Chola y Plimio

Autor:

Anays Almenares Ávila

«¿El último?», preguntó una voz cansada a mis espaldas. Al girarme para responder la descubrí, asomándose entre los bullicios de la panadería, cargada de bultos y jabas. Era Chola, con su escasa cabellera blanca. Para muchos, «la loca» de mi barrio.

Esta mujer, a quien la cordura había abandonado años atrás, no tenía idea de cuánto la extrañaba. El tiempo sin encontrármela arremetió de golpe cuando volví a verla, marcando en una cola, como solía hacer, para luego despertar de su ensimismamiento al escuchar al dependiente preguntarle qué deseaba; y responder, inocente, con un largo silencio.

Aquel día caminaba hacia su casita. Y uno, testigo de sus trémulos pasos, no hacía más que compadecerse de la soledad que arrastraba, impuesta por el destino.

Hacía un par años su fiel hermano y amigo había decidido renunciar a su existencia juntos, y partir al descanso interminable. Plimio la había dejado en este mundo donde navegaban por aguas incomprendidas. Entonces ella se había mudado lejos, con algunos familiares.

El recuerdo de una vida compartiendo experiencias, de apoyarse el uno en el otro, de andar el barrio tomados de la mano con sus respectivas bolsas —que nunca perdían—, de quedarse dormidos en los parques y a cualquier hora saludar a los vecinos con el más iluminado «buenos días», tal vez la inquietaba al acercarse a la casa.

Chola y Plimio estuvieron «locamente» atados por el más puro vínculo, afrontando los estándares de la sociedad.

Desde mi balcón fui espectadora de la calmada travesía hacia el hogar donde habían convivido solos. Algo la iba refrenando al aproximarse al umbral de la cerca recién puesta por los nuevos inquilinos. La pérdida del hermano querido, que la acompañó tanto en la austera morada, sin luces ni muebles, era un vacío que el resto de sus parientes, sensatos todos, no podían llenar.

De pequeña veía a los hermanos deambular, absortos en el rumbo de sus mentes aladas; a veces desafiando como titanes al grupo de niños revoltosos que les tiraban piedras y les gritaban improperios. ¿Dónde andarían sus ideas cuando los sorprendían en jardines ajenos recogiendo flores?

Ellos, que parecían dos pequeños desamparados, casi idénticos, salían a buscarse mutuamente cuando alguno se extraviaba. Por lo general Plimio la hallaba. Y yo, vecina de sus senderos, me preguntaba si era posible que en sus alucinados corazones quedara espacio para comprender algunas de las supuestas verdades de la Tierra.

Ingenua, que no supe hasta más tarde que su desquiciada felicidad no necesitaba cumplir los requisitos de lo cotidiano. Estos seres especiales, que dibujaban su mundo con quién sabe cuánta magia inexplicable, tenían sus propias vías a la plenitud.

Esa tarde Chola regresó a la antigua casa sin su Plimio, quien se había mantenido junto a ella incluso al perder la visión. ¿Cuántos recuerdos la acecharían mientras caminaba por las viejas calles de El Martí, en el Cerro?

Yo la extrañaba, como todavía lo extraño a él. Echaba de menos sus errantes palabras, sus saludos matutinos, su complicidad con lo incierto.

Quizá no logre nunca comprender con qué enigmas se debatían sus almas, ni qué respuestas encontraban a la «lógica» cordura a su alrededor; pero hoy creo que desde su misteriosa lucidez, Chola y Plimio tocaron secretamente las puertas de una claridad que nosotros, los llamados «cuerdos», no llegaremos jamás a sentir.

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