¿Existen las generaciones?

Autor:

Graziella Pogolotti

La confrontación generacional es temática recurrente en la historia literaria. Las comedias mostraron el estereotipo del padre intolerante, opuesto a los amores de sus hijos, quienes cuentan con la ayuda cómplice de un criado pícaro y desenvuelto hacia el cual se manifiesta la simpatía evidente de los autores.

En Cuba, con Cecilia Valdés, Cirilo Villaverde ofrece un rico panorama de los grupos sociales existentes en la Isla, incluido un retrato de las complejas relaciones de Leonardo Gamboa con sus progenitores, vigente en gran medida en nuestra contemporaneidad. Sobreprotectora y permisiva, la madre de Leonardo Gamboa complace al hijo en todos sus caprichos, mientras Don Cándido intenta imponer disciplina y obediencia. Son los roles tradicionales, acentuados a veces por la violencia del ejercicio de la autoridad paterna.

El conflicto interfamiliar se extiende, en otros términos, a la contraposición generacional, fenómeno que se reproduce con matices diferentes en todos los tiempos y lugares. Su origen responde a causas psico-biológicas e históricas. En nuestra especie, el desvalimiento de la infancia se prolonga durante varios años. Depende de los adultos para el aprendizaje elemental del andar, de la comunicación, del reconocimiento del peligro y de la adquisición de habilidades. Llegada la adolescencia, el desarrollo de la personalidad reclama la conquista de la independencia y la carga de energía juvenil se libera a través de un conjunto de actividades que constituyen otra forma de aprendizaje. Transitoriamente, la influencia mayor se desplaza del núcleo familiar hacia el grupo de los coetáneos.

Reflejo de los cambios epocales acentúan diferencias entre las generaciones sucesivas. El decursar de los grandes acontecimientos de la historia introduce modificaciones menos trascendentales pero significativas en el orden de las vivencias de origen más emotivo que intelectual. En el siglo pasado, el noviazgo exigía el cumplimiento de una serie de pasos que se iniciaban con el cortejo distante, el diálogo a través de la ventana —o el balcón de Romeo y Julieta—, la entrada en la casa y la petición formal.

Ahora, el acceso a la intimidad es rápido y el cuidado de la virginidad ha desaparecido. En menos de cien años se pasó del pudoroso ocultamiento del tobillo bajo los largos ropajes femeninos, a la minifalda y la indumentaria unisex, por no abundar en alguna que otra extravagancia contemporánea. El ritmo acelerado de avances tecnológicos transforma el estilo de la comunicación y contribuye a acrecentar las diferencias generacionales.

Cumplidos los 80 años, instalada en una vejez todavía productiva, puedo contemplar el proceso con serenidad. Nada me resulta tan irritante como observar las barreras artificiales que añadimos a las inevitables cuando hablamos con despecho de «los jóvenes de ahora», expresión que no es nueva, puesto que también la escuché con frecuencia durante mi etapa juvenil. Sin dudas, nuestra percepción de la historia difiere. Algunos jóvenes cuyos nombres se registran en letras de bronce, fueron para mí personas de carne y hueso, conocidos en una cafetería, en un aula, en una manifestación. Mi corazón se contrajo ante el paso despacioso de una perseguidora, ante el ametrallamiento de un entierro. Al contar la historia, no hemos sabido revivir la emoción del recuerdo.

A pesar de haber compartido vivencias similares, los integrantes de una generación no conforman un conjunto homogéneo de unidades idénticas. Difieren en sus rasgos individuales, por la preparación recibida, por la inserción en un medio cultural, por la naturaleza del vínculo que los une a sus mayores, por el contexto en que han nacido.

Cabe añadir que juventud y vejez son términos abstractos y generales. Ambos recorren un espectro de edades con demandas y aspiraciones diferenciadas. Mucho difiere en expectativas, necesidades perentorias y apreciación crítica del entorno, un quinceañero de un profesional recién egresado. Pero, en todos los casos, el paternalismo y la sobreprotección se traducen en consecuencias fatales. Por el contrario, hay que seguir el ejemplo de Mariana Grajales, quien impulsaba a sus hijos a empinarse, no solo para incorporarse a la guerra de independencia, sino para afrontar con entereza los grandes desafíos de la vida. La subestimación paternalista contiene una dosis de menosprecio. En cambio, el niño y el joven requieren, ante todo, el acercamiento respetuoso, aun cuando sea necesaria la reprimenda o la rectificación de un error.

Fui durante mucho tiempo la más joven entre mis compañeros y colegas. Ahora, los papeles se han invertido. En el bosque numeroso donde crecí, existen muchos claros. Algunos fueron trasplantados en tierras lejanas. Otros han ido cayendo. Trato de conjurar la nostalgia y de contraponer las circunstancias en que viví a lo que reclaman ahora los retoños que están creciendo. Trato de eliminar los rasgos de intolerancia que aparecen subrepticiamente como reflejos condicionados. Escucho y observo el mundo que nos rodea. En estos potros inquietos, a veces incómodos, reconozco el tesoro, el rico capital humano que asegura el presente y el porvenir.

Las generaciones se forman con quienes recorren las etapas de la vida bajo un mismo clima epocal y comparten una zona significativa de la memoria. En su interior habita una diversidad de grupos y personas en razón de origen social, nacionalidad y rasgos personales. Tampoco permanecen aisladas en compartimentos protegidos por altas murallas. Construyen puentes con sus mayores y con quienes habrán de sucederles en la familia, en la escuela, en el vecindario, en el trabajo. Establecen asociaciones según gustos y afinidades artísticas, deportivas o profesionales.

Al igual que las personas, las sociedades y las generaciones constituyen fuerzas vivientes, sujetas a cambios imperceptibles y decisivos, convivientes en tiempos de diferente duración. Efímera, la existencia humana se inserta en el decursar perecedero de la generación y en el prolongado proceso de la historia, hecha por la huella de cada uno y, a la vez, compleja carga que nos trasciende y modela.

En el plano individual, con la vejez decrecen las energías y en la mirada prevalece el ayer sobre el mañana. Pero quienes han podido atravesar los años manteniendo alerta el espíritu en función del aprendizaje alcanzan la sabiduría necesaria para romper la soledad, compañera de tantos ancianos, a través del diálogo fundado en el respeto y la confianza en el joven que emerge, exentos de paternalismo. Porque fuimos como ellos en lo esencial y también entonces reclamamos una carta de crédito libre de reservas y suspicacias, anchos horizontes en noche aparentemente cerrada, espacios para el ejercicio de la responsabilidad, el riesgo y la audacia, un habitáculo para albergar sueños grandes y pequeños.

Las generaciones son mucho más que un simple relevo. Respiran una época animada por otros rumores, se fragmentan en sus propias contradicciones y terminan por diluirse en un cauce de aguas profundas, en el permanente replanteo de dilemas raigales. En un país joven como el nuestro, seguimos construyendo la nación. Desde los orígenes de nuestra tradición intelectual, Del Monte y Heredia encarnan posiciones opuestas. A la primera corresponden los Arango, los autonomistas y los anexionistas. A la segunda, pasando por José Martí, quienes sueñan con la emancipación humana. En lo personal, atenida a las realidades de cada circunstancia histórica, me coloco en la senda abierta por el cantor del Niágara.

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