Malas palabras

Autor:

Juan Morales Agüero

A ver, lector, respóndame con toda franqueza: cuando usted se asesta un martillazo en un dedo mientras intenta fijar un clavo en la pared para colgar un cuadro con las fotos de sus hijos, o cuando choca en la oscuridad contra una butaca y el golpe hace impacto directo en ese sensible territorio de la pierna al que llamamos espinilla, ¿cómo reacciona verbalmente?, ¿le acuden a los labios las expresiones más hermosas de nuestra florida, multicolor y exuberante lengua materna? Vamos, amigo, no se ruborice y confiese que no. En casos así, hasta al más puritano de los mortales se le escapa un improperio.

La cuestión es que para las denominadas «malas palabras» existen contextos y situaciones donde resulta poco menos que imposible amordazarlas. Las muy atrevidas saltan como liebres y estallan lo mismo en el foro que en el solar. Y eso ocurre porque, precisamente, una de las riquezas de la lengua española radica en la emotividad que le aportan ciertos vocablos al discurso cotidiano. Aunque a algunos, por su mala reputación semántica, no es conveniente tenderles alfombras de bienvenida ni mucho menos extenderles la mano.

Esta digresión tiene una intención bien marcada: ¿Ha notado cómo se está incrementando entre los cubanos el empleo de obscenidades? El habla popular exhibe hoy un surtido tan frondoso que es como para escandalizarse. Y no me refiero a palabrejas de baja intensidad con las cuales compartimos a diario, sino a vocablos de grueso calibre, hediondos y ofensivos, prestos a lucir descaradamente sus andrajos lo mismo en una parada de guaguas que en una funeraria.

Recuerdo que no hace tanto tiempo —un par de lustros, quizá— cuando a alguien se le escapaba delante de la gente una expresión subidita de tono, se llevaba las manos a la boca con ademán de culpa. Y era común que alguno de los presentes lo regañara con un «oye, compadre, mira a ver cómo hablas, que aquí hay mujeres». Hoy ese escrúpulo se encuentra en vías de extinción. Ya no es que las groserías se disparen al calor de los rigores posmodernos —carencias, depresión, ineptitudes...—, sino que han devenido cauces para exorcizar otros sentimientos. Aguce el oído y me dará la razón.

Ningún grupo generacional —¡ni siquiera los niños!— queda sin actores en esta obra bufa de pésimo gusto y lesa decencia. Por su desmesurada progresión en el plano de las relaciones humanas, se acostumbra culpar a los jóvenes. Y es cierto: muchos de ellos emulan con las cloacas en higiene verbal. Pero no son los únicos con vocabulario de aguas negras. Adultos estirados y hasta ancianos venerables recurren sin sonrojarse a las palabrotas, ya para defender a ultranza un criterio puesto en entredicho por alguien, ya para solventar con escarnios determinado conflicto interpersonal... Lo que antes se defendía con argumentos, ahora se defiende con improperios.

De este lienzo de tintes grises inquieta, además, que hoy las groserías no son exclusivas del sexo masculino. En efecto, muchas veces, tras una apariencia de corrección, delicadeza y refinamiento femeninos, se ocultan deslenguadas con currículos de lujo. He escuchado cada «flores» en boca de muchachas que, bueno... En casos así opera una suerte de decepción. Lo dijo un colega: «Las malas palabras son el sida del lenguaje, porque tampoco tienen rostro».

Quienes pretenden justificar a ultranza la tendencia al discurso de letrina, alegan que las groserías representan una válvula de escape contra la tensión. En el Tercer Congreso Internacional de la Lengua Española, celebrado en Argentina, el famoso caricaturista Roberto Fontanarrosa habló humorísticamente sobre eso: «Solicito que atendamos a esta condición terapéutica de las malas palabras. Mi sicoanalista dice que es imprescindible para descargar el estrés. Lo único que yo pediría es reconsiderar su situación. Pido una amnistía para la mayoría de ellas». Y yo agrego: ¡Pero sin exagerar!

Debemos reflexionar en torno a este asunto. Porque una sociedad recibe evaluación no solo por su cultura ciudadana, sino también por su decencia lingüística. Aquí no se trata de elegir imágenes hermosas cuando un martillazo en un dedo nos haga ver las estrellas. O cuando la pata de una butaca se nos incruste, irrespetuosa, en el ecuador de la espinilla. Es cuestión de proporciones y de circunstancias. De recurrir —¡sí!— a la locución plebeya cuando lo reclame la vehemencia de un parlamento. Pero también de retirarle el beneplácito si intenta contaminar con sus hedores nuestro discurso de todos los días.

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