Ecos, fuego y sombras desde el vidrio

Autor:

Frank Padrón

MANHATTAN, Nueva York.— Por muchos tesoros que muestren los cosmopolitas museos de esta ciudad, el invitado siente que no ha sido completo su viaje si no ha pasado por el National Museum of the American Indian (Museo Nacional del Indio Americano), a unas cuadras del mítico Wall Street, con su emblemático toro de la Bolsa donde tantos se retratan. El contraste, a propósito, no puede ser mayor: la selva de las finanzas contra la autenticidad y sencillez del rostro esencial de la nación: el fundador, ese indio expoliado y maltratado a quien no se redime eximiéndolo de pagar impuestos, como se hace aquí con los pertenecientes a esa etnia autóctona.

A la historia y evolución del caballo y lo que llaman la «América nativa» a través de sus ropas, objetos personales, instrumentos de caza y pesca, y demás peculiaridades que exhiben las salas permanentes, la institución (muy visitada por estudiantes e investigadores) presenta por estos días en su sala transitoria la exposición Echoes, Fire and Shadows (Ecos, fuego y sombras) del artista Preston Singletary, que se extenderá hasta septiembre.

El joven artesano, quien por supuesto desciende de una familia indígena, trabaja el vidrio emprendiendo una singular lectura de los mitos y leyendas de la cultura Tlingit, en una exposición curada por el Museum of Glass de Tacoma.

Maravillas ofrecen los estantes, las cuales no solo demuestran ampliamente el talento y la profesionalidad de Singletary, famoso en el mundo entero por sus raras habilidades trabajando un material tan delicado, sino la profundidad y sensibilidad en la riqueza cultural y espiritual de ese grupo, una civilización antigua, misteriosa y llena de filigranas.

Todo eso ha sido esculpido por el artista con delectación, con suma originalidad, y entonces nos enfrentamos a pájaros devorando la luna, a jarrones inundados de preciosos motivos, platos y fuentes decorados con animales reales y mitológicos, hasta llegar a la pieza Clan House, una monumental escultura que alude a la casa Tlingit, así como a un amplio muro creado especialmente por Preston para la presente instalación.

Pareciera que las piezas están revestidas por un metal o algo así, pero se trata de otras manifestaciones del propio vidrio que adquieren texturas y formas verdaderamente inusitadas.

Prueba al canto de la fuerza, profundidad y belleza de una cultura escamoteada mas presente, Echoes… es una exposición sencillamente grandiosa, como lo es el museo que la acoge: voz y voto del indio, quien, como dijera Martí en su imprescindible De Nuestra América, «nos daba vueltas alrededor», y lo sigue haciendo, testificando sus indelebles huellas en la cultura universal.

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