Los izquierdos humanos

Autor:

Lázaro Fariñas

Hace unos días, caminaba por un barrio de Valencia, España, cuando de pronto empecé a oír gente gritando consignas, doblé la esquina y me encontré con unas 200 personas sentadas en medio de la calle gritándole a montones de policías que venían hacia ellos con cascos y palos en la mano.

Detrás de la policía uniformada avanzaba una excavadora cuya misión era tumbar un edificio de la zona. Los manifestantes trataban de evitar el paso de la enorme máquina, mientras los agentes del orden trataban de abrírselo. Por supuesto, el enfrentamiento no se hizo esperar y los policías empezaron a golpear a los manifestantes sin ningún tipo de contemplación. Dieron por las cabezas, por las espaldas, por los hombros… hasta que la excavadora llegó adonde el edificio y lo derrumbó. El lugar se llama El Cabanyal. Es un barrio pobre de la ciudad, en donde la alcaldía está tratando de derrumbar más de 200 edificaciones para construir una avenida.

Los pobladores se oponen al proyecto alegando el carácter histórico de la barriada. Sin embargo, las autoridades locales alegan que es necesario continuar con lo proyectado. No se sabe cómo irá a terminar el asunto, pero lo que sí sé es que a los vecinos del Cabanyal los molieron a palos y que, a no ser unas breves notas en los periódicos españoles, allí no ha pasado nada.

¿Qué pasa con los cacareados derechos humanos? ¿Los vecinos del Cabanyal, en vez de derechos, tienen izquierdos humanos? ¿Dónde están esas campañas contra España por la salvaje paliza que le propinó su policía a unos indefensos civiles que protestaban pacíficamente? El gobierno alega que fueron las autoridades locales las culpables de tan salvaje comportamiento, pero la verdad es que allí dio palo tanto la policía municipal como la nacional. En España, al igual que pasa en Estados Unidos o en cualquier país del llamado Primer Mundo, cuando la policía apalea a los ciudadanos que protestan, los gobiernos se limpian las manos diciendo que son excesos de las autoridades locales. En el informe policiaco de los acontecimientos, las autoridades afirman que se empleó «la fuerza mínima imprescindible para retirarlos». ¿Fuerza mínima? Si fue así, ¿cuál hubiese sido la máxima?

Esos acontecimientos me recordaron la mano de palos que le daba la policía batistiana a los estudiantes en la calle San Lázaro, en La Habana, y también a la policía de Miami, que en 1965 nos entró a palos en una de las calles del centro de la ciudad. Éramos como cien personas que habíamos pedido permiso a las autoridades para hacer una protesta frente a un consulado europeo. Nos lo concedieron y salimos en manifestación pacífica hasta que, en una esquina, nos esperaban los gendarmes, también con cascos y porras.

La policía del país que da lecciones de derechos humanos nos dio palos con los derechos y con los izquierdos. Después de haber sido golpeados y mientras nos gritaban improperios, nos cargaban como sacos de carbón y nos tiraban en los carros-jaula que allí tenían preparados. Sesenta y dos de los más o menos cien que participábamos en la manifestación fuimos arrestados. ¿Y qué paso después? Nada, absolutamente nada; una nota en la página local del Miami Herald y un juicio en el cual la Fiscalía nos acusó de escándalo, desorden público y resistencia al arresto. ¿Alguien se alborotó en el mundo por la paliza que nos dieron en las calles de Miami? Nadie, absolutamente nadie.

Resistirse al arresto policiaco en cualquier país es premiado, como mínimo, con una contundente mano de palos. Los ejemplos sobran. No existe que alguien le diga a un policía, aquí en Estados Unidos o en otro lado, que no se mueve, cuando este le ordena que lo haga y tampoco existe que este, ante la negativa de moverse voluntariamente, simplemente cargue al ciudadano, lo monte en una guagua y lo lleve a su casa. Constantemente se ve en los noticieros de televisión a la policía de diferentes países apaleando o ahogando a los ciudadanos con gases lacrimógenos en protestas callejeras. Cuando eso sucede, quizá el reportaje dure un minuto en la pantalla de los televisores y quizá una cuartilla en el periódico local. No hay campaña mediática que se monte contra un país del llamado Primer Mundo porque la policía muela a palos a sus ciudadanos. La selectividad de los medios es asombrosa. Parece ser que, según los que controlan esos medios, algunos ciudadanos en el mundo tienen derechos, y otros solo izquierdos humanos.

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