Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Pecesitas solteras

Autor:

José Aurelio Paz

Vive ella en los arrecifes de Palawan, una provincia isleña de Filipinas en la región de Visayas Occidental. Muchas veces recorre Puerto Princesa en la búsqueda de comida para sus hijos; tal vez, algunas migajas que se le hayan escapado a cualquier pescador mientras lanza su tarraya.

Es madre soltera, mas no parece preocuparle mucho. Su nombre es Pez-mordaza con el que, quizá, algún pescador chistoso le bautizara por su enorme boca y sus ojos saltones, o por la fuerza de sus mandíbulas. Ella se aparea con su macho y, luego, el «tipo» se va, como si nada, y la abandona. Pero su infinita ternura le hace establecer toda una estrategia para defender a su futura progenie de los depredadores marinos.

Cuando desova coloca en su bocaza los millares de huevecillos. Allí estarán a salvo de las fuertes mareas, de los inoportunos golosos y recibirán, además del calorcito materno, el oxígeno necesario para crecer y desarrollarse, para poder vivir la infinita aventura que es la vida.

Cuentan los biólogos que solo a la hora de las comidas la delicada madre deposita los huevos, con el cuidado propio de una nodriza, en un resguardado agujero de las rocas marinas y corre a alimentarse, sin alejarse mucho del lugar ni perder de vista a sus futuras crías que solo cruzarán las mismas aguas, a la búsqueda también de la procreación divina, cuando estén aptas para enfrentar la supervivencia cotidiana con la fuerza y las mañas que le impregnó, con dedicación y esmero, su progenitora.

Y, ante estas escenas de la Naturaleza, ante ese circo de los asombros que siempre es, uno no puede menos que admirarse y reconocer que, precisamente, en sus historias sencillas está su grandiosidad; ese mecanismo relojero que pone en hora nuestra sensibilidad y nos sirve de espejo para asumir actitudes racionales ante las diversas realidades; esa lección que, a diario, se escapa de las aulas y de las universidades.

Como esta pecesita hay muchas madres en el mundo. Madres de las circunstancias, diría yo. Esas que forman una madeja de disímiles historias y actitudes que no nos pueden ser ajenas en este cuento, no siempre de hadas, que es la vida.

Una mujer, en tal situación, no debe ser un estigma social; esa marca ética que le clasifique como ganado de los convencionalismos morales de la sociedad, porque tal status no constituye siempre síntoma de inmadurez e irresponsabilidad.

A veces, no lo podemos negar, es consecuencia de liviandades y desórdenes sociales (lo que nuestras abuelas, con ese eufemismo propio de la riqueza de nuestra lengua, denominaban como «un mal paso»), en una familia que extravió su reserva como paradigma; pero otras, quizá las que más duelen, son aquellas en que la ingenuidad es lacerada por esos ladrones nocturnos de un machismo de corrido mexicano que destruye, sin pudor, a la inocencia. También las hay que, de manera equivocada, consideran ese tipo de maternidad como un safari feminista el cual pretende negar que el acto de traer un ser al mundo va más allá de poner a flirtear al espermatozoide con el óvulo. Son esas que, haciendo gala del choteo cubano, han robado un término del llamado Nuevo Cine, para clasificar su embarazo como una «producción independiente.»

Ahora bien, en un país como el nuestro donde todos queremos que la familia regrese, lejos de convencionalismos a ultranza y viejos moldes, al pedestal de los ejemplos, la cuestión no está en reprender ni en tolerar —una palabrita de sutiles acentos discriminatorios. El asunto es más serio y más raigal; hay que escribirlo, con tinta del corazón, en la agenda de las urgencias de los afectos sin que, para ello, sea necesario convocar a un congreso del cariño. Las pequeñas actitudes cotidianas son, como ya he dicho, las que mejor amasan el barro.

Y quede claro que nuestras estructuras sociales no pueden continuar viendo a la madre soltera como el medio-pollito que tuvo, como único destino, el oficio de veleta para señalar el rumbo, según los caprichos del viento.

Resulta imprescindible una estrategia de amor colectivo, de instituciones y personas, que propicie el milagro de una educación más profunda donde los «héroes callejeros» que, como el pez macho de la historia dejan regado su espermatozoide y, luego, ponen pies en polvorosa más veloces que una anguila, sean los verdaderos «condenados» de un paisaje social como el nuestro, donde la mujer es, también, ese rubí que se hace acompañar de «cinco franjas y una estrella».

Esa es la razón por la cual he querido, en día tan especial y único, dedicar mi homenaje, a lo Polo Montañés con un «montón de estrellas», a aquellas mujeres que emprenden la dura escuela de ser madres por caminos no comunes en lo que constituye casi un monólogo agridulce que, a veces, les ahoga; y a las cuales hago hoy una única convocatoria de compromiso: que la frágil copa que moldean, con el cristal leve de otra existencia, sea capaz de contener la esencial sustancia, divina por irrepetible, que es capacitar a un ser humano para que disfrute y multiplique el soplo del amor.

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