Otra TV - Opinión

Otra TV

Autor:

Rosa Miriam Elizalde

Se quejaba Jorge Luis Borges de lo que él llamaba la concupiscencia de las noticias inútiles: al cuarto de hora de haber ocurrido un hecho, ya debía ser reemplazado por otro. «Las noticias no se adquieren para la memoria, sino para el olvido», decía. Y así es, salvo que sea alguna que sirva de martillo a las transnacionales de la información.

Dura demasiado, por ejemplo, la noticia del fin de la concesión al canal venezolano RCTV. Nos levantamos y nos acostamos con lo mismo: amenazas de Estados Unidos por aquí, gritos de la oposición venezolana por allá, marchas y contramarchas por acullá. Es el imperio de la cantidad informativa sobre la calidad, pero de una cantidad de imágenes y palabras que de tanto parecerse dan la impresión de estar multiplicadas por espejos.

Todo da vueltas sobre el supuesto delito de la falta de libertad de expresión en Venezuela, que no resiste, sin embargo, el peso de las evidencias. En ese país, la mayoría de los medios siguen estando en manos privadas —el 80 por ciento— y lo que le critican al gobierno con tanta rabia y persistencia no es que se acalle una voz crítica con el poder, sino que decida darle el poder de comunicar a otros, a los que jamás tuvieron voz pública.

Acabo de regresar de Venezuela, donde participé en las Jornadas de Telesur El derecho ciudadano a informar y estar informados. Estaban ahí los ecos del debate por el cierre de la concesión del Estado a un canal privado que disfrutó por más de medio siglo del reducido espacio radioeléctrico de ese país. El tema trascendió en las mesas de discusión y en las expresiones de apoyo al gobierno venezolano, suscritas por Ignacio Ramonet, Tariq Alí, Richard Gott, Danny Glover y muchas otras personalidades.

Sin embargo, las evidencias más importantes del cambio que se está produciendo en Venezuela en el ámbito de la democratización de los medios ni siquiera han tenido su tiempo de olvido: no están, no aparecieron jamás en los ecos informativos, ni del evento internacional ni de los acontecimientos que agitan desde hace más de una semana la opinión dentro y fuera de Venezuela.

Un elemento clave silenciado por completo es que, con la aparición de la Televisora Venezolana Social TVes, el Estado venezolano ha empezado a tener la importancia que se merece, ya no solo en el aspecto político, sino en el ámbito cultural y educativo frente al vacío enorme que como espectador ha dejado la televisión privada para un espacio que no tenga que ver con la estupidización del ser humano y su sometimiento a una situación fundamentalmente de consumidor.

Tristán Bauer, el multipremiado director de cine devenido presidente de la televisora educativa argentina Encuentro, participó en una de las comisiones del Comité asesor que redactó recomendaciones sobre el modelo tecnológico y de programación de Telesur, mientras coincidía la Jornada internacional con los primeros escarceos por el fin de la concesión a RCTV. Él se asombraba de la alharaca reinante, porque mientras subía el tono del escándalo, se invisibilizaba más el proceso de cambio fundamental en el medio televisivo, que supone la decisión del Gobierno de Chávez y que no comenzó, por cierto, en Venezuela.

«Cuando me formé como cineasta en los 80 en la escuela de cine —me decía el director de Iluminados por el fuego—, la palabra televisión era de desprecio: era otra cultura, otra forma de decir las cosas, ligado a la vulgaridad. Es una maravilla recorrer hoy el mundo, América Latina sobre todo, y ver que al frente de los proyectos televisivos hay una enorme masa de jóvenes que se ha formado en el cine, el video y la Internet. Es obvio que ellos ya están quebrando la histórica relación emisor-receptor que se dio hasta el momento. No se puede seguir bajo la estructura de un emisor gordo, grandote y sordo que les habla a espectadores que son mudos y que miran estúpidamente a esta caja boba. El vínculo de la TV con Internet quiebra definitivamente el viejo esquema y se está generando una comunicación de ida y vuelta que se conforma como una herramienta extraordinaria de transformación social».

El modelo de TV como herramienta de servicio público tiene notables antecedentes en países como Inglaterra con la BBC (quizá una de las televisiones educativas más logradas); Canadá con TV Ontario; Estados Unidos y su sistema de canales públicos, que incluye corporaciones con fines pedagógicos como National Program Service (NPS), la Public Broadcasting Service (PBS), la Corporation for Public Broadcasting (CPB) y el Sesame Workshop (cuyo producto más célebre es Plaza Sésamo); Francia con la Cinquiéme; el convenio del Ministerio de Educación español con Radiotelevisión Española (RTVE); TV Escola y Futura (brasileñas); la propia televisora Encuentro, que dirige Tristán Bauer, en Argentina; los canales educativos cubanos, y otras que reafirman que la televisión no necesariamente está relegada al mero rol de golosina visual y de manipulación informativa.

«Solo si somos capaces de adueñarnos, como ocurre acá en Venezuela, de nuestros medios, estaremos ante la posibilidad real de crear una nueva televisión no solo para América Latina, sino para el mundo. ¿Por qué no se dice esto claramente?», se preguntaba en Caracas Tristán Bauer. «Porque entonces las noticias se consumirían para la memoria y no para el olvido», quizá le respondería socarronamente su compatriota Borges.

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