Lo que Coralita vio

Autor:

José Alejandro Rodríguez

Coralita Veloz asume la piel de sus personajes y se deja conducir por ellos, en esa enigmática travesía por la conducta humana que emprenden los actores. Pero como Coralita, el pasado domingo sobrepasó una prueba muy difícil en el programa Palmas y Cañas. Allí, ante las cámaras, no hubo técnicas, extrañamientos de Bertold Brecht o métodos de Stanislavski que la salvaran. Su corazón se desnudó súbitamente.

La actriz aceptó la invitación del programa campesino, para que iluminara un homenaje a sus padres Ramón Veloz y Coralia Fernández, esas voces eternas que seguirán alegrando el guateque crepuscular del domingo. Quizá asistió con la corazonada, pero asumió el reto.

Sentada muy cerca de los más fieles e identificables espectadores que haya tenido programa televisivo tan perdurable en el tiempo, la hija de Coralia y Ramón presenció hasta el final aquella singular ofrenda de la memoria agradecida, mientras apretaba el brazo de su compañero, el trovador Ireno García, como si se aferrara a un madero del equilibrio en un mar revuelto de sentimientos filiales y evocaciones.

Tonadas, guajiras, repentistas y controversias; las palabras de los conductores, los aplausos desbordantes y no esos fríos y ordenados por señales lumínicas en el estudio… Todo giraba en torno a dos grandes de la música campesina, especialmente de la amorosa guajira, que terminaron enamorándose para siempre y enamorándonos a todos de nuestros campos, desde un estudio televisivo en el centro del Vedado cada domingo, o desde los bateyes polvorientos que les convocaran.

Para colmo, a cada rato proyectaban viejos quinescopios, con las voces y los gestos —tierna ella, trepidante él— de Coralia y Ramón. Mientras, las cámaras, pudorosamente indiscretas, sobreimponían el rostro crispado, a punto de dispararse en tantas emociones, que quizá la actriz ha requerido más de una vez para representar una tragedia ajena. Coralita, siempre enjuagándose los ojos en sus propios recuerdos, dio una muestra de coraje.

Lo cuento porque la televisión es efímera, y bien merecen quienes no lo vieron implicarse en lo que trasuntaba aquella escena, más allá del homenaje: los padres, aun cuando parten, siguen aferrados a los hijos, acompañándolos en el azaroso camino de la vida, como fuegos que despejan las sombras. Mortales al fin, se las ingenian para perpetuarse en todo lo que legaron, con ese desprendimiento insustituible de quien deja un pedazo de sí en este mundo.

El pasado domingo, Coralita vio a Coralia entrar al set y gritar: ¡Ramón, el guatequeee! Y cuando el tenor de las palmas y los cañaverales entró en escena y se besaron, ambos le hicieron un guiño de eternidad a su pequeña. Doy fe de que sucedió.

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