Sin sonrojos

Autor:

Juventud Rebelde

Nunca es tarde para reemprender caminos sin torceduras, ni para vencer asignaturas por tanto tiempo pendientes como la de la ortografía. El Ministerio de Educación Superior acaba de dar una pertinente clarinada dentro de un conjunto de orientaciones de mucho mayor alcance estratégico de cara al venidero período docente, y más aún, hacia el futuro. Al menos el tan lamentado problema ortográfico, que corroe la comunicación escrita, alcanza ahora una imprescindible visibilidad institucional para enfrentarlo entre todos. Qué bien me parece, aunque sea cuando se llegue a la cresta de la pirámide del sistema educacional con todo el peso de los arrastres del trayecto previo.

Quienes hemos vivido algo más no podemos evaporar el recuerdo de la enseñanza pertinaz de lo que fue importante asignatura en nuestros días escolares, ni los concursos frecuentes para afinar el correcto uso del lenguaje escrito. En mi caso personal lo agradecí enormemente, porque más tarde cuando me preparaba para el magisterio en la Escuela Normal para Maestros, debí cumplir con una regla rigurosa de permisibilidades: solo seis faltas ortográficas en el primer curso, tres en el segundo, una en el tercero y cero en el cuarto y último año. Para titularse de maestro se requería una ortografía impecable.

Sé que las comparaciones siempre son odiosas, y cuando una revolución genuina como la nuestra abre masivamente y con entera justicia las puertas del saber, en el dilema de una urgencia reclamada y el ideal perfeccionista algún precio se paga. A veces también en la efervescencia de cambios «junto con el agua sucia se va la criatura».

Nuevos y más actualizados criterios pedagógicos se establecieron respecto al dominio de una adecuada ortografía, que por principio merecen el debido respeto por parte de los que no somos competentes en la materia. Pero ello nunca me inhibió de mirar y palpar con asombro la realidad posterior de los textos que a lo largo del tiempo cruzaron por mis manos en redacciones periodísticas y aulas universitarias.

Verdadero sonrojo me provocaba la revisión de brillantes colaboraciones escritas por talentosos especialistas de las más diversas esferas, que me obligaban a dedicar más tiempo a la corrección de faltas en usos de letras y acentos que a la edición misma del contenido. Experimentaba entonces la perturbadora sensación de que a la ortografía se le tenía como un engorro despreciable que no merecía el menor de los casos.

Cuántas veces muchos de nuestros lectores casi se han infartado al tropezarse en cualquier sitio, incluido en caracteres de la televisión, con textos ortográficamente horripilantes.

La corrección de este problema no pasa solo por las instituciones docentes, sino por igual y en sustancial medida por el hábito placentero y enriquecedor de la lectura, benditamente alentado mediante el esfuerzo editorial que acomete el país para poner libros y publicaciones al alcance de la población. No será sumergiéndose exclusivamente en el atractivo universo audiovisual.

En hora buena se apunta el tema, y sin sonrojos, para «tomar el toro por los cuernos», un ingrediente de la anunciada búsqueda de una meta tan suprema e indiscutida como la de la calidad de la educación. Corregir, enmendar, repensar, constituyen categorías de sabios.

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