Otro peligro en las calles iraquíes

Autor:

Yailé Balloqui Bonzón
En la medida en que la violencia sigue fracturando a las familias y comunidades en Iraq, los niños y niñas se ven obligados de manera creciente a hacerse cargo de responsabilidades que corresponden a los adultos. Para los niños más pobres, eso significa por lo general mendigar en las calles, o ganar unos pocos dinares eludiendo vehículos para tratar de convencer a los conductores de que les compren dulces, goma de mascar o cigarros.

Muchos pequeños de la calle terminan en situaciones más desesperadas, víctimas de las drogas, la prostitución y la violencia. Los más afortunados son los que hallan refugio en alguna institución humanitaria. Los que tienen menos suerte terminan enfrentados con la policía o dañados de manera permanente por las formas más terribles de la explotación económica y sexual. Y lo peor, terminan perdiendo su infancia.

Afrah y su hermano Bilal apenas habían entrado en la adolescencia cuando se vieron obligados a bastarse por ellos mismos en las calles de Bagdad. Ambos se muestran tímidos e incómodos, aún sufren las dolorosas consecuencias de la aterradora separación de su familia.

«Mi padre perdió su empleo y mi madre no podía cuidarnos», explica Afrah, de 13 años de edad. «Éramos muy pobres y no teníamos dinero ni para comer ni para seguir en la escuela, de manera que tuvimos que dejar nuestro hogar, y terminamos en una institución para niños sin familia».

La historia de este niño es común en los vecindarios pobres de Bagdad, que sufren desde hace mucho tiempo los efectos de los conflictos y las penurias económicas. La pobreza, un factor casi tan destructivo como la violencia, es una enemiga constante de las clases trabajadoras iraquíes.

Este es el sector vulnerable olvidado de la sociedad iraquí. Se trata de menores con menos probabilidades que cualquier otro niño de ir a la escuela, de recibir apoyo emocional, de obtener atención de salud y de permanecer a salvo y que terminan, en el mejor de los casos, con serios problemas mentales y de estrés.

Una niña iraquí busca comida en un basurero de Bagdad. Foto: AP El caso de Salah Hashimy no es aislado. De 14 años, Salah, perdió a sus padres, hermanos y amigos desde que Estados Unidos tendió su mano ensangrentada en Iraq en 2003. No queda nadie que lo cuide. No tiene educación, amor ni apoyo, una combinación que, por supuesto, afecta seriamente su capacidad mental y su salud.

«Mi memoria está débil, pero no olvido cuando mi hermana fue violada por soldados hasta que murió», dice.

Hashimy está siendo atendido en el Hospital Psiquiátrico Ibn-Rushd, y finalmente encontró abrigo en la ONG que se ocupa de niños con problemas mentales. Sin embargo, no encontrará un lugar donde vivir cuando concluya su tratamiento o si la ONG es obligada a cerrar, como lo han tenido que hacer muchas organizaciones humanitarias debido a la inestabilidad reinante en el país.

El peor crimen de W. Bush no es solo arrasar con la civilización iraquí. Su peor crimen es olvidarse que existe la palabra futuro. Habrá que leerle al jefecito de la Casa Blanca los versos de la chilena Gabriela Mistral cuando dijo refiriéndose a los niños: «A ellos no podemos decirles “Mañana”. Su nombre es “Hoy”».

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