Intrigas junto al Támesis

Autor:

Luis Luque Álvarez

Cuando a Enrique VIII le dio por sospechar que dondequiera en derredor había enemigos acechándolo, las cabezas comenzaron a rodar en Inglaterra, y el hacha caía lo mismo en el pescuezo de los conspiradores que en el de los más fieles súbditos que antes habían ejercido de acusadores.

Hoy las intrigas se pasean de nuevo junto al Támesis. Y la complicada telaraña involucra a políticos, periodistas y policías. En el centro, un sujeto llamado Rupert Murdoch, australiano, magnate de un emporio llamado News Corp., con activos por más de 37 000 millones de dólares, según datos de la cadena británica BBC.

Vayamos por partes. Seis años atrás, la publicación News of the World, del imperio Murdoch, reveló detalles de la celosamente guardada historia clínica de uno de los príncipes británicos. A cualquiera le puede pasar por las mientes que hay alguien espiando. ¡Y en efecto!: varios teléfonos de la casa real estaban «pinchados», y News of the World recibía la información en bandeja. Descubierta la trama, un periodista y un investigador privado fueron a parar a la cárcel, y el director, Andy Coulson, renunció, no sin antes dejar claro que él no sabía ni jota.

Pero días atrás, News of the World volvió al tapete, cuando salió a la luz que otro investigador había pinchado el teléfono de una adolescente, Milly Dowler, quien en 2002 había sido raptada y asesinada, y su cuerpo encontrado seis meses después. El espía, mientras le daba chance al semanario de estirar la trama, manipulaba la cuenta telefónica de la muchacha y les hacía creer a sus padres que seguía con vida.

Fue la gota que colmó la copa. Si bien el caso de Milly Dowler fue el más triste de los que sacó tajada News of the World, trascendió que más de 4 000 personas habían sido espiadas, entre ellos el ex primer ministro Gordon Brown, los actores Hugh Grant y Gwyneth Paltrow, el cantante George Michael y el alcalde de Londres, Boris Johnson.

¿Qué cabezas son las que ruedan hoy? Una es la de Coulson, pues un periodista que acaba de morir en circunstancias algo raras, había declarado que su ex jefe sí estaba al tanto de las escuchas. Y más se enreda la pita porque Coulson, cuando salió como bola por tronera de la dirección de News of the World, entró triunfante en la oficina del líder conservador, David Cameron, como jefe de prensa. Y como tal fungió hasta enero pasado, ya con este como Primer Ministro. El dedo índice del público inquiere: «¿Y tú estabas ajeno a todo esto, David?».

También los dos más altos cargos de Scotland Yard (la Policía Metropolitana) han renunciado. Resulta que un subordinado de Coulson, Neil Wallis, implicado en el escándalo, había trabajado después como asesor de la Policía. Y cuando allí llegaron las denuncias de que, pese a la llamada de atención anterior, News of the World seguía «suelta y sin vacunar», uno de los jerarcas policiales, John Yates, decidió que no había sustancia para investigar.

Sin embargo, las denuncias corrían, y aquí entran Murdoch y varios miembros de la mesa directiva de News Corp.: cada vez que se levantaba una voz, la superempresa regalaba alguna suma gordita a los afectados para callarles la boca. Y la pregunta que se hacen todos hoy es por qué daban dinero tan fácilmente a los que se quejaban ¡sino porque estaban bien enterados de las prácticas ilegales del periodiquito! ¿No sospecharon nada?

De eso es de lo que Murdoch quiso convencer el martes a una comisión del Parlamento británico: de que estaban en Belén con los pastores, mientras sus subordinados acababan con la quinta y con los mangos. El acaudalado ancianito —cada vez que usted vea el logo «20th Century Fox» al comienzo de un filme, sepa que la empresa pertenece a este señor, como muchísimas otras en todo el planeta— se ha limitado a decir: «We are very sorry», cuya traducción libre sería, más o menos, «lo lamentamos, pero nos importa un pepino su queja; amamos demasiado el dinero».

Y el primer ministro Cameron aguarda. Espera conocer si Coulson sabía de las escuchas. Si sabía, la cabeza de su ex empleado se hundirá un poco más en las orillas del Támesis, y él entonará, según ha dicho, una «profunda disculpa».

¿Cantará finalmente Cameron? ¿Se sabrá por qué murió el periodista que inculpó a Coulson? ¿Confesará alguna vez Murdoch que estaba enterado, pero que «ya estoy muy viejo y se me olvidan las cosas…»? La novela sigue.

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