Mambí de papel - Opinión

Mambí de papel

Autor:

Melissa Cordero Novo

«Nace este periódico, a la hora del peligro, para velar por la libertad, (…) para evitar que el enemigo nos vuelva a vencer por nuestro propio desorden».

José Martí

EL aire se hace más denso lejos de casa, y las distancias crecen y el mar se lleva todos los suspiros hacia el otro lado; allí los suelta. Por eso, en las noches, a finales del siglo XIX, los campos cubanos se llenaron de sonidos extraños que pocos entendían. Las palmas se doblaban por la mitad y del suelo resurgían los fantasmas de tantos héroes que alimentaron con sangre los campos. Y en punta aparecían machetes, decenas de machetes, con anécdotas de victorias y prestos a volver para desgarrar tropas españolas.

Martí lo sabe bien. Él también se sienta, en la soledad de alguna o de todas las madrugadas a pensar en Cuba. Viste de negro y alza la pluma que cae como bendita premonición sobre el papel: «la guerra es, allá en el fondo de los corazones, allá en las horas en que la vida pesa menos que la ignominia en que se arrastra, la forma más bella y respetable del sacrificio humano».

En la tregua vive sin descansos, pensando siempre en la inevitable revolución, y de a ratos, una sensación rara en el pie le recuerda las canteras, el grillete, y un sabor a cal le sube por los labios. Aprieta el puño y entonces nacen, a borbotones, más clubes revolucionarios en el exilio, se recauda mucho más de lo pensado para la guerra y surge la idea de un soldado de papel, un periódico de y para la independencia. Patria se llamará. Patria.

Nace sin dificultades, el 14 de marzo de 1892, en la quietud de la imprenta, con algunos dolores, los normales durante un parto, y le corre, en vez de tinta, sangre, sangre que moldea las palabras. «La prensa es otra cosa cuando se tiene enfrente el enemigo. (…) Lo que el enemigo ha de oír, no es más que la voz de ataque», sentencia el Apóstol en el acta de nacimiento.

Cada sábado, a partir de entonces, cuatro páginas divididas en igual número de columnas se armaron hasta los dientes para «remediar el desorden, con prudencia de estadistas y fuego apostólico», para reventar la gloria madura en el «continente donde se calcina la piel», para que se levantara «en la tierra revuelta que nos lega un gobierno incapaz, un pueblo real y métodos nuevos», pero sobre todas las cosas: «para juntar y amar».

No existe obra que triunfe, ramifique o transforme si no se concibe con amor. Y Martí amó tanto a Nubia, a Cuba, a su Patria, a su periódico, a los cubanos dignos, que hubo de robarle horas a los días para cumplir con su deber, porque «el patriotismo es un deber santo». Él mismo corregía las pruebas del diario, y sin importar las curvas de los tiempos, ayudó a conformar los paquetes salidos de la imprenta y a transportarlos hasta el correo para su distribución.

Patria fue el más peligroso y eficaz de los soldados, un mambí que disparó adjetivos y atacó, con verbos precisos, a la brutal metrópoli. Un guerrero de ideologías, una hueste viril de sintagmas, como pocas.

Leyendo sus páginas hoy, 121 años después, he sentido una sensación de combate entre los poros, una verdadera, y el espíritu pleno de aquel que vestía de negro me abordó en el pecho. Y me he arrodillado ante esa prosa, ante ese periodismo al que debiéramos acudir todos los días, con el cual debiéramos dormir todos los días y vestirnos y alimentarnos, todos los días. No existen excusas lógicas para no hacerlo, y sí punición severa para los que olviden, como publicara José Martí en Patria que «el vicio tiene tantos cómplices en el mundo, que es necesario que tenga algunos cómplices la virtud» y que «a puerta sorda hay que dar martillazo mayor, y en el mundo hay aún puertas sordas».

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