El correo más solitario

Autor:

José Alejandro Rodríguez

Mario Benedetti, donde quiera que estés: Todavía trasnochados sentimentales lanzan botellas al mar con mensajes a quién sabe, en pleno siglo XXI, cuando las tecnologías derriban barreras del tiempo y el espacio y lo desnudan todo al instante. Cuando ya casi no quedan misterios por descubrir.

Sí, lanzo mi botella colmada de evocación hacia la costanera del inmortal poeta uruguayo, para confesarle que aún flota como una cáscara de nuez, sobre los oleajes de muchas vidas, aquel poema suyo: «Pongo estos seis versos en mi botella al mar/ con el secreto designio de que algún día/ llegue a una playa casi desierta/ y un niño la encuentre y la destape/ y en lugar de versos extraiga piedritas/ y socorros y alertas y caracoles».

De vez en vez, recalan noticias sobre hallazgos de botellas con recados en las aguas, que remueven la rutina en cualquier sitio de este mundo, y desatan curiosidad, emoción y ansias retrospectivas. Casi siempre los envíos son expediciones románticas desde la soledad, que prueban fuerzas con la comunicación.

Los niños son los más febriles emisarios de esas aventuras, unas veces como ejercicio docente y otras por ensoñación. En 1987, Emily Hawung, una alumna de nueve años, lanzó al Océano Pacífico desde las costas del estado norteamericano de Washington, un mensaje en frasco, como parte de un proyecto escolar. Y tras flotar sin rumbo durante 21 años, fue hallado en marzo de 2008 por un cazador de osos polares en Alaska. El hombre halló a la señora Emily, a quien la vida le había robado el recuerdo de aquella tarde plomiza.

Pero esos correos marinos sin destino fijo revelan también tristezas adultas. Ángeles Pazos paseaba con su perro por la playa de San Pedro de Muro, en Galicia, España. Descubrió embotellada, escrita en flamenco y con destino a la localidad belga de Roselare, una carta de un hombre a su hijo a manera de despedida, como si el mar lo extraviara definitivamente. Cuando se localizó la dirección, la vivienda estaba abandonada. La última persona que la viviera, hacía más de 20 años, nunca apareció. Pero la historia flota todavía…

La escritora y poeta chilena Pilar Montes fue más arrestada: el 12 de octubre de 1992, con motivo de los 500 años del descubrimiento de América, arrojó 500 botellas de vidrio, todas con un mismo alegato dentro, que vindicaba la paz para la Humanidad. Y cuando el 7 de agosto de 2008, una de las 500 emisarias sorprendió a los turistas que visitaban un inhóspito islote de la Polinesia, ya hacía años que Pilar no estaba en este mundo, así como tampoco la paz soñada. Pero aún andan al pairo otros 499 alertas…

A inicios de 2005, en una botella confiada a las frías aguas de la Tierra del Fuego, la argentina Estela Ojeda se confesó a guisa de despedida con su hermano, quien fuera uno de los marinos muertos el 2 de mayo de 1982 en el hundimiento del crucero general Belgrano, por el ataque de un submarino británico, durante la guerra de Las Malvinas.

Quizá Estela soñaba que él podía estar aún esperando su mensaje, pero lo cierto fue que el pescador chileno Javier Godoy lo encontró en una solitaria playa, en el canal de Beagle, región de Magallanes. Le llevó personalmente la inclasificable correspondencia a ella. Y del dolor y el vacío nació una amistad.

Paradojas: cada vez que se produce un hallazgo de una de esas cargas sentimentales en un frasco, se desata una indagación amorosa allende los mares. Y es cuando los celulares, Internet, Twitter y Facebook conectan en minutos a quienes demoraron años, mares y soledades en confirmar el fin de toda epístola: un destinatario.

El doctor Roberto Regnoli, obsesionado con esos correos impredecibles, fundó un museo con los mensajes embotellados que recoge en las playas de su localidad de Termoli, al sur de Italia. La mejor colección de la nostalgia o la incertidumbre, del amor o la soledad. Retazos de vidas y destinos.

Entre las piezas más insólitas del museo está un calzoncillo con la señal de auxilio, que seguramente lanzó al mar un náufrago, ya desnudo de toda posibilidad de vivir. O su contraparte: una foto de Paolo y Laura, abrazados frente a la cámara en el lecho, con los ojos aún encendidos del clímax del amor. Y sobre sus rostros, un corazón y la frase: Unidos para siempre. ¿Estarán juntos hoy? No importa. Alguien ahora está lanzando al mar una botella con sentimiento…

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