Obcecación a lo Bush

Autor:

Juana Carrasco Martín

ESTE miércoles, en Miami —dónde si no podría ser la puesta en escena del sainete— Caleb McCarry, el pro-cónsul designado por George W. Bush para «desmantelar» a la nación cubana, reafirmó que Estados Unidos «seguirá firme» en su respaldo a los cubanos que quieren «decidir un futuro democrático para su nación». Pretende, desea, quiere hacer «desde ahora» un «proceso rápido» que aniquile a Cuba y a los cubanos; llama a «estar preparados para responder rápidamente con nuestra asistencia» a las posibles acciones de la contrarrevolución...

Por supuesto, él no habló de invasión, ni de ocupación, sino de traernos «elecciones libres» y «democracia», y el discurso es demasiado familiar y similar al empleado respecto a Iraq, donde ejecutan la decisión imperial de imponer las ventajas del mundo libre a punta de cañón, sobre miles de cadáveres y con una destrucción profunda del país.

El visto bueno del W. a los 80 millones de dólares que le pavimentarán el camino a los mercenarios y a los cómplices de otros lares, forma parte de la versión corregida y ampliada del llamado Plan Bush, una aberrada visión de que este planeta, al unísono, debe responder a los dictados de Washington o pagar las consecuencias.

«Plan contra plan», dijo José Martí refiriéndose al necesario combate de los cubanos para alcanzar la independencia frente al colonialismo español. La alternativa es idéntica en este siglo XXI, como lo revelan las pretensiones del mandatario de la Casa Blanca de ser él quien ahogue a Cuba y a su pueblo.

El nuestro es un plan que cuenta con dos elementos claves: la unidad y disposición popular a defender esta Revolución, nuestra Revolución, y la solidaridad internacional, que nunca ha estado ausente y ahora se muestra con bríos nuevos.

Desde diferentes puntos del globo terráqueo llegan las muestras de amistad, de apoyo, de solidaridad...

En Caracas, fue la alocución del presidente Hugo Chávez: «Larga vida a Fidel Castro (...) y a la Revolución Cubana», proclamó reafirmando su compromiso con esta Patria grande, bolivariana y martiana, frente al plan que propone Bush, en el que también hay mucho más que una velada amenaza a Venezuela.

Su pronunciamiento enérgico y fraterno como siempre: «El informe dice que se encargarán de desalentar a cualquier tercer país que quiera apoyar a Cuba revolucionaria. Desde aquí le digo al imperialismo norteamericano que ahora es cuando Venezuela apoyará a la Revolución Cubana».

En el extremo sur de este hemisferio, el Partido Comunista de Chile denunció la «grosera violación de las normas que rigen las relaciones entre estados independientes», cuando hicieron referencia al rastreo a las exportaciones cubanas, para impedirlas y dificultarlas, y alertaron que esa búsqueda de liquidar el proceso político de la Isla también «implica la extensión de sus intervenciones a terceros países, entre ellos Chile».

Hay una motivación especial en este caso, pues la asignación de millones para respaldar las andanzas de grupos anticubanos violentos, rememora que su ex canciller Orlando Letelier encontró la muerte a manos de terroristas de origen cubano que hicieron estallar su carro en una avenida del mismísimo Washington.

Ese camino de la solidaridad y de la denuncia se transita también en Puerto Rico, donde el Movimiento Independentista Nacional Hostosiano (MINH) y Refundación Comunista de Puerto Rico (RCPR) afirmaron en sendas declaraciones que el país que impide al pueblo puertorriqueño alcanzar su soberanía e independencia insólitamente crea una denominada Comisión para la asistencia de una Cuba libre, cuando debería impulsar una transición de Puerto Rico hacia una sociedad libre y próspera.

Y en ese paso largo del respaldo y la defensa, el comité en la India de solidaridad con Cuba, en reunión de intelectuales, parlamentarios, dirigentes políticos y campesinos, rechazó los propósitos anexionistas de la Casa Blanca, como también lo hizo, desde la mismas entrañas del monstruo, la Cuban American Alliance Education Fund que advirtió del peligro que representa el anexo secreto que acompañan las nuevas medidas del Plan de Bush, toda una promesa de acciones encubiertas o militares: «En nombre de nuestras familias en la isla, en nombre de la decencia y la justeza, en nombre de las leyes internacionales, categórica y vigorosamente denunciamos las acciones del presidente y su agresión contra el pueblo cubano», subrayan.

La infame paranoia de la administración Bush, enemiga irreconciliable e implacable de los cubanos, tiene respuesta sobrada en estas y muchas otras muestras de solidaridad.

Mientras tanto, el sueño y los sueños de esta Isla no se perturban. ¿Saben qué acaba de decir un estudio de la New Economics Foundation (NEC) y del grupo ambientalista Friends of the Earth? Que los cubanos estamos entre los países y pueblos más felices del planeta. Un estudio que habla de vida larga, sana y satisfactoria.

La clasificación, realizada entre 178 pueblos del planeta, multiplicó la duración de vida media de cada uno por la «tasa de satisfacción» y dividió todo por el impacto ambiental de cada nación. La gente de Vanuatu, de Colombia, de República Dominicana, de Panamá, de Cuba resultamos ser mucho más felices que los ciudadanos de Estados Unidos, que se ubicó en el lugar 150 de esa escala de valores.

¿Será que a esa infelicidad coadyuva la obcecación proverbial de un presidente siempre dispuesto a la guerra y a la confrontación? Sí, Estados Unidos necesita un plan para su propia transición...

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