Desnudando el inédito ardid

Autor:

Nelson García Santos

DE las artimañas para tumbar en la balanza al consumidor podríamos escribir un inmenso ensayo para exponer desde las más exquisitas hasta las más chapuceras. Las hay que asemejan un verdadero acto de magia por la habilidad

—sonrisa de por medio incluida— con que las concretan.

Algunas denotan un ingenio asombroso que de tanto repetirse y verlas, parecen genuinas. ¿Quién no ha percibido ese mo-vimiento artístico del leve empujoncito para dejar caer en la balan-za la mercancía y convertir así el impulso en libras a su favor?

Y qué decir de esa otra, también mansa y discreta, de colocar el ventilador en un ángulo que el aire bata el plato de la romana o de tener esta siempre sucia, es decir, con algún sobrante de productos.

Son estos ardides los que nos hacen delante de nuestra narices, mientras otros nacen en las trastiendas, como echarle agua a las carnes para luego pesárnoslas congeladas, o adulterar todo lo que se vende a granel.

De una manera u otra se ha machacado casi hasta la saciedad sobre las trampas en el comercio que, a estas alturas, nadie duda que resultan más difíciles de rematar que el marabú.

Pero hasta hoy permaneció inédita una treta que considero la más «elegante» de cuantas existen, que se asienta en la profesionalidad del vendedor, un buen don para comunicar y una exquisita amabilidad.

Les hablo, ni más ni menos, que del «pedacito del bobo», como ellos mismo la bautizaron.

Como saben que a nadie que venga a comprar embutido le gusta la parte donde se hace el amarre, la cortan de antemano y luego, inteligentemente, la utilizan para completar las libras solicitadas por el cliente.

La artimaña la basan en la sencillez y en denotar hasta cierta inseguridad, porque jamás ponen sobre la balanza, de un solo tajo, la cantidad de libras solicitadas. Invariablemente les falta una parte para completar.

Y, claro, el consumidor siempre ingiere allí mismo esa porción y, al hacerlo, el vendedor respira profundo y le extiende la mercancía sonriente.

Sabe él que se acaba de comer el «pedacito del bobo», por la sencilla razón de que ya no podrá reclamarle a nadie que lo estafó en el peso. Si lo intenta, de inmediato, le recordará que falta el pedazo que se merendó.

Si se le descuenta una onza a cada libra, cuando se hayan des-pachado mil habría ido a parar al bolsillo del vendedor el importe equivalente a más de dos libras. Saque usted sus cuentecitas.

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