Racismo sin fronteras

Autor:

Lázaro Fariñas

Es casi imposible determinar cuál de las discriminaciones de humanos contra humanos es la peor. El ser humano discrimina, más por naturaleza que por raciocinio, lo que le resulta diferente, no le huele bien y por lo tanto, discrimina, de hecho o de pensamiento, en cierto grado. Creo que todos nacemos con ese despreciable instinto muy dentro de nosotros mismos. Algunos lo desarrollan en mayor o menor proporción. Muchos, a través del tiempo, logran eliminarlo o disminuirlo considerablemente. Otros mueren con el veneno de la discriminación en sus venas.

Se discrimina por todo, ya sea raza, etnia, género, preferencias sexuales, por ser bajito o alto, por ser pobre o por ser rico, etc. Nací en una época y en una región en la que se discriminaba a diestra y siniestra, por lo tanto, conozco bien lo que significa. Los cubanos más viejos recuerdan cómo, en Santa Clara, los ciudadanos de la raza negra estaban obligados a pasear en el parque por una senda diferente a aquella por la que paseaban los blancos, y un matrimonio interracial era casi apedreado en plena calle. ¡Pobre del homosexual que, en público, demostrara afeminamiento! Los negros que iban a la escuela con nosotros, que jugaban pelota con nosotros, que eran amigos nuestros desde que habíamos nacido, no iban a nuestras casas, no iban a nuestros bailes y no se podían casar con nuestras hermanas. Tenían una sociedad para ellos ya que no se les permitía la entrada en las sociedades nuestras, y sus fiestas eran separadas de las de nosotros. Racismo raro y selectivo el que teníamos en la antigua provincia de Las Villas.

A los chinos les decíamos narras; a los judíos, polacos; a los del Medio Oriente, moros; a los españoles, gallegos, y a los latinoamericanos, indios con levita. Esos motes eran una forma clara de discriminación con los que considerábamos diferentes.

Cuando llegué a EE.UU., a principios de la década de 1960, me encontré con una sociedad absolutamente racista. Aún los demócratas no habían firmado la Ley de derechos civiles (1964), por lo tanto, el racismo estaba a la orden del día. Los negros tenían que sentarse al fondo de los ómnibus. En negocios y en sitios públicos había servicios sanitarios y bebederos de agua para los blancos y otros separados para los negros. Incluso, no muy lejos de aquí de Miami, había una playa con un letrero que decía «No se admiten negros, ni latinos, ni perros, ni judíos». Eso sucedía después de casi cien años de haber sido abolida la esclavitud en este país, la cual costó centenares de miles de muertos en la llamada Guerra Civil (1861-1865), pero que no evitó que el racismo semioficial perdurara hasta la firma de la ley por parte del presidente Lyndon B. Johnson, a mediados de la década.

Oficialmente el racismo fue eliminado, pero continuó existiendo dentro de la población anglosajona. Prueba de ello es que, para que un hombre negro, mejor preparado intelectualmente que su contrario de la raza blanca, fuera elegido presidente después del desastre que ocasionó en el país la administración del republicano George W. Bush, tuvo que ocurrir la mayor crisis económica de EE.UU. desde la Gran Depresión de los años 30 del siglo pasado. A nadie le cabe duda de que Barack Obama fue electo a la presidencia de este país por la crisis económica que estalló a solo un mes de la contienda electoral del 2008.

Según un estudio que acaban de hacer varias universidades para la agencia de noticias AP, los blancos americanos son más racistas ahora que lo que eran en el 2008, cuando Obama fue electo presidente. Entonces, el 49 por ciento de los norteamericanos expresaron tener actitudes negativas sobre sus conciudadanos negros. Este año, dicha cifra ha subido al 56 por ciento. No solamente son los negros los afectados por estos racistas ya que, cuando se refiere a los hispanos, el número sube al 57 por ciento.

Hace unos días, el general Collin Powell declaró su apoyo a la reelección del presidente Obama. Inmediatamente salió al aire una declaración de uno de los principales asesores del candidato Mitt Romney en la que afirmaba que el ex secretario de Estado apoyaba a Obama porque era negro igual que él. Quien hizo la declaración en contra de Powell fue jefe de despacho de George Bush padre cuando este era presidente.

En esta elección que se avecina, el problema más grande que tiene Obama para ser reelegido no es que haya o no cumplido todo lo que prometió, ni el mal estado en que sigue estando la economía, sino el color de su piel. Espero que la mayoría del pueblo de este país se dé cuenta de que el color de la piel no hace a la persona mejor ni peor, y que el racismo es una de las peores actitudes que tienen los seres humanos.

*Periodista cubano radicado en Miami

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