Polvo en el viento

Autor:

José Alejandro Rodríguez

Los cronistas, esos rapsodas de lo hermoso y lo feo, de lo insólito, no usan corbata ni hacen genuflexiones; no ansían las coberturas periodísticas de los grandes salones, seducidos como están por los callejones misteriosos de este mundo.

Como seres sensitivos que son, tienen escasa habilidad para la premeditación y la astucia. Viven prendidos de la germinación natural de la vida, del ser humano y sus enigmas. Comentan un suceso, y hallan el detalle elocuente, ese que se le escapó al urgido informativo. Descubren más en rostros que en informes burocráticos. Prefieren el diálogo al discurso. Y no se creen cosas, ni miran desde arriba. Saben que su único mérito es ser «polvo en el viento» —como la canción de Kansas—, para así tocarlo todo y connotarlo.

Este aspirante a cronista tuvo revelaciones en el II Encuentro de Cronistas Miguel Ángel de la Torre, celebrado recientemente en la ciudad de Cienfuegos, por iniciativa de la Unión de Periodistas de Cuba en esa provincia, y en honor al insigne columnista de aquellos lares. En una atmósfera díscola y honda a la vez, inundada por los espíritus traviesos de Hemingway, Carpentier, Guillén, Eladio Secades, García Márquez, Maruja Torres y el inolvidable Manuel González Bello, se me reveló de un tirón que el cultor de ese género periodístico, a más de atesorar mucha calle y sensores humanos, debe ser esencialmente una buena persona, en el sentido menos telenovelero de la nobleza.

Junto a sus indagaciones conceptuales, el encuentro fue una fraternidad divertida, alevosa en ironías; pero con la transparencia de los que amanecen siempre con la capacidad de asombro intacta y la pupila limpia de rencores y prejuicios, para captar los latidos íntimos de la realidad. Paradoja del cronista, que tiene visión tan personal y solitaria de las cosas, y es una criatura gregaria en humanidad.

Es sencillo: para mirarlo todo con ese visor iridiscente, hay que despojarse de celos, envidias y otras mezquindades que malgastan nuestro tiempo. Hay que admirar al prójimo, por encima de sus mataduras. Hay que venerar la maestría de un Luis Sexto, que es Primero en lo de embridar el corazón con el juicio hondo. O descubrir que, tras el silencio del tímido Enrique Milanés, hay una sonora catarata de exquisitas crónicas, allá en el periódico Adelante, de Camagüey. Un Milanés que juguetea lúcidamente con las palabras, aunque haya quienes lo consideren elevado o ininteligible para el lector promedio. (Pobre lector promedio, no lo calculan...).

El Encuentro fue también comprobar con Francisco, el Cholo cienfueguero, que para escribir coloridas estampas costumbristas no hace falta exhibirse ufano por el Prado de esa ciudad como en una pasarela. Allí también sentí el deseo de escribir crónicas —cuando bajen del alma, y no por decreto— en compañía de José Aurelio Paz, un místico irreverente, que desde el periódico Invasor, de Ciego de Ávila, ha burlado el fatalismo provinciano con una obra inmensa de belleza y virtud.

Allí, junto al febril talento de mi incontrolable amigo Michel Contreras, con las añejadas viñas de sabiduría de Pedro Viñas Alfonso, y a la sombra de la doctora Miriam Rodríguez Betancourt, cátedra en la Facultad de Comunicación y en la difícil asignatura del agudo juicio; allí Miguel Ángel de la Torre resucitaría para, de paso, alertarnos de que muy poco le conocemos quienes aspiramos a seguir sus huellas.

En Cienfuegos extrañé a ese peso pesado de la crónica deportiva, Elio Menéndez, y al prestidigitador de las palabras que es Eduardo Montes de Oca, de Bohemia. Y me quité el sombrero esperando a Rolandito Pérez Betancourt y a Hugo Rius, cintas negras de la emoción inteligente y contenida. Al gordo Amadito del Pino, que un día se embriagó allá arriba con los ángeles para escribir crónicas. A Pedro de la Hoz y Julio Acanda... a un Julio García Luis, inmenso cuando, años atrás, el decanato universitario aún no le robaba tiempo para hacer espléndidas viñetas de viaje, muy cerca del sol. A Roger Ricardo Luis, con sus crónicas olorosas a pólvora; y a Joaquín Ortega, buscando la poesía del deporte. A Alina Perera Robbio, que cuida con celo su última metáfora en esta vida: la preciosa Elena. Al «escapado» Ciro Bianchi Ross. Al criollísimo Argelio Santiesteban. A tantos hermanos de la palabra sensible y sentida, sin mieles ni podios.

El II Encuentro en Cienfuegos alertó para salvar la crónica como el más humano de los géneros, y a darle su justo lugar en las redacciones, sin estropicios sensibleros que la denigren. A levantarla entre tanta cháchara gris y repetitiva, entre tanto púlpito evidente y aburrido. A hacer la gran crónica de este país increíble, que es un reto diario a la imaginación.

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