El humo que atraviesa la cerradura

Autor:

Rufo Caballero
Cuando dos grandes actores se encuentran en una película, cuando poseen química, y cuando la película se pone en función de ellos (valga decir, la historia, la cámara, etcétera), el espectador puede conocer un estado de trance muy especial. Por ejemplo, en esas puntuales ocasiones en que han coincidido la fascinante Meryl Streep y la sólida Glenn Close, el cine alcanza una rara plenitud, verdaderamente admirable. Es también el caso de The bucket List, filme dirigido por el experimentado Rob Reiner, que pasa ahora mismo por los cines habaneros, bajo el título de La lista de ahora o nunca, y que tiene en su reparto a dos pesos completos: Jack Nicholson y Morgan Freeman.

El melodrama de Reiner, con tintes de comedia, se articula a partir de una idea obsesiva, hermosa y dramática: «La vida es tan frágil y tan volátil como el humo que atraviesa el orificio de una cerradura». Lo saben los personajes de Freeman y Nicholson, o más bien lo aprenden el día en que se enteran de que avanza el cáncer y a ambos les restan meses de vida. Entonces, antes de ponerse el piyama de cuadros y echarse a lamentaciones, deciden, por lo contrario, vivir. Vivir intensamente esos últimos meses de la vida que se despide, y se aprestan a hacer las cosas que no hicieron nunca, y a mejorar como seres humanos. Eso es saber vivir, siquiera en el último minuto. Si la vida se va como el humo que traspasa el agujero de una cerradura, hay que saber aprovecharla en cada segundo, en cada experiencia, con buena energía, con buena onda.

Como uno de los dos tiene plata (cuidado, esto no resulta precisamente irrelevante en la trama), de hecho es el dueño del hospital donde se halla internado —¿quién creen que es? ¿El negro? No, hombre, no: el mismísimo Jack Nicholson, la imagen del éxito hasta el último minuto—, los dos se dicen que pelo suelto y carretera, y a conocer mundo. Nicholson no es tacaño; él reparte: invita a su amigo y se van a culturas exóticas, lejanas, de Egipto a Hong Kong. Se sientan a disfrutar las pirámides históricas y desde allí respiran un aire purísimo (vamos, prestigiado por el peso de la Historia). Si se hubieran detenido unas horas más en el tema de la contemplación del Egipto de culto, tal vez hubieran visto bailar a Viengsay y a Rómel el Don Quijote, entre la arenilla al pie de las pirámides. En otros sitios, se dan a unas soberbias carreras de autos, se mandan amantes por encargo, etcétera, etcétera. Vivir. Vivir a todo pulmón, hasta el último instante. Esa filosofía no está mal, nada mal, qué caramba, porque, con todo y sus desmanes, con todo y sus tragedias, ya sabemos que la vida es buena y es bella.

Claro, uno, que sigue siendo un poco bolchevique, porque, cómo disimularlo, uno es su pasado, quiérase que no, se pregunta: ¿Y si los tíos no tuvieran esa plata, cómo hubieran dispuesto esos últimos meses de sus vidas? Esta sería materia para otro guión, para otra historia: ¿Cómo se arregla la vida la gente que permanece al dorso de la Historia, que no cuenta con este dólar, y que, así mismo, tiene que vivir, que aprender a vivir? Aquí entra la gracia del espíritu, y sé de mucha gente sin un centavo que es capaz de ser feliz, porque la felicidad no depende precisamente de un fajo de billetes en el bolsillo. Hay quien es pobre y es feliz; como hay quien es millonario y, asimismo, un miserable y un frustrado. Como existe también, desde luego, el pobre y sentimentalmente tarado, y el pudiente y realizado. De todo hay en la viña del Señor; pero igual, uno no deja de pensar en todas estas cosas cuando ve a Freeman y a Nicholson despeinarse continuamente. Bueno, en realidad, ninguno de los dos puede despeinarse, por razones distintas.

La película está dirigida con la corrección típica de Rob Reiner, un artesano que hace buenas películas, difícilmente malas, difícilmente excelentes. Justo al medio. Reiner ni se pasa, ni se queda por debajo (o sea, no pudiera ser cubano, ni en sueños). Salvo algún descuido con la definición del foco (visual), poco hay que señalar a esta película bien rodada, sin mucha inspiración (el arte no es lo de Rob), más allá de los brillantes desempeños de esos elefantes de la actuación llamados Jack Nicholson y Morgan Freeman.

Da gusto disfrutar el festín interpretativo que comparten como quienes se divierten a rabiar con la empresa. Tienen una escena prefinal donde, por determinadas circunstancias, deben transitar de la risa al llanto, y ambos están para verlos cuadro a cuadro. ¡Qué buenos son! Disponen de la organicidad y la madurez que les permiten hacer ante cámara lo que les viene en gana; es más, para ellos la cámara no existe, no está por ningún lado. Y alcanzan resultados similares a partir de métodos dispares, muy dispares: Freeman es básicamente sobrio, un actor introspectivo, contenido; en lo que Nicholson, ya lo conocemos, es un clown. En el buen sentido de la palabra. Un showman que tiene todos los recursos histriónicos imaginables a sus pies. A veces da la impresión de que resulta un actor un poco externo, por la cantidad de resortes gestuales y mímicos que explota, pero nada de eso: toda la acrobacia gestual se encuentra rigurosamente al servicio de la emoción y del mundo interior del personaje. Uno desde el adentro-frontal, el otro desde el afuera para llegar al adentro, los dos consiguen actuaciones extraordinarias: profundas, divertidas, dúctiles. Eso es la madurez en materia de actuación: la gracia de pulsar cualquier registro con la misma maestría, la misma seguridad.

La lista de ahora o nunca muestra entonces a dos veteranos en forma, una realización discreta y amable, todo lo agridulce que le gusta a Hollywood, en donde lo agrio se pone en función de lo dulce, ni más faltaba, y de donde, eso sí, podemos suscribir una filosofía de vida perfectamente loable. Con plata o sin ella, hay que batirse a fondo por la vida y agradecer cada minuto de esta beca, tan fugaz como la velocidad del humo que se cuela por una cerradura.

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