Un altar de alma y fe

Autor:

Ricardo Ronquillo Bello

Este viernes los cubanos no enterramos un cuerpo en el cementerio de Colón: sembramos una columna, de las tantas sobre las que deberá seguir irguiéndose el altar moral de Cuba de entre cualquier desgarradura.

Mientras observaba la despedida de duelo a Cintio Vitier, sentí que en nuestra tierra no penetraba un cadáver, reverdecía una raíz. Una estremecedora conexión, un hilo misterioso entre los hombres y las épocas que le dieron a esta isla su entraña sentimental, y la elevaron a su condición espiritual: de gallarda, noble y soñadora; levantada a la emancipación y al decoro.

El intelectual y hombre completo que se fue al definitivo reposo, sufrió incluso en algún instante de su existencia, como Carlos Manuel de Céspedes, su propio «calvario» de incomprensiones. Pero este no alcanzó para envenenarlo, sino para ennoblecerlo y agigantarlo. Supo darle perdón a lo que lo merecía.

Como el iniciador de La Demajagua, asumió que el bien de la patria está siempre por delante de todo, incluso la fortuna material y la vida. Su gesto honra la frase del escritor francés Conde de Rivarol: «Cada dogma tiene su día, los ideales son eternos».

En Cintio se resume ese paradigma tan reclamado ahora entre nosotros. En su existencia se distinguen las cuatro reconocidas especies de la modestia: la humildad, que modera la pretensión de superioridad; la del estudioso o el afán de saber, que estimula la búsqueda de la verdad y frena el deseo de conocer lo que excede nuestra capacidad; la modestia en el comportamiento, en las costumbres; y finalmente en el adorno.

Martiano esencial, entendió que ser bueno es el único modo de ser dichoso. Ser culto es el único modo de ser libre. En él anidó, como en los árboles silvestres, la antítesis de quienes se guarecen tras su nombre, sus prestigios o sus cargos para medrar de Cuba, a costa de sus dolores, sus acosos, sus pesares y amarguras; la antítesis de quienes escalan en privilegios mientras aplastan el ansia justiciera y el espíritu cívico de la Revolución entera, la que comenzó con una campanada y debe seguir empinándose sobre las sierras.

Su muerte nos recuerda que el punto de partida de la cultura cubana está en la ética como principio rector de la política, como en otros momentos ha señalado Armando Hart

—también un apasionado martiano—, y por tanto se ha de enaltecer el papel de la educación en el desarrollo y fortaleza de la civilización.

Y el doloroso suceso nos propone también repasar otros asuntos para no repetir errores del pasado. El propio Hart, hacedor y estadista revolucionario, señalaba en artículo reciente que los cubanos estamos interesados cada vez más en conocer los nexos principales de la milenaria historia universal, y en promover una cultura sin esquemas ni doctrinas ideologizantes. Esa cultura que necesita el mundo para librarnos de la estrechez de conceptos generados por una civilización cargada de materialismo vulgar, y tan necesitada del acento utópico de los pueblos de raíz latina.

No vaya a ser que un día nos levantemos con el grito desgarrador de un personaje de los cuentos de Rubén Darío, que en otra ocasión ya recordé: «…los que hoy empezáis a vivir estáis ya muertos, es decir, muertos del alma, sin entusiasmo, sin ideales, canosos por dentro; que no sois sino máscaras de vida, nada más».

 

 

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