Tiempo de ciclones (y otros vientos)

Autor:

Juventud Rebelde

Mis libros llegan como ciclones, tormentas cargadas de lluvias copiosas, vientos huracanados y ojos de calma, cada cierto tiempo, pero con seguridad a principios de febrero de cada año —las temporadas de ciclones literarios no coinciden con las de los tropicales— cuando ocurre esa fantástica fiesta de la cultura y el saber que es la Feria del Libro, única de su tipo en el mundo, hasta donde yo conozco.

Para ese ciclón nos preparamos por meses, ahorrando salario y haciendo espacio en nuestros ya atiborrados libreros. Y cuando impacta sobre la Fortaleza de San Carlos de la Cabaña con toda su furia, ahí vamos los habaneros y los visitantes de otras latitudes y longitudes a presentaciones, exposiciones, conciertos, comilonas y «tomalatas», danzas..., y los más pequeños: payasos y juegos, pero sobre todo a comprar libros.

Libros de uno o de todo tipo, dependiendo de los gustos, pero yo, para la lectura como para la música, soy ecléctico, y lo mismo cargo con biografías y tratados históricos que con literatura. Este año fuimos en familia y los cuatro miembros hicimos selecciones independientes que tuvimos que acotejar al llegar a las cajas ¡atendidas por Trabajadores Sociales! y cargar en jabas pesadas, como los domingos de Feria Agropecuaria.

Otro ciclón más pequeño azota La Noche de los Libros, que tiene como encanto adicional el paseo por esa maravillosa Avenida de los Presidentes. Y de vez en cuando llegan ciclones extranjeros, con nombres en inglés o francés, oportunidades donde obtenemos libros diferentes, en idiomas modernos, de autores recién descubiertos o que no llegan a la isla, recomendados por amigos o colegas.

Las librerías de esos destinos son indiscutiblemente más atractivas, grandes jugueterías para niñas y niños cultos, o pequeños establecimientos especializados en temas como la esotérica, o la contabilidad y finanzas, o las ciencias médicas. Pero los precios hacen de los libros lujos inalcanzables para muchos de ellos y de nosotros. Recuerdo haber encontrado un necesario y actualizado texto en la librería de la Universidad de Toronto y descubrir que costaba cien dólares. ¡Una verdadera tormenta de nieve!

Confieso que leo dos o tres libros a la vez, generalmente uno de literatura —terminé En el cielo con diamantes de Senel Paz y de inmediato comencé La Edad de Oro de Gore Vidal— y otro de ensayos o un texto relacionado con mi trabajo: no se asuste, pero ahora comparto intimidades con Herramientas de Planeamiento Participativo para la gestión local y el hábitat. Los domingos o días feriados, y siempre para dormir, agarro la novela de turno, mientras que en el horario en que los demás residentes disfrutan de la otra novela, la de la tele, generalmente estudio o leo «cosas serias»... y tomo té como los ingleses.

En ocasiones irrumpe alguna ráfaga de vientos fuertes en forma de revista como Temas o Bohemia, y la ventolera más reciente, La calle del medio. Entonces se crean vientos cruzados entre libros que reposan por unos días mientras revistas y periódicos ocupan su lugar. Pero siempre que llueve, escampa, y eventualmente regreso a mis libros.

Las vacaciones de verano son oportunidades de lectura maratónica. Mi sueño, compartido con mi compañera, es estar en una casa en la playa disfrutando de jornadas de baños de mar intercaladas con la lectura bajo un cocotero o en el portal. En el sueño hay cerveza fría y mojitos, y otras actividades diurnas y nocturnas, no se crea que somos tan puros.

Por tanto, coincido con mi amiga Rosa Miriam Elizalde: no puedo vivir sin la lectura, como no podría vivir sin la brisa que viene del mar, el aguacero que refresca la tarde o los ciclones de febrero.

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