De afuera

Autor:

Hugo Rius

«De afuera» nos llega de todo: historias, amigos solidarios a toda prueba, discrepantes respetuosos, desinformados confundidos, enemigos tramposos, turistas, arte y literatura de excelencia, junto con falsificaciones envenenadas y difundidas, tecnologías de punta, ideas, tendencias y modas de distintos signos, productos de consumo y también subproductos de pacotilla puestos a circular como presuntos símbolos de libertades irrestrictas que arremeten callejeramente contra la espiritualidad.

A este último perfil deben pertenecer ciertos pulóveres que hasta niños llevan, creídos al parecer de que lucen muy graciosos y en «onda», con rótulos que reproducen exclamaciones insultantes, evidentemente importadas de otros contextos ajenos, donde tal vez se acepten y asimilen, y aquí se imitan. Una amiga me contó que en el autobús en el que se desplazaba, uno de los pasajeros «subió la parada», en lo que veo proyectarse como una competencia del mal gusto, y fue tan lejos en el texto e imágenes impresos en la tela de la prenda que clasificaban como uno de esos aborrecibles grafitis pornos estampados en paredes de baños públicos por sujetos descocados. Unos reaccionaron con asombro y pesar, y otros con la lamentable aceptación resignada de lo que creen irremediable o premiando la «gracia» con banal complicidad.

Creo que nadie en este país se atreverá a ignorar el perpetuo sentido del humor que anida el ser cubano, pero ni en nuestro teatro vernáculo, las guarachas y sones antológicos o en los retratos sociales de los conjuntos musicales más populares, o libretistas de pura cepa, ni en el diálogo espontáneo y chispeante de la vida común de la gente, y ni siquiera en los cuentecitos infaltables en las descargas entre amigos, que durante tanto tiempo nos hicieron reír, nunca se empleó un lenguaje tan explícito y vulgar como el que hoy hiere y gana terreno. La clave de la gracia que siempre levantó chispa y carcajadas estribaba en la anécdota sabrosa, la insinuación, el doble sentido, el equívoco, apelando a la imaginación asociativa, a la inteligencia del otro. En este ámbito del brochazo colorido de la cotidianidad estamos retrocediendo.

Tampoco nadie en su sano juicio se atrevería a clamar prohibiciones por decreto sobre lo que compete al fuero estrictamente personal, incluida la prenda de vestir que cada quien desee ponerse, aunque el goce de la libertad individual implica a su vez un acto responsable de respeto a los demás, a los que protegen el pudor, y sobre todo a la niñez, que hay que poner a salvo de la ramplonería textual empobrecedora. Y por qué no, exigir por lo menos a quienes importan comercialmente semejantes baratijas una barrera de contención.

Las infelices frases en circulación, asumidas con inconsciente alarde por sus portadores como una suerte de «destape» descabellado o una irreverencia sin causa se homologan, tras la muerte súbita del piropo ingenioso y galante, a la sarta de impúdicas groserías verbales con las que frecuentemente son asaltadas nuestras mujeres, a su paso por las calles.

Al encarar estas manifestaciones en toda su perspectiva, resulta imposible soslayar una verdad reconocida: el tramo que todavía falta, y el denodado empeño que tenemos que poner todos en vencerlo, para ascender del pueblo innegablemente instruido que somos hoy a otro culto, por completo libre, si nos atenemos a la lúcida visión de nuestro José Martí.

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