¿Los periféricos? - Opinión

¿Los periféricos?

Autor:

Alina Perera Robbio

Al filo del mediodía, el muchacho salió deprisa por una puerta y, ya en la calle, enloquecido, gritaba a otro que al parecer lo estaba llamando: «No voy nada, que tú eres hueso y paleta…» (entiéndase tacaño); «no, no, que ahora me voy a tomar una pila de lague (es decir, unas cuantas cervezas), igual que ayer, igual que mañana, cuál es…».

«¿En qué trabajará? ¿Qué producirá? ¿De qué vivirá? A todas luces no lo hace de sus blandas manos ni de lo que hay detrás de su frente», pensaba yo mientras le veía avanzar orondo y estridente, orgulloso de no sé qué éxito (un triunfo con sabor a desparpajo y a vagancia de esquina).

En una suerte de estallido pernicioso, muchos personajes como este le han nacido a las esquinas de la Isla. Justo ahora, cuando el país diseña sus estrategias para salir adelante desde la filosofía de lo racional y la voluntad de producir, esa suerte de marginal blando —que a los ojos de algunos puede parecer hábil y hasta simpático— es como una mala palabra gritada en un salón de espera, la criatura no deseada que nos nació al cabo de tantos años duros, la metáfora de un fenómeno social (que el trabajo haya dejado de ser la escalera legítima de ascenso a la realización) que Cuba sufre y anhela dejar atrás mientras vive cuerpo adentro la lucha entre lo que no le sirve, y lo que le está haciendo falta.

Califico de blandos a estos marginales de ahora porque nada tienen que ver con los tipos difíciles, con los preteridos que en los primeros años de Revolución fueron encontrando espacios para estudiar o trabajar, para dignificarse ellos y dignificar a los suyos en un proceso que nacía rompiendo abismos de clases y discriminaciones de toda índole.

Aquellos hombres o mujeres «periféricos», tan bien dibujados por nuestro cine en una temporada en la cual el triunfo de 1959 era un suceso todavía reciente, sí tenían razones para estar a la zaga, para ser chocantes e insertarse con cierta torpeza en un engranaje que estaba llamado a reivindicarlos en sus autoestimas. Aquellos inadaptados, despojados de instrucción y de una cultura que entonces no era una conquista popular, tal vez no tenían aspiraciones porque el estado de cosas les había arrebatado la posibilidad de crecer y de hacer algo con sus existencias.

Pero estos de hoy, además de ser casi siempre jóvenes, saludables, y por lo general instruidos, ni siquiera tienen el pudor (algo que se notaba hace algunos años en pícaros que buscaban algún certificado médico o se enyesaban una pierna) de hacer silencio sobre su estatus de vagancia. Al contrario: suelen exhibir la desvergüenza del ocio como pavos reales que despliegan la colorida cola, como trofeo que solo los necios podrían reverenciar.

Mientras, la gente honesta, trabajadora, tensa y apurada por el bregar diario, les ve figurar y casi siempre sigue de largo, sumergida en las urgencias; lo cual confiere a los marginales blandos una sensación de comodidad en la cual no asoma la presión social que podría despojar de toda legitimidad, al menos desde el imaginario popular, a esa actitud parásita.

Desde luego, el único análisis serio que cabría hacer alude al escenario que ha propiciado el florecimiento de estos pícaros: múltiples distorsiones en lo económico y en lo social han colocado al trabajo —como valor y posibilidad de catapulta de la virtud y el éxito— a la vera de casi todo, y ha dado lugar a atajos donde no pocos engrosan sus bolsillos con maniobras que siempre me han recordado el engaño del algodón de azúcar (nacido virtualmente de la nada). Así es al tiempo que los esforzados, miles de productores anónimos que sienten no estar de moda y mucho menos recompensados, lo dan todo luchando a brazo partido contra la necesidad, en pos de salvar sus equilibrios y, por consiguiente, los del propio país.

«Habremos dado el salto cuando esos hombres dejen de estar en las esquinas como racimos inútiles», me dijo un cubano que sueña lo mejor para los suyos. Está claro que esa estampa del ocio no desaparecerá por obra del milagro o la exhortación, sino al cabo de un reordenamiento de rigor, duro y más bien lento, que vaya poniendo, desde lo profundo, «malo el dado» a esos zánganos que parecen reírse de quienes anhelan una sociedad más sana, de quienes anhelan una sociedad que tenga por corazón, fortalecido, el afán de la creación y la honradez.

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