me contaba un poblador de la zona que fue increíble ver cómo se les venía encima tanta agua. Pensaban en muchas cosas: en cómo salvar sus pertenencias, a sus familiares, a sus mascotas. Todo fue muy complejo, pues no dio tiempo a nada y tenían que definir muy rápido qué salvar.

El paisano amigo me comentaba que lo que más le impactó durante la tragedia fue ver cómo a una madre con tres hijos, mientras intentaba sacarlos del lodo y el agua, los vecinos le decían a viva voz que dejara a alguno, pues no le iba a dar tiempo salvarlos a todos.

Otra de las pacientes que he tenido por estos días, Isolina, de 70 años, postrada en una silla de ruedas, ubicada ahora en el refugio Virgen del Carmen, me decía con ojos aguados y rostro apretujado de dolor que hizo «una rabieta» desde su silla por la impotencia de no poder ayudar a nadie de su barrio, y ver cómo sus vecinos nadaban, pedían ayuda, y no acudía casi nadie por la lógica razón de que todos estaban haciendo lo mismo, y era egoísta juzgar a alguien.

Cada vez que uno camina las calles de Catacaos, uno de los distritos que conforman la provincia de Piura, te rodea mucha gente y te preguntan: «¿Usted es el médico cubano? Por favor, dígame dónde va a atender, que necesito de su ayuda». O vienen otras personas y solicitan tus servicios en otros puntos distantes donde apenas llega la atención médica. Aunque te salen las ganas por los poros de hacerlo al minuto, les explicas que todos serán atendidos, solo que hay que coordinarlo bien, y así se quedan entonces con muchas más esperanzas.

Lo mejor de todo es cuando llegas a los centros de asistencia y ves las colas interminables y susurran entre ellos: «¿Vieron? Les dije que el cubano venía y aquí está». Eso me gusta mucho; es sentir, es vivir en carne propia que Cuba no deja a ningún enfermo desamparado. Eso a uno le llena el alma.

Los niños te corretean cerca y quieren que les pongas el estetoscopio, solo para reír, pues a muchos les parece que el aparato es un instrumento de juego.

Las embarazadas que he podido tratar han quedado muy contentas después de la consulta y con la forma en que nosotros hacemos el seguimiento. Es muy distinto al que les realizan aquí, y se te quedan mirando un tanto asombradas, sobre todo por las tantas preguntas que uno les hace, tratando de indagar sobre el curso de su gestación y los tratamientos que han recibido. Siempre terminan con la misma pregunta: «Doctor, ¿cuándo me vuelve a atender? Por favor, no se vaya».

Los piuranos son gente muy religiosa. En esta Semana Santa aquí se ha suspendido todo tipo de fiesta, celebración o actividad comercial. Solo han quedado previstas las misas, cenas y cánticos. Se respira amor, mucho amor al prójimo. Hay lágrimas, pero también mucha esperanza de salir de este mal momento. A pesar del dolor que aún se vive, poco a poco se pueden ver los primeros síntomas de apertura de negocios en la zona, que es, esencialmente, de mucho turismo.

Por la dinámica de este tipo de misiones, próximamente me tocará trabajar en unas carpas frente a un hospital que se llama Santa Rosa. Allí el dolor también ronda, y hasta ese sitio iremos los médicos y enfermeras cubanos del Contingente Henry Reeve, que ya hemos atendido esta vez a más de 4 000 personas en suelo peruano. Desde estas tierras necesitadas seguiré, como todos mis colegas compatriotas, con mi bata y mi esteto bajo el brazo.

*Especialista en Medicina General Integral y miembro del Contingente Internacional de Médicos Especializados en Situaciones de Desastre y Graves Epidemias Henry Reeve. Trabaja en el Instituto Pedro Kourí.

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