La adicción del siglo XXI

Autor:

Julio César Hernández Perera

Las nuevas generaciones, sobre todo los adolescentes, crecen en «un mundo entre pantallas». Pensemos en el tiempo que dedican a la televisión, a la computadora y al teléfono celular.

El último de esos objetos emerge en algunas naciones como el principal protagonista tecnológico en cuanto a tiempo consumido y a daño causado a la vida de los más jóvenes. Es una preocupación que ya ocupa los análisis de los científicos.

De las primeras investigaciones que vincularon el uso excesivo del celular con un potencial daño a la salud, está el presunto riesgo de desarrollo de tumores cerebrales como consecuencia de la emisión y recepción de ondas electromagnéticas de baja frecuencia. Esta hipótesis todavía no ha arrojado resultados concluyentes.

Los estudios también destacan la relación del celular con la actual epidemia de obesidad que sufre la civilización, así como con el incremento del riesgo de accidentes laborales y del tránsito por interferencia sensorial.

Pero un peligro mayor se advierte: la adicción. En diferentes países de Asia y de Europa el celular se ha difundido de manera casi universal entre los menores de 18 años. Tanto, que en China y Corea del Sur se emplea el término «era del pulgar» (thumb age) para describir un comportamiento intensivo y permanente relacionado con el uso de ese dispositivo.

Se ha demostrado en este tipo de usuarios el surgimiento de alteraciones que modifican de manera importante sus conductas e interfieren en determinadas actividades cotidianas: pérdida del sentido del tiempo, desidia (falta de aseo, despreocupación por la alimentación, descuido en el vestir, etc.), aislamiento, sentimientos de ira, tensión, depresión y necesidad creciente de equipos cada vez más sofisticados.

En poco tiempo los celulares han logrado un desarrollo asombroso. Hace unos años solo servían para hablar con alguien en la distancia, sin mediar un cable, lo que en su tiempo fue uno de los avances tecnológicos más trascendentales y atrayentes.

En la actualidad ese encanto no ha mermado. Pero además de la utilidad básica por la que fue creado el celular, se añaden otras prestaciones que parecen ser «diseñadas a la medida» para los jóvenes: enviar mensajes, descargar y escuchar música, filmar, fotografiar, ver televisión y jugar, entre otras muchas opciones.

Una de las consecuencias más peligrosas es el juego patológico, considerado por muchos especialistas dentro del grupo de «uso de sustancias y trastornos adictivos».

Por otra parte, dentro de los rasgos más estudiados en relación con el abuso del móvil está la autoestima. Se presume que las personas muy inseguras pueden valerse del móvil para evitar el contacto cara a cara y expresarse con más facilidad en la comunicación mediada.

¿Quién puede ser el mayor responsable de esos infortunios? Un peso importante recae en la familia. Muchos padres en diversas partes del mundo tienden a regalar a sus hijos teléfonos de alta tecnología con numerosas prestaciones. De esta manera cultivan involuntariamente en la formación de los jóvenes la falta de valoración y responsabilidad, pues, por si no bastara, con frecuencia los hijos suelen perder el móvil por descuido, y este es repuesto ágilmente por otro aparato, muchas veces con tecnología superior.

En este mundo nuestro, ser una persona analógica se va volviendo, al menos en los entornos más tocados por la tecnología, algo de otra dimensión, un asunto anacrónico. Los padres y abuelos de los actuales jóvenes, inmersos en una realidad donde la evolución es inevitable, no tienden a prever lo que ya muchos conocen como «la adicción del siglo XXI».

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