Viaje a las raíces

Autor:

Walfredo Angulo

Llegar a ese pedazo de suelo que te vio correr o empinar papalotes, o donde te enamoraste por primera vez, siempre depara sensaciones particulares y tristeza si nadie te recibe. Estoy entre los afortunados, porque a mí me estaban aguardando.

Uno mira estos sitios con lente ancho. Es como si en ellos no cupieran los errores. Puede que fuera por esa razón, que entre los primeros términos de mi recorrido estuviera la terminal interprovincial de ómnibus de Sancti Spíritus. Ya no está —¡qué bien!— el grotesco enrejado que tuvo años atrás. Fue sustituido por modernas puertas y ventanas y una decoración interior hermosa. Se lo merecía una ciudad capital tan llena de tradiciones y leyendas

Y para mayor alegría hallé otros adornos: una cafetería remodelada, con un surtido aceptable y —mejor aún— con buen trato, que se paga con moneda nacional.

Me resultó alentador y agradable no encontrarme con el antiguo huevo «a la mano», porque aunque el letrero decía que era al plato, estos no existían. Como no tenían vasos, no tengo que decir que agua tampoco. Cuando estas cosas ocurren uno se siente en el desierto y sin esperanzas de hallar algún oasis. Ahora —y espero que también en el después— hay agua y recipientes, aparte del mejorado menú.

En esa parada de la ruta, los servicios sanitarios ¡están limpios! Se puede apreciar el cambio hasta desde los ómnibus, por la ubicación de las ventanas (esto también puede provocar el aplauso de algún mirón pervertido. Lástima de imprevisión en tan agradable entorno).

La feria agropecuaria está lista para entrar en funcionamiento y entre lo que no vi meses atrás, durante mi último periplo por la ciudad, puedo citar la remodelación del museo histórico, donde se recoge una muestra de la cultura local. Y cuando digo así me refiero no solo a la urbe espirituana, sino un poquito más allá, pues la influencia ejercida por Sancti Spíritus en la región central de Cuba fue considerable.

Se recuerda que muchas tierras, por ser bajas y cenagosas, no provocaron el interés de los hacendados de Puerto Príncipe. Los historiadores locales aseguran que el progreso vino desde el mar, costeando los cayos del archipiélago Sabana-Camagüey.  Y, claro, de ahí en adelante, hay mucho por decir.

Han pervivido las parrandas de Remedios, Chambas, Punta Alegre y otros poblados, y el simbólico gallo de Morón se junta con leyendas comunes. Hoy siguen expresándose las singularidades de la zona, entre las cuales no faltan la conga del Yayabo y las tonadas campesinas.

Mirando el remozado puente sobre el río o el paseo peatonal en el centro de la villa, uno piensa que las casas y su gente están más alegres y las campanas de las iglesias centenarias suenan a canto, porque esos cambios elevan el orgullo espirituano.

En las cosas pequeñas hay, casi siempre, grandes satisfacciones. Vencer obstáculos y fealdades provocadas por la negligencia o la mediocridad, eleva los retos y motiva a remontarlos.

Cuando llego a mi destino, Morón, tropiezo con nuevas alegrías. Unas 17 ciudadelas fueron totalmente reconstruidas y lo mismo se hizo con numerosos establecimientos comerciales y las fachadas de muchas casas.

Lástima que las obras en el parque martí no tuvieran la misma suerte. Al faltar un proyecto de ejecución con el consenso requerido de los agentes que debieron intervenir, por dos veces se destruyó lo realizado, malgastando recursos. ¿Será un éxito el tercer intento?

Esperemos que no suceda con el emblemático parque lo mismo que aprecié durante mi trayecto en un ómnibus Astro que no anda por los cielos, sino por las carreteras. Ese, por supuesto, será otro contar.

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