Guille - Opinión

Guille

Autor:

Rosa Miriam Elizalde

 Querida Rosa Miriam:

Esta mañana abro la computadora y me encuentro con un mensaje de Ernesto Vera, con algo que escribió Montes —bellísimo. He llorado tanto, porque sabes que era mi amigo del alma, con el cual no había día en que nos encontráramos y no riéramos siempre. No puedo creerlo. Es un dolor que no se me pasa. Lo veo viajando conmigo, mi hija y su enanito de jardín en la lancha que va a Regla y como el enano tiene cara de loco y Alejandra le había puesto varios collares, muchos creyeron que era cosa de santería y cuando bajábamos —Guillermo con el enano a cuestas— todo el mundo le tocaba la cabeza al muñeco, por las dudas. Imagina que tenemos una foto frente al Cristo de La Habana, los dos con el enanito en medio y la bella bahía detrás.

Mi querido Guillermo, tan maravilloso, inteligente, brillante, culturalmente de una solidez extraordinaria. Era la humildad, la frescura y todo. La última vez que estuve en La Habana, salíamos rodeados de personajes del periodismo, algunos más conservadores, y yo le dije delante de todos: «Guillermo si hubiera tenido yo unos años menos, tú no escapas a mis manos. He descubierto tardíamente al único hombre con el que hubiera podido vivir. Y también hubiera podido vivir contigo como vivió con alguien la Leonora Carrington. Así que te declaro mi novio eterno y mi frustrado sueño de marido». Se puso rojo, pero me miró con sus ojitos cómplices, como diciendo esto ha tenido efecto, asustaste a unos cuantos momios. Imagina tú, qué bello. Y así siempre nos metíamos en mundos increíbles y era un genio de verdad. No podré pasar sin llorar por el Instituto y menos por el hotelito, donde coincidimos tantas veces y hasta —como soy loca— pienso en lo solo que se quedará el perro mugroso que vivía en el Instituto y lo amaba de tal manera, que sus ojitos solo se alegraban cuando lo veían y hasta sonreía ese perro. Milagros de Guillermo. Lloro mientras te escribo, pero no voy a dejar de hacerlo, porque también Cuba para mí estaba ligada a ese gran muchacho calvo, tan querido, tan querible y tan leal desde lo más profundo con la Revolución y con la vida. Te quiero, Stella en un día muy triste.

UNAS POCAS PALABRAS

He preferido que hable Stella Calloni, la querida periodista argentina, que me escribe esta mañana derrumbada ante la certeza de la muerte de Guillermo Cabrera. Como tantos, como miles que sabían siempre dónde encontrarlo para compartir con él un dolor o una alegría, tengo mis propias anécdotas que no dejan de venir a mi cabeza, entre risas y lágrimas, desde que me enteré de su muerte en la tarde del domingo. Stella dibuja el carácter del Guille y me releva de contar mis propias historias, que por otros caminos llegarían al mismo lugar: la alegría y la grandeza del amigo que, probablemente por haber comenzado a trabajar junto a Celia Sánchez, era lo más parecido a ella que nosotros tuvimos al alcance de nuestras manos, de un correo, de una llamada telefónica, de una columna en un periódico.

Tenía la capacidad poliédrica de hacer miles de cosas a la vez y todas bien —escribía como los dioses—, pero lo mejor que hizo en el periodismo fue probar que nada importa más que el ser humano para quien uno escribe.

No ha habido en toda la historia de la prensa cubana una relación como la de Guille con sus lectores. Nada importaba más en su vida y su entrega fue total, a tal punto que probablemente presintió su último día y decidió pasarlo con ellos. Por eso se inventó ese viaje en el centro de la Isla, el día que marcaba el centro del año, donde un nuevo infarto lo mató. Fue su manera de decirle a cada uno de ellos que no los volvería a ver, de abrazarlos, de disculparse porque ya no escribiría los jueves, de despedirse de los que conocía en persona o a través de las cartas, de decirle adiós a las sombras amigas.

En la madrugada del lunes, en el parque frente al Instituto Internacional de Periodismo que él dirigía y que fue la sede también de sus «tecleros» —los lectores de la Tecla Ocurrente, que publicó por años en Juventud Rebelde—, decenas de jóvenes esperaban el amanecer, diciéndole adiós con sus canciones. Los muchachos estaban sentados en el piso y a ratos se quedaban muy callados o pasaban un dedo distraído sobre las cuerdas de una guitarra, que sonaba como si se le desprendiera una lágrima. Alguien le preguntó a uno de ellos si era el sobrino o el hijo de Guillermo y escuché clarísima la voz que respondió: «No, pero yo lo leía siempre».

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