En los medios, crimen por omisión - Opinión

En los medios, crimen por omisión

Autor:

Julio Martínez Molina

En su edición del pasado miércoles, el periódico The New York Times ha informado que los principales canales de televisión abierta de Estados Unidos redujeron enormemente la cobertura de las guerras en Iraq y Afganistán en los noticieros nocturnos que emiten de lunes a viernes.

En lo que va del 2008, esos informativos —de «monstruos» mediáticos como ABC, CBS o NBC— dedicaron un total de 181 minutos de su transmisión a la cobertura de la situación en Iraq.

Lo anterior equivale —según cálculos de la estación comunitaria Democracy Now— a aproximadamente dos minutos de noticias de Iraq por canal cada semana. Estos canales, agrega, han dedicado tan solo 46 minutos entre los tres a cubrir la guerra en Afganistán.

Se trata de un libreto seguido a pies juntillas, movido por el indisoluble lazo existente entre la élite de poder y los conglomerados que dirigen los medios en el supuesto paraíso de la libertad de prensa.

Lo que introduce este comentario se dice y escribe fácil, pero es literalmente monstruoso: le están arrebatando a un pueblo la información necesaria para tener siquiera una idea con relación a lo que debería ser un encabezado indiscutible allí: la guerra.

No es de dudar entonces que, pese a la creciente oposición popular a esas campañas imperiales de rapiña, muchos las apoyen aún, y que venzan en las elecciones estandartes de la política reaccionaria y cavernícola que aúpa, defiende y prolonga tales carnicerías.

Monstruoso, cruel, casi increíble pero real: la nación con mayor poder tecnológico y estructura mediática más consolidada del planeta comete un crimen de lesa humanidad en su prensa por concepto de omisión.

Y ello, cuando, como suscribe la aguzada comentarista Amy Goodman: «Con la vida y la muerte y la guerra y la paz en juego y dependiendo de un pueblo informado y comprometido, los riesgos nunca han sido tan grandes, los medios nunca han sido tan importantes».

En una reciente Conferencia Nacional sobre Reforma de los Medios, uno de sus oradores, el reportero Bill Moyers, ganador de innumerables premios en el sector, dijo:

«Las corporaciones que dominan los medios de comunicación, en última instancia, responden únicamente ante las juntas directivas, cuya misión no es la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad para toda nuestra república, sino incrementar las ganancias de los ejecutivos y accionistas de las empresas».

Muy bien, solo restó agregar que operan en la práctica como los agentes de poder que en el terreno de la opinión pública obligan a los órganos bajo su égida a distorsionar, amplificar, añadir o sustraer información en torno a las guerras, en contubernio con la Casa Blanca.

Les ayudaron a mentir a la población para agredir a Iraq, en una invasión propiciada en virtud de la manipulación, como recientemente reconoció hasta el propio Senado. Continúan mintiendo, pues silenciar es un método sofisticadamente criminal del embuste.

En su ensayo La cultura del engaño, Boaventura de Santos recuerda que, al comienzo de la invasión, la máquina de propaganda del Departamento de Defensa se basó en tres tácticas. Estas fueron:

«Imponer la presencia de generales en reserva en todos los noticiarios televisivos con el objetivo de demostrar la existencia de las armas de destrucción masiva; tener todos los medios de comunicación bajo observación para telefonear a sus directores o propietarios a la mínima señal de escepticismo u oposición a la guerra; e invitar a periodistas de confianza de todo el mundo para ser convencidos de la existencia de tales armas y regresar a sus países poseídos por la misma convicción belicista».

Aunque ahora el modus operandis se adecue al contexto y procedan de modo algo más sutil, nada ha cambiado en los feudos mediáticos de Washington.

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