Angina por ruido

Autor:

Julio César Hernández Perera

Una imagen en boga es el joven provisto de dos audífonos atrapado en el mundo del sonido. Sin embargo, pocos imaginan que detrás de esa referencia de la modernidad peligra la audición; sobre todo, cuando estos dispositivos se convierten en algo más que amplificadores de grandes orquestas bailables.

Lo preocupante del asunto es que algunos de estos aparatos son capaces de generar en la entrada de los delicados oídos un sonido superior a los 120 decibelios, magnitud comparable con el ruido ambiental causado por el motor de un avión. A ello se le suman el trauma acústico por el tiempo de exposición a través de estos diminutos componentes, así como la susceptibilidad individual del que escucha.

Aunque la «hiperdecibelia» pudiera parecer privativa de la vida contemporánea, lo cierto es que, desde épocas remotas, el ruido ha movido el interés y la preocupación de la Humanidad.

Por el año 600 a.n.e., en la ciudad de Síbari, antigua Italia, se estableció como canon lo que puede considerarse una de las primeras normativas referentes al ruido en la comunidad. Allí los artesanos —cuyos trabajos eran estrepitosos— debían consagrarse en los andurriales, bien lejos de la urbe.

Siglos después, en la antigua Roma, se prohibía el tráfico de carruajes durante las noches. De ese modo no se perturbaba el sueño de los habitantes por el pandemónium resultante de los golpes de cascos de bestias y ruedas estridentes sobre las calles.

Y en efecto, percibido como sonido desdeñable, el ruido es capaz de interferir en importantes actividades. Tiene nocivas consecuencias para la salud humana cuando su intensidad es mayor de 50 decibelios (equivalente a una conversación realizada en voz alta). De las primeras cosas que se probaron, hace mucho tiempo, es su dañina capacidad para causar sordera.

El peligro se demuestra con datos estadísticos. Recientes estudios epidemiológicos han concluido que cerca de una cuarta parte de los norteamericanos con edades comprendidas entre los 65 o más años de edad, sufren pérdida de la audición. Para muchos científicos este fenómeno, por lo general, no debe ser parte del natural proceso de envejecimiento y, por lo tanto, puede ser prevenible.

Lo dañino del ruido se asocia también a otras alteraciones como la irritación, los trastornos del sueño y la dificultad en la comunicación y en el aprendizaje, sobre todo en niños y jóvenes.

Pero las consecuencias pueden ser aún más preocupantes: recientes publicaciones refieren que, en Europa, el ruido puede ser responsable de cerca de un millón de años perdidos anualmente, por cuenta de enfermedades o muertes tempranas. En estos desenlaces el corazón parece ser la diana principal.

Un estudio presentado en abril del año 2012 en la Revista Americana de Epidemiología (American Journal of Epidemiology) y realizado en el área metropolitana de Vancouver, Canadá, reportó que el ruido es un factor de riesgo importante en muertes por enfermedades cardiovasculares, principalmente por infartos cardiacos. Entonces, es muy importante meditar: así como no es atinado torturar a nuestro sentido de la audición, tampoco el miocardio (esa parte nuestra tan central y resistente), merece ser abatido por «dar oídos» al ruido.

*Doctor en Ciencias Médicas, especialista de segundo grado en Medicina Interna, profesor titular de la Universidad de Ciencias Médicas de La Habana e investigador auxiliar.

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