Gracias, Mi Comandante

Autor:

Juana Carrasco Martín

«Hola negrita, ¿cómo estás?», y el beso fresco y cariñoso en la mejilla, como si nos conociéramos de siempre, y sus manos fuertes y cálidas haciendo peso sobre mis hombros, fue aquel primer contacto en una fría tarde-noche de septiembre en Nueva York, en la Misión de Cuba ante la ONU, donde una «torta» esperaba para celebrar el cumpleaños de una de sus hijas.

Le conocí de cerca así, padre feliz y hombre dicharachero, al estadista preciso a quien apenas antes le había escuchado decir verdades, como hasta entonces solo oía a Fidel. El encuentro en la Embajada era privado e íntimo y, además, debíamos partir a otras labores periodísticas. Quedó trunco el momento. Luego serían más de una las oportunidades de escuchar su conversación de visionario y sus chistes de arañero, compartidos con colectivos de prensa. Así aprendí a quererlo al punto de llamarle en mi interno «Mi Comandante Presidente», y por él, apreciar a su pueblo y servirle misionera.

Ahora, bañado de pueblo, se nos va su cuerpo y así ungido avanza. Está de pie, liderando la América Nuestra, fuerte su brazo armado con la espada de Bolívar y de los guerreros de todos los pueblos.

Bañado de pueblo, queda eterno y velando por él. «Esta Revolución va a ser para nuestros hijos, porque la peleamos. Te amamos Chávez». ¿Cuántas veces escuché esa frase de las mujeres venezolanas?, y no era la frágil e inocua por un personaje de moda. Era, es, el grito de madre, de hermana, de hija, y sin prejuicio alguno también la decían, la dicen, los hombres, por querencia de un pueblo bravo agradecido.

El cariño retribuye porque los hizo dignos y los puso en la historia, les abrió los ojos y el camino a un futuro y una esperanza, que no va a terminar porque ya no recorra su llano querido, suba con ellos a los cerros de Caracas, se adentre en la exuberante selva y navegue por el Orinoco de los ancestros indígenas; tome un cafecito en la esquina de la Asamblea Nacional y de la Plaza Bolívar mientras algún visitante importante le esperaba, o se reúna con sus muchachos de la Academia, sus soldados, o levante en brazos a los niños y las niñas.

Y alguien afirma que en la América Nuestra ya no hay una izquierda huérfana, lo que se certifica desde que él reivindicó al Socialismo y le dio carácter de contemporaneidad y creación en el siglo XXI, para que la marea roja remontara fronteras y fuera dando color a la integración.

Desde hace horas, y serán días y más, las lágrimas brotan con el calor del corazón, no importa quién las seque siempre que camine decidido a su lado, escoltado por Simón y Che, los fantasmas que recorren un continente haciendo todo lo que queda por hacer. ¡Cómo negarnos a hacerle compañía!

Y ese andar es alegre, con canturías llaneras y de tambor, rancheras, carnavalitos y milongas, recitar de niños de Venezuela, su patria querida, porque queda en el imaginario colectivo su imagen de hombre generoso, risueño, regocijado con la vida y los hechos de la vida, dispuesto al canto con la misma animosidad que enfrentaba y enfrenta a los demonios del egoísmo humano.

Siento de nuevo tu beso en la mejilla, y como hermana, mi eterno Comandante, con dolor de vida, te digo: Báñate de pueblo, baila con él, gózalo en tu ya infinita presencia, cuídalo y guíalo. No hay vuelta atrás. Fortalecidos en nuestra fe en el hombre, vamos unidos… Estamos sembrando a Hugo Rafael Chávez Frías, la semilla es buena, el árbol tendrá tronco fuerte, ramas frondosas y alegres flores de justicia social y amor de pueblo.

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