Mirando al cielo

Autor:

Hugo Rius

Al igual que muchísimos compatriotas, en particular capitalinos, he reforzado en los últimos tiempos mi atención al puntual parte meteorológico que transmite la televisión siempre con la secreta esperanza de ver dibujado sobre mapas señales de nubosidades reventonas, aunque vengan acompañadas de rayos y centellas.

Y por si no fuera suficiente lo que el mensaje científico nos indica, también elevamos con frecuencia la mirada hacia el cielo buscando, con una contenida ansiedad, una pista de abundantes precipitaciones por venir, tal vez deseando creer que las conjuras puedan hacer algo para desbordar la abrumadora sequía presente. Pero al final seguimos comprendiendo que la naturaleza manda.

Entonces, con mejor juicio recreamos las noticias de los denodados esfuerzos que se acometen, ante la palpable penuria, para rescatar fuentes de abastecimiento de agua para esta Habana, capital de todos los cubanos, que no aguanta más, al decir musical de Formell, y la rehabilitación de las muy añejas redes de distribución que atraviesan el dédalo de la Ciudad, por donde se ha estado escapando a raudales el líquido indispensable para la vida. Y a ello se suma la aplicación de medidas racionales en áreas laborales de alegre derroche.

Hasta aquí, mientras marcho por las calles, se me presenta un cuadro coherente de problema, sensaciones conscientes y respuestas institucionales. Sin embargo, otro paisaje inconexo invade mi punto de mira, que no es otro que el de esos edificios multifamiliares que encuentro a mi paso, y por cuyas aceras brotan manantiales de agua provenientes de tanques de almacenaje desbordados sin que al parecer nadie les ponga coto, ni parezca preocuparle, como si no tuvieran nada que ver con el despilfarro al que todos debemos combatir, como si resultara algo ajeno a las previsibles escaseces de próximos meses.

Se podrá aducir, con indiscutible razón, que falta en nuestra red comercial el acceso adecuado, en regularidad y precio, a piezas de plomería para reparaciones domésticas, y que debe esperarse que la cobertura de ese bache se sume al conjunto de acciones de toda la sociedad a favor del principio del ahorro, para prepararnos mejor ante las contingencias de una naturaleza sometida a las andanadas de la crisis climática global.

Pero tampoco debemos esperar que, al igual que el maná bíblico, las soluciones caigan del cielo, sino tomar las iniciativas caseras que estén a nuestro alcance, y que no son pocas.

En estos días recordaba a Liduvina, mi maestra de Matemática, quien dedicaba su primera clase a lo que llamamos sentido común. Y entre sus ejemplos más sencillos indicaba aquello de que, si ves una pila de agua abierta innecesariamente, ciérrala, porque te faltará a ti y a otros muchos más.

De eso se trata, de actuar con sentido común, mientras miramos al cielo.

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