Haití… después del estruendo

Autor:

Marina Menéndez Quintero

El sismo fue de 7,3. Pero la sacudida de conciencias debió romper la escala de Richter una vez que el mundo —¡algunos se desayunaron!— pudo ver las rajaduras del trágico sismo social y económico sobre las cuales se abrieron las nuevas grietas.

No es noticia. Sin embargo, a poco más de dos meses después de la debacle en Haití, cuando las dramáticas labores de salvamento no llenan espacios en ciertas pantallas ni hiere el hedor de los muertos sepultados a la carrera en fosas comunes, algunos se hacen los desentendidos o, definitivamente, ¿no comprendieron?

Cierto que no faltó la inmediata respuesta de ayuda; incluso, desde localidades de países pobres donde otros, no mucho mejor parados, hicieron colectas para mandar algo a sus hermanos haitianos. Pero, ¿qué hay de los países ricos y de los organismos financieros, esos a los que hasta hoy ha importado un comino la endeblez de un Haití sin sistema de salud ni educación sólida, sin economía propia y con instituciones debilitadas por la misma dependencia que la perenne injerencia extranjera les proveyó, y que ahora aquellos mismos responsables del descalabro pretenden hacer ver como «incapacidad» de los haitianos?

El rostro feliz de un niño que carga un bloque de cemento para construirse un refugio no es, exactamente, el motivo de estas líneas. Lo importante no es solo que el orbe tienda la mano. Lo urgente es adoptar las decisiones para que, a la par que se levante otro Puerto Príncipe, también nazca un nuevo Haití. Y ese país no nacerá únicamente con los edificios que tal vez un día se erijan… ¡claro!: mucho después que se logre completar —si se completan— las 1 500 tiendas de campaña que en este preciso momento necesitan aún los haitianos y que la ONU reclama hace más de un mes, para que los damnificados no perezcan bajo las inundaciones que traerán las lluvias.

A quienes no ha podido pasar inadvertido ese saldo estratégico de la tragedia es a los propios haitianos. En una reciente visita a la Casa Blanca para agradecer su auxilio, el presidente René Preval aludió, quizá de modo indirecto, a ese otro enfoque con que debe verse la ayuda. En una frase quizá poco entendible a priori, el mandatario dijo que su país no necesitaba más alimentos que seguirán compitiendo con los depauperados productores locales, y advirtió que Haití no puede volver a crecer sobre los mismos carcomidos cimientos. Hablaba Preval, probablemente, de las ayudas condicionadas con directrices de gobierno enviadas desde el exterior: fue de ese modo que se hizo de su país una de las naciones más endeudadas… y no solo con débitos de dinero. Es un matiz que ilustra las potencialidades que tienen aquel pueblo, y sus instituciones.

Sin embargo, ni asomados al fondo de las heridas dejadas por el sismo, tales urgencias parecen claras para quienes pueden contribuir a lo que se ha dado en llamar la «refundación» haitiana. Algo que, por el contrario, entes como el ALBA o UNASUR han defendido con el compromiso de ayudar a instaurar un eficiente sistema sanitario y echar a andar la agricultura, ausente en un país sin riquezas. Un país que no tiene más que eso, la tierra.

Por eso molesta, y podría ser augurio de un mal peor, que en la reciente reunión técnica preparatoria de la Cumbre de donantes prevista para el día 31, el Club de París (acreedor de una parte de la deuda haitiana) expresara «profunda compasión» hacia las víctimas. A la par, la Declaración final de la cita hablaba de la entrega de 350 millones de dólares… cuyo uso será fiscalizado por un ente supervisor ¡que velará por el uso que se dé a los recursos!

Primero, está por ver lo que en realidad se entrega. Todavía no se han hecho efectivas las condonaciones bilaterales de deuda prometidas a fines del año pasado por los miembros del selecto Club. Y menos se han ajustado las cancelaciones anunciadas por los miembros del Grupo de los Ocho, en tanto la ONU sigue esperando contesta a su segundo llamado de ayuda a la comunidad internacional, valorada en 1 500 millones de dólares. El Banco Mundial ha prestado más sin intereses, pero al fin habrá que pagar. Y el FMI… ha hecho mutis por el foro.

Pero no disgusta solo esa «pereza» que parece comprensible de donde viene, sino la manera en que se pretende seguir «guiando» los pasos de un gobierno cuyos antecesores fueron llevados, por esos mismos lazarillos, al matadero. Y este Haití no está ciego.

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