Golpe de Estado

Autor:

Juventud Rebelde

Tenía yo nueve años cuando camino a la escuela me paró mi papá para decirme que regresara a la casa porque las clases habían sido suspendidas. «¿Qué pasó, papá?», le dije, a lo que me contestó: «Batista metió un golpe de Estado». Esa fue la primera vez en mi vida que oí esa palabra y, aparentemente, me fue sumamente impactante porque, hasta el día de hoy, recuerdo hasta el último minuto de ese día.

Aquel gorila cubano que alteró el orden constitucional de la república marcó para siempre los años de mi vida. Es verdad que aquella república, cuya constitución fue aplastada por unos desalmados, dejaba mucho que desear. El problema es que un personaje inescrupuloso, rodeado de una pila de asesinos, se apoderó del país e implantó una cruel dictadura. De ahí en adelante, todo es historia, y todos los cubanos, de una u otra, la conocemos.

Once años más tarde de aquel fatídico 10 de marzo, en octubre de 1963, me encontraba en San Isidro del Coronado en Costa Rica, pasando un seminario de educación política auspiciado por la fundación alemana Frederich Ebert, cuando nos llegó la noticia de que el presidente constitucional de Honduras, Ramón Villeda Morales, estaba en el aeropuerto internacional de San José, transportado hasta allí por un grupo de militares hondureños que lo habían despojado del poder a través de un golpe de estado auspiciado por el general Oswaldo López Arrellano. Era otro de los tantos zarpazos a la democracia representativa que se cometía en América Latina.

En aquella ocasión tuve la oportunidad de conocer al presidente depuesto, con quien pude hablar varias veces, y siempre me dio la impresión de que conversaba con un hombre bueno, honrado y de muy buenas intenciones, pero me parecía un poco ingenuo, como si no fuera capaz de comprender la extrema maldad que residía en los fueros internos de aquellos desalmados que lo habían destituido. Era un hombre de hablar suave, cordial, pero evidentemente, falto de las garras necesarias para hacerle frente a aquella camarilla de criminales. López Arrellano gobernó a Honduras por muchos años, y nunca más supe del presidente exiliado.

Muchos años después, allá por los 80, y por motivo de mi empresa, empecé a visitar a Honduras cada tres o cuatro semanas. Mis ventas de mercancías se habían multiplicado debido a la cantidad de refugiados que habían surgido de la guerra que los contras nicaragüenses, auspiciados, organizados y financiados por la CIA norteamericana, habían desarrollado en aquel país. Uno de mis mejores clientes en aquella época era ACNUR, la organización de refugiados de las Naciones Unidas. En aquellos frecuentes viajes a aquel país empecé a tener relación con algunos militares de la cúpula del poder, así como con la Casa Presidencial, a la cual, de vez en cuando, le proveía de alguna mercancía que necesitaban. Me di cuenta de que los civiles que gobernaban desde aquella casa de gobierno no eran más que simples servidores de una rancia oligarquía y de un poder militar que los atemorizaba. El poder real estaba allí repartido en esa alianza de militares y oligarcas.

Cuando el presidente Zelaya empezó a hablar con un discurso dinámico, moderno y progresista, se unió al ALBA y visitó La Habana, me empecé a preguntar si en realidad tanto había cambiado Honduras que podía darse el gusto de tener un presidente con una visión tan diferente de la realidad de aquel país. Después de lo sucedido me doy cuenta de que allí nada ha cambiado, que las viejas estructuras reaccionarias, los oligarcas y los gorilas, siguen de espaldas al pueblo y los tanques siguen decidiendo quién puede o no ocupar el puesto de presidente. ¡Qué triste recuerdo me ha traído a la mente este infame cuadro de esbirros uniformados llevándose al aeropuerto en pijama a un presidente elegido por el pueblo! Tal parece que estoy viendo una vieja película olvidada en la pantalla de la televisión. Ojalá, por el bien de nuestra América, que esta tenga un final diferente.

*Lázaro Fariñas es periodista cubano residente en Miami.

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