La fiesta de los novatos

Autor:

Luis Raúl Vázquez Muñoz

A la 1:06 de la madrugada el mundo rugió. Siento el toque de calderos, los gritos de viejos y adultos mezclados con los de los niños, explosiones que parecen petardos y uno, en la tranquilidad del apartamento, ni se inmuta porque sabe que son fuegos artificiales. La fiesta inició y nunca se acabará.

Me acomodo en el sillón de mi abuelo, le vuelvo a echar una ojeada al reloj y confirmo el dato: 1:06 de la madrugada del 29 de mayo de 2012, la hora en que Ricardo Bordón decidió el 51 campeonato de béisbol en Cuba.

La pantalla del televisor devuelve una imagen anticipada. Si el equipo de Ciego de Ávila ganaba en su estadio, todos sabían que el público se lanzaría de las gradas al terreno, que los peloteros serían llevados en hombros, que ellos mismos saltarían de alegría y muy probablemente nadie pisaría el home pues ya la entrada final estaría hecha por el delirio de un pueblo, que añoraba ese triunfo desde hacía mucho tiempo.

Cualquiera que vea esa multitud y sienta su fiesta, no tiene más remedio que reconocer que se halla delante de uno de los grandes misterios del verdadero deporte, el auténtico, el que se practica y se disfruta con honor, para limpiar el alma de miserias y el que despierta las realidades más inesperadas.

Porque, ¿qué diablos hacen unos novatos convertidos en especialistas? ¿Quién es esa anciana, qué mosquito la picó para que ella, un ser que confunde la línea con el jonrón, silencie a los fanáticos del barrio y haga pronósticos como un veterano de las grandes series de béisbol? ¿Quiénes son esos, que antes ni pensaban en la pelota y por estos días son mejores estrategas que Napoleón y analizan lo que dejaron de hacer Roger Machado y Lázaro Vargas?

¿Quién dijo que ellos eran peloteros? ¿El mundo se viró al revés? ¿O es que el buen deporte, como el arte verdadero, devuelve lo mejor que tenemos para mirarnos en un espejo y volver a descubrir, una vez más, que los seres humanos podemos remontar los obstáculos de la vida y hacer prevalecer el bien sobre la maldad?

Esta serie que se acabó es como un reflejo de lo que en Cuba debemos hacer. Como difíciles y tensos fueron los últimos partidos, así mismo es nuestra realidad hoy, en una Isla donde sus mejores hijos no renuncian a la pasión y al ingenio —como los atletas de Industriales y Ciego de Ávila— para salir adelante y dejar a un lado tanto burocratismo y chapucería, y poner en su orden justo lo que permita remontar desánimos y dobleces de la moral.

Esta serie que culminó se nos antoja como una gran fiesta de los novatos. No en el sentido de inexpertos, de aquellos que terminan a veces convertidos en el hazmerreír de la mayoría, sino en ese otro sentido, más puro y velado de la palabra. El de alguien que no se ha contaminado, el que no tiene experiencia pero suple el desconocimiento con la pasión y entregando lo mejor de sí. El que opina y hace guiado no solo por la lógica fría de los hechos, sino también por la temperatura del corazón.

Esos son los novatos que han florecido por estos días de pelota en mi pueblo. Y esos son los novatos que nos ha devuelto esta serie de béisbol. Son los hijos de Cuba, esos que hablan de todo como si de todo supieran y que son capaces de hacer las más grandes acciones de este mundo para únicamente pedir después el premio de un abrazo. Esos son los cubanos que debemos cuidar cuando nuestros mejores valores se estremecen entre los vientos de las carencias. Esa es la Cuba que debe vivir. Y que una vez más se nos ha hecho visible, por obra y gracia de ese deporte bendito que es el béisbol.

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