Bota yanqui en Afganistán para rato

Autor:

Juana Carrasco Martín

Qué otro escenario mejor para dar a conocer una noticia que prolonga la guerra en Afganistán. A bordo de un avión militar que lo transportaba a Bogotá, como parte de una gira por América Latina, el secretario de defensa de Estados Unidos, Leon Panetta, calificó de «paso significativo» el acuerdo estratégico de ocho capítulos logrado con Kabul, que permite la presencia «duradera» de sus fuerzas en el país centroasiático.

Hacer trizas las promesas es habitual en el régimen washingtoniano, y este lunes el mundo presencia una más, aunque no sepa todavía a ciencia cierta los detalles del pacto, presentado bajo la argucia de que «Estados Unidos está comprometido a mantener una presencia duradera en Afganistán» hasta que dicho país pueda garantizar «su propia seguridad».

Barack Obama, el presidente nobilísimo, había dicho que las operaciones militares en la geoestratégica nación terminarían a finales de 2014, pero ya la cosa cambia, y ahora juegan al «allí fumé» con su brazo armado aliado, la OTAN, cuando Panetta dice para los cándidos que el número de tropas que dejen en el escenario bélico «debe ser fijado con nuestros socios de la Alianza Atlántica y el Gobierno afgano».

Algunos analistas aseguran que no serán menos de 68 000 efectivos norteamericanos los que continuarán pernoctando en suelo ajeno, que usan como propio, así que luego de una década de ocupación y guerra, se abre más que otra década de ocupación y guerra gracias al llamado «Acuerdo de Asociación Estratégica Duradera entre EE.UU. y Afganistán».

Esa cifra viene de la que discute ya el general Martin Dempsey, jefe de la Junta de Estados Mayores de EE.UU., con las autoridades de la ISAF (Fuerza Internacional de Asistencia a la Seguridad).

Como el secretario Panetta no reveló detalles, ya se irán sabiendo las letras grandes y las chiquitas del boceto de la componenda iniciado desde el domingo por los jefes de las delegaciones negociadoras, el consejero de seguridad nacional de Afganistán, Rangún Spanta —y debe ser de espanto el trato—, y el embajador de EE.UU., Ryan C. Crocker.

Había dos temas que paraban llevar el convenio a feliz término, y habría que ver cómo quedaron finalmente: los raids nocturnos practicados por las tropas estadounidenses en aldeas y casas afganas, que siempre molestaban a Hamid Karzai, y la jurisdicción sobre los rebeldes detenidos y el control de las cárceles.

Sobre ambos, aparentemente el Pentágono cedió, aunque no pocos aseguran que solo de dientes para afuera, porque también estos pueden convertirse en letra muerta o promesa rota, porque hay autoridades militares de EE.UU. que no las tienen todas consigo y preferirían actuar a sus anchas.

Queda también con un signo de interrogación, al menos para el público siempre burlado y con los ojos vendados por la ignorancia, si está estipulado en el pacto el precio pedido por el presidente afgano y que obliga a Estados Unidos a pagarlo: un mínimo de 2 000 millones de dólares anuales.

Según la oficina de Karzai, el documento «está listo para ser firmado», más para la administración de Obama «está a punto de ser completado». Además de los paréntesis que puedan colgarle los expertos, quizá esas dos acepciones tengan que ver con la Loya Jirga, el Parlamento afgano dispuesto a aprobarlo, y un Congreso estadounidense siempre tan dividido por las líneas de los Partidos y tan remiso a aprobar cualquier cosa en tiempos electorales, además de otras agencias gubernamentales involucradas en la ocupación y por tanto en el acuerdo.

Sin embargo, los protagonistas principales de la tragedia —la actual guerra en Afganistán es uno de los peores dramas en toda la historia de ese país— van atemperando sus roles en el escenario bélico.

Un punto cierto y claro: las bases militares de Estados Unidos estarán dislocadas en suelo afgano hasta el 2024, aun cuando ya vaya disponiendo su retirada la ISAF.

Las tropas de Estados Unidos están sujetas a un pacto posterior, porque al decir de un despacho informativo de la AP: «Washington prometió defender militarmente a Afganistán al menos por una década después que los afganos se hagan oficialmente cargo de su propia seguridad», y podrá emplear «medios diplomáticos, medios políticos e incluso medios militares».

Esta sí  que es una salida estratégica de Afganistán. Si usted es una persona comedida y educada puede decirlo así: «!Vaya desfachatez!».

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