¿Incultura del detalle? - Opinión

¿Incultura del detalle?

Autor:

Osviel Castro Medel

Cuántos kilogramos de tinta y de palabra cayeron en saco roto incentivando la llamada «cultura del detalle». Esa que convida a poner la excelencia en lo grande y lo pequeño; la que propone no olvidar ni siquiera lo aparentemente insignificante.

Esa que es enemiga acérrima del descuido, la indiferencia, la apatía y la chapucería; esa que ha muerto en decenas de personas porque se acostumbraron al parche y a la pata de elefante en su huerta personal y espiritual.

Cualquiera pudiera creer, por momentos, que se fomenta en algunos, consciente o inconscientemente, lo contrario; es decir, una incultura del detalle.

Este redactor en apenas 24 horas ha chocado con varios desbarros que apoyan tal juicio. En una mañana, por ejemplo, fue a una oficina encristalada, aromatizada, con aire gélido en su ambiente, piso fulgurante, personas seductoramente vestidas. Todo parecía magia, hasta que se rompió la varita y se orinó el conejo en el sombrero: aquel recinto tan majestuoso —no taller humorístico— mostraba una pared descascarada, churrosa y chapoteada de tres colores diferentes.

En la tarde estuvo en otro lugar, cuyos directivos se ufanaban de la excelencia en los servicios. Tal vez tenían razón en varios perfiles: había buen trato, cordialidad, actitud solícita. Pero dos lados empañaban con mucho aquella obra: un solo salero, rústico y sin limpieza, salaba con pequeñas rocas blancas en su interior la vida a comensales; y unas cortinas que no se lavaban desde la época de Matusalén deslucían y desteñían el entorno.

Para rematar, acudió después a un centro por el que inevitablemente pasan cientos de personas aquejadas de dolencias. Había pulcritud y olor, mas cada lecho estaba marcado con un INV y un consiguiente número gigantesco en señal de marca. Como si fuera poco varios trozos de cables pelados y sin pelar servían de espaldar a los asientos (¿?).

Claro, la inquietud del redactor y su deseo de filosofar brevemente sobre el tema no nacen por esos tres ejemplos que, de no ser por su mensaje final, moverían a la hilaridad mayúscula.

La preocupación viene por el temor a que la fuerza de la cotidianidad nos conduzca a afirmar, con dolor, que esos malos espejos se han multiplicado y han generado reglas.

¿Cuántas veces chocamos?

—hasta para provocarnos la herida en la cabeza y el corazón— con estas mismas piedras y con otras aun peores? ¿En cuántos sitios vemos entre refulgencias pasmosas una mugre o una costra que manchan más allá de la imagen?

Sin embargo, la cultura del detalle no se alimenta solo de lo material. Está vinculada, también, con esos detalles que deberían nacer siempre en cada alma. La cultura del detalle implica la búsqueda eterna del pétalo y de la mariposa, la captura incesante de la ternura, el casamiento con los modales tiernos, el afán de encontrar la pulcritud no solo en lo externo, el deseo de la palabra dulce y no melífera, el gesto no comprado ni forzado.

La cultura del detalle es la aspiración a la perfección —algo a lo que ya han renunciado muchos—, la voluntad de no dejar que crezca la mácula material o espiritual. Es tener como almohada y como agua ordinaria para beber esa frase hermosa que sentencia: «El verdadero significado de la vida está, simplemente, en los detalles».

 

 

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