La profecía de Marulanda

Autor:

Marina Menéndez Quintero

Marulanda y Reyes (de espaldas) en los tiempos del Caguán «Un conflicto con tropas extranjeras se comienza, pero no se sabe cómo termina», me dijo Manuel Marulanda aquella mañana de junio del año 2001 en que tuvo la gentileza de recibirnos en la llamada Casa Roja, en un punto de la carretera que atraviesa San Vicente del Caguán, aprovechando la tranquilidad de la zona de despeje para el diálogo que abrió en 1998 el ex presidente de Colombia Andrés Pastrana.

La alusión denotaba una sencillez a tono con la esencia campesina que seguía identificando al jefe de las FARC, a quien ahora, tras su muerte por infarto a los casi 80 años, sus compañeros ensalzan como «inigualable estratega» y «conductor genial» formado de manera autodidacta entre las montañas, en Tolima. Allí emergió como líder de un grupo campesino de resistencia frente a la voracidad de las tropas de la oligarquía y en medio de la puja liberal-conservadora, bajo el aura determinante de la eterna lucha de los desposeídos por la tierra. Fue ese el núcleo fundador, en los 60, de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia que, más de 40 años después, coprotagoniza un conflicto donde pesa la millonaria ayuda en dinero, armas y asesores de Estados Unidos.

A eso se refería Marulanda aquel mediodía lluvioso mientras degustábamos un «tintico» en el amplio portalón de Casa Roja acompañados por Sandra, su compañera, y en lo que, más que entrevista, fue visita para la que pidió al colega Luis Enrique, de Prensa Latina, y a mí, abstenernos de usar grabadoras. De todas maneras —persuadió— llovía, y el ruido del agua sobre las tejas azafranadas, no dejaría escuchar....

Vestido con una sencilla camisa a cuadros diminutos y pantalón de montar, provisto de la indispensable toalla que usan al cuello los habitantes de esa y otras regiones colombianas para enjugar la transpiración, el jefe de las FARC había sido, también, premonitorio. A su muerte, el destino de la guerra en Colombia sigue marcado por la injerencia norteamericana, que entorpece el intercambio humanitario propuesto desde entonces por la insurgencia, e impide una salida negociada.

Más peligroso aun es que, bajo las presiones del Imperio, el conflicto se manipule hoy para crear un cisma regional y como punta de lanza contra procesos vecinos, tratando de herir de muerte a la por primera vez ostensible integración latinoamericana.

Los pasos unitarios que se dan ahora, todavía no eran previsibles en toda su magnitud en los tiempos de aquel encuentro. Y en Colombia había más esperanza acerca de una salida de paz. Unos días antes, los pocos reporteros que de un modo u otro habíamos logrado llegar, a bordo de la avioneta de Satena (la única línea aérea que hacía el trayecto) a San Vicente del Caguán, y desde allí, por terraplenes pedregosos, a la polvorienta localidad de La Macarena, éramos testigos del acto donde se concretó la liberación incondicional por las FARC de más de 300 policías y soldados del ejército, prisioneros en combate, y que la insurgencia ponía en libertad como prueba de buena voluntad para un canje.

Fue el primer gesto de la guerrilla con vistas al intercambio que posibilitara la entrega por el gobierno de los guerrilleros presos en las cárceles del Estado y sin proceso judicial. En esa época se cifraban en unos 300, ahora algunos dicen que podrían llegar a 500, incluyendo a los comandantes Sonia y Simón Trinidad, extraditados a Estados Unidos bajo cargos que incluyen las imputaciones de narcotráfico y terrorismo.

Sin embargo, aquel operativo, que implicó el movimiento hacia La Macarena de numerosos reos, fue menos riesgoso que la segunda liberación incondicional de las FARC el mes de enero pasado, cuando la insurgencia liberó a las diputadas Clara Rojas y Consuelo González, evadiendo el asedio de los aviones del ejército durante el trayecto hasta el punto de su liberación. Otros cuatro ex congresistas fueron entregados después.

Pero lo que ha seguido apunta cada vez más al alejamiento de cualquier tipo de acuerdo, así como tras el acto de La Macarena, posiblemente la última aparición pública del «camarada Marulanda», hubo un endurecimiento de las posiciones respectivas.

Sin respuesta positiva de parte del ejecutivo de Pastrana y para presionar por el canje, la guerrilla anunció la estrategia del secuestro de personalidades «canjeables» en virtud de la cual llegó a tener en su poder a más de 40. El gobierno, por su parte, no prorrogó la zona de despeje al término de su vigencia, el 20 de enero de 2002, y poco después rompió el diálogo.

Estaban a las puertas las elecciones y la conclusión del mandato de Pastrana, y el diálogo de paz permanecía entrampado y sin avances en casi ninguno de los 12 puntos donde la insurgencia pedía definiciones de índole económica y social para la nación.

Algunos meses antes, la presencia en San Vicente del Caguán de tres miembros del irlandés Sinn Feinn que fueron presentados como militantes del grupo armado IRA y como entrenadores de las FARC en el uso de explosivos, había atemperado ya las condiciones para lo que vendría, mientras el entonces jefe del Departamento de Estado, Colin Powell, visitaba Bogotá, y el vocero de la Casa Blanca, Richard Boucher, se declaraba «decepcionado» por la forma en que las FARC habían «abusado de las áreas bajo su control».

Ya habían ocurrido los atentados del 11 de septiembre de 2001 cuando el secuestro por las FARC de su primer «canjeable», el senador Jorge Eduardo Gechem, recientemente liberado, fue el puntillazo que usó EE.UU. para colocar el cartel de terroristas sobre las FARC.

Siete años después, tal definición sigue siendo el caballo sobre el cual Washington batalla para conspirar contra la unidad latinoamericana. Muchos adivinan su mano tras el operativo colombiano que masacró al principal negociador de las FARC, Raúl Reyes, junto a una veintena de hombres de su tropa, y a jóvenes estudiantes de México que visitaban su campamento.

Para la insurgencia, la inevitable muerte ahora de su líder se suma a la pérdida de Reyes, un hombre que por su labor al frente de la negociación era considerado el diplomático de la guerrilla, y quien tenía los contactos para la eventual revitalización del diálogo.

En comunicado donde reconocieron el deceso de su jefe, las FARC aseguraron que sus posiciones a favor del canje y la salida de paz se mantienen incólumes, aunque con la misma disposición de lucha.

Sin embargo, los esfuerzos desplegados desde Washington recuerdan los pesimistas augurios de Marulanda, aquel mediodía a la sombra del portalón de Casa Roja: «Un conflicto con tropas extranjeras no se sabe cómo termina...»

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