El gusto de amar y crecer

Autor:

Yoelvis Lázaro Moreno Fernández

Por esta misma página han discurrido no pocas historias sobre compradores que acaban pagando el bochornoso precio de la humillación, pacientes resignados al maltrato, o clientes que sufren la indiferencia de quienes tienen el deber de atenderlos, y bien.

Grandes cantidades de tinta y celulosa han dedicado las publicaciones impresas del país a fustigar con aires reflexivos esas vivencias de usuarios profanados, en las que suelen escurrirse los sudores honestos de muchos cubanos.

Pero esta vez deseo compartir una experiencia que resulta el reverso de esas otras. A propósito de haberse celebrado jornadas atrás el Día de la Estomatología Latinoamericana, quiero aludir a un testimonio de constancia al buen hacer, como tantos que de seguro coexisten hoy a lo largo y ancho de la Isla.

Intérpretes de tales historias pudieran llamarse Luisa, Mariela o Miguel, ser igualmente médicos, ingenieros, maestros o campesinos, y vivir lo mismo en Sancti Spíritus que en Pinar del Río; pero los protagonistas de la escena que me ocupa han sembrado raíces en el municipio villaclareño de Camajuaní y sus verdaderos nombres son Lucy, Lucila y Manuel Loy, tres dentistas que destierran cada día la agitación característica de la vida para concebir junto a sus pacientes un clima de camaradería y cordialidad.

Al lado de tales personas suele sentirse una suerte de comunión por el bien social, donde uno experimenta la onírica sensación de sentirse a salvo, sin ese riesgo tan habitual en no pocos lugares, de percibir un gesto, una mirada o una frase que te simplifique y te anule.

Allí, junto al impresionante sillón del paciente y en medio de un ruido que cura y asegura empastes, ellos fraguan el empaste de un trato espontáneo con la excelencia de un servicio que ayuda a calmar incontables pesares cuando se asume con legítimo empeño nuestro encargo social.

Hablo de mortales que para bien transitan por nuestro cosmos cotidiano haciendo trizas la incompostura, moralizando con una vocación de consejeros del ánimo, como permanentes multiplicadores de fuerzas positivas frente a la flojedad de quienes intentan reducirlo todo a golpe de pesimismo.

Se trata de personas que con su trabajo alientan ante el ácido aliento de otros, y hasta nos privilegian por crear a diario tamañas amalgamas con talento y humanismo.

Se trata de seres humanos que no viven de espaldas a las carencias; las llevan consigo, aunque abunde en ellos, como en muchos cubanos honestos, el infinito goce de amar y crecer.

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