Chávez, Obama y el golpe contra Zelaya

Autor:

Arleen Rodríguez Derivet

La gran prensa occidental tiene una antigua y curiosa debilidad. Por más que presuma de libre, independiente, diversa e imparcial —sea en español o en inglés— no puede sustraerse de la obligación de ser absolutamente homogénea, sospechosamente repetitiva y profundamente superficial cuando cumple la orden de apuntar al «culpable».

Si bien buscan decirlo de un modo diverso y convincente, ningún medio poderoso —de donde se generan la mayoría de los cables noticiosos— olvidará marcar al «sospechoso habitual», que esta vez se llama Chávez y por extensión Venezuela —y ahora también Cuba y Nicaragua.

Con su inocultable desprecio por un país que nunca han dejado de considerar república bananera, hoy pasan por encima del presidente Manuel Zelaya y de su valor para levantarse sin un arma contra los que le sacaron del país a punta de bayonetas, ignoran la obra social que le ganó las simpatías de su pueblo y tratan de hacer equilibrio mediático —ya que no pueden borrar del mapa la impresionante sublevación popular— entre la resistencia al golpe y el ridículo aplauso a los gorilas que paga la oligarquía.

Poco o nada parecen importar los reales motivos del golpe o del contragolpe. Pero sobran las alusiones, cuando no las acusaciones directas, a Chávez y al «eje maldito» —Cuba, Venezuela, Nicaragua— más que abundantes, sospechosas, durante la última semana, tanto en la gran prensa norteamericana como en toda la que le hace eco en la región o del otro lado del Atlántico.

Remember The Maine, Girón, Tonkín, Iraq, Irán... Cuando toda la prensa norteamericana apunta a un mismo objetivo, no hay que dudar que detrás, más o menos visible, está el objetivo real del imperio que —ojo— no es necesariamente el del Presidente.

Ya lo advirtió Fidel en una reflexión sobre Obama: «El imperio es mucho más poderoso que él y sus buenas intenciones» (3 de abril de 2009).

Si como ha revelado el prestigioso columnista de The Nation, Tom Hayden, Obama y Chávez sostuvieron una larga reunión sin más testigos que un traductor, durante la Cumbre de Trinidad y Tobago... si de esa reunión se derivó el regreso de los respectivos embajadores a Caracas y Washington, exactamente el 25 de junio —fecha que marca, al menos públicamente, el inicio de la conspiración contra Zelaya que desembocó en el golpe de Estado...

Si Obama, su secretaria de Estado y sus voceros reconocen a Zelaya como presidente y hablan de golpe, aunque no acaben de definir su carácter... mientras los congresistas de la derecha recalcitrante aúllan a favor de los golpistas y presionan groseramente al Presidente...

Si la prensa mejor conectada del mundo —que vive de citar fuentes confiables y cercanas— no acaba de encontrar a los sostenedores de la asonada, cuando todo el mundo sabe que «los golpistas hondureños ni siquiera respiran sin el apoyo de Estados Unidos» (Reflexión de Fidel del 28 de junio), y en cambio esa misma prensa, insiste en culpar a Chávez...

¿Quién nos quita el derecho a sospechar que detrás de todo hay más que el golpe a Zelaya?

Además de apuntar a Chávez y al ALBA, ¿quién puede convencernos de que no se trata de una oscura conspiración de los halcones, que dejaron su país y el mundo lleno de incendios por sofocar al primer presidente negro de Estados Unidos? ¿Acaso no acaban de intentar algo igualmente tenebroso en relación con Irán? (Algo que Obama supo sortear o los líderes religiosos iraníes lograron frustrar a tiempo).

¿Ya olvidamos que Kennedy, considerado por muchos el más brillante de los presidentes norteamericanos, cayó en la trampa de ejecutar los planes guerreristas de su antecesor y terminó asesinado cuando se preparaba para dialogar con Cuba?

La selección de Honduras no exige mucho análisis. La tradición de golpes y de fuerte presencia militar norteamericana en el país, la ceguera de la oligarquía nacional, la inexistencia de un partido político capaz de nuclear a las mayorías desposeídas —junto a la subestimación de la fuerza y articulación de sus movimientos populares—, son factores que convirtieron a la nación centroamericana en el escenario del ejercicio ejemplarizante —más bien amenazante— que, ya no puede haber dudas, trata de enfrentar a Obama con la nueva Latinoamérica, esa que precisamente en Honduras le dio un vuelco a las relaciones hemisféricas reivindicando a Cuba.

Al mismo tiempo que abrieron la puerta de la jaula de los gorilas —como lo ha descrito muy acertadamente la colega Marina Menéndez— los halcones activaron una guerra mediática sin parangón, que en esencia incluyó cierre inmediato de los medios no leales al golpe, represión y amenazas a los periodistas y lanzamiento desde poderosos medios globales (CNN en español a la cabeza), de al menos dos matrices claves: «sucesión forzada» en lugar de golpe y falsos reportes de infiltración, influencia y/o responsabilidad de Chávez y de los países del ALBA en los sucesos previos, actuales y futuros.

Hoy sabemos, gracias a la denuncia del representante de Nicaragua en la OEA que también se ha estado montando una operación más grave y peligrosa si cabe: promover la idea de amenazas militares desde Nicaragua, Cuba y Venezuela, mientras se infiltraban falsos enviados de esos países con armas destinadas al movimiento de resistencia popular.

Con esa campaña en alto y con la IV Flota activada en la región, no hay que tener demasiada imaginación para suponer qué exigencias le estarían poniendo sobre la mesa al Presidente norteamericano los halcones de ese país, hoy seguramente sobrados de tiempo e impacientes por el regreso al poder del que fueron desalojados por los propios ciudadanos norteamericanos, debido al estado en que dejaron a su país y al mundo. Si algo se conoce bien es la habilidad de Cheney y su grupo para montar guerras.

Obama no debe ignorar que este golpe va orientado, efectivamente, contra Chávez y el ALBA, pero al mismo tiempo y no en menor grado, contra él mismo. Por eso el largo y nunca explicado «sí pero no» de su administración sobre lo que ocurre en Honduras. Quién sabe cuántas presiones está recibiendo ahora mismo. Ojalá ya haya advertido que quienes lo presionan, también buscan su cabeza.

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