Cabeza de Barbie - Opinión

Cabeza de Barbie

Autor:

José Aurelio Paz

La chica estaba allí. A la sombra nocturna de una esquina. Con su impecable pelo platinado y su figurilla de biscuit, redondeada por un vestido de marca bien ajustado. Como una vaquilla rumiante movía el chicle y me miraba socarrona. No quería que la entrevistaran. No le convenía salir ante las cámaras, dijo, pero, después, asumió el reto para demostrar que «ella es la que es».

La pregunta era bien fácil de responder. Afirmó que entraba, casi todas las noches, a una discoteca en divisa. No importaban los precios privativos para cualquier joven trabajador. Tenía, la Barbie, con qué pagar. «¡Allá los que no pueden!», soltó con la misma candidez plástica conque Marilyn Monroe enfrentaba los flashazos de los fotorreporteros. Era su reproducción a distancia, solo que sin el hálito del mito bien ganado por la otra rubia. Se me antojó un hollejo de naranja tirado en una esquina, porque no existía cesto o el cesto estaba roto.

Sentí pesadumbre y lástima a la vez. Aquella chica era un poco la culpa de todos. Una anciana, sin historia, a destiempo. Qué fallaba y falla, me pregunté, para que muñecas huecas, como esta, se exhiban desde la vitrina magna de la estupidez.

Esa noche, la almohada filosofó conmigo: «Vivimos rodeados no solo de mar; también de malas influencias externas e internas. Ni tú mismo te salvas de ellas. El asunto es más complejo que el célebre conflicto de Shakespeare, porque no pasa solo por la conciencia, sino por los bienes materiales que la condicionan...» (¿Habría estudiado marxismo mi almohada?, casi me pregunté).

El asunto no es tan fácil. Paradoja de paradojas. Por mucho que no lo queramos, es un «muerdihuye», para nosotros, la globalización; jóvenes que viven picados por el fenómeno mundial de las marcas comerciales con el gravamen, en nuestro caso, de la no existencia de una opción nacional, decorosa, que pueda competir con tal pandemia. Usted los oye hablar y le parece tener la fábrica de tenis «Converse» en Marianao; en cada esquina una agencia con los Audi del 2009; o las vidrieras repletas de cuanto animal tecnológico, de la telefonía celular más sofisticada de este mundo, idiotiza.

No aso la manteca si digo que todos tenemos culpa; los mecanismos sociales, la familia, la escuela, incluso la proyección de quienes tenemos el deber de orientar cuando, fuera de «funciones», no nos gusta ponernos (por sobradas razones de falta de calidad y estética) un par de tenis nacionales, de esos que se destiñen y se parten a la primera lavada, y nos «montamos» sobre unas Adidas o unas Nike, como quien viaja en limosina.

Creo que los patrones fabriles no se han modificado en lo esencial y remedan las antiguas producciones defectuosas, ante la vista y el gusto de todos, ahora bajo atractivos envoltorios que nos venden, y en moneda convertible, lo que, en realidad, no son. Pero, mucho más dañino son los otros; esos moldes mentales que no acabamos de romper y dependen, en primer lugar, de una actitud ciudadana consecuente con la búsqueda de fórmulas conciliatorias, inteligentes y no proburocráticas, las cuales, queriendo no serlo, constituyen zancadillas, desde dentro, al proceso social que queremos revertir en eficiencia.

No podemos seguir siendo tan creyentes de las bondades de ese capitalismo de gangarrias, y fanfarrias, importado por nuestros propios familiares, venidos de allende el mar, con todo su ritual de un falso glamour, el cual, se sabe que, a su regreso, se convierte en cuentas por pagar, cuando el encanto se ha roto y la carroza de cristal se convierte en calabaza, y los príncipes vuelven de sapo a su estanque.

Como urgencia impostergable ha de buscarse una solución al juguete; esa buena o mala arma que alimenta el espíritu y que, en nuestro caso, su carencia nos empobrece el alma al establecer patrones de diferencia, que no queremos, desde la cuna, cuando el afán por la divisa nos lleva a empeñar la fantasía y la creatividad de los futuros patriotas de este país.

Elpidio Valdés y su tropa, incluida su novia María Silvia, junto a los queridos Vampiros de Padrón, no consiguen ser, más allá de la pantalla, héroes tangibles, de goma y tela, para competir con tanto Simpson, Spiderman o esa propias muñecas, en la batalla por los primeros afectos traducidos en valores permanentes.

No digo que regresemos a las nobles y silenciosas yuntas de bueyes de botella. Era otra la época, pero, sin dudas, una increíble alternativa de nuestros abuelos frente a la pobreza material y no de esencias. Muchos, todavía, miramos con nostalgia tiempos menos distantes en los cuales no entendíamos aquellos burocráticos términos de juguete básico, no básico y dirigido, pero teníamos tal paliativo imperfecto; más cercano al sentido de la justicia de nuestro sueño común, cuando no existían esas cabezas de Barbie por cualquier esquina, predicando lo que, como país, no somos ni queremos como destino.

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