Lo grande y lo pequeño

Autor:

Ricardo Ronquillo Bello

Cuba tiene grandes fines por hacer, pero será difícil alcanzarlos si olvidamos las cosas «pequeñas» de la vida. Lo interpreto de una frase de Raúl, pronunciada entre las serias disyuntivas ventiladas en la última sesión del Consejo de Ministros.

En el encuentro se analizaron temas como los nuevos fundamentos del Programa Nacional de Medicamentos, las medidas para mejorar las casas de abuelos y hogares de ancianos, el tercer grupo de cooperativas no agropecuarias, los resultados del último censo de población y viviendas, la propuesta de perfeccionamiento del Ministerio de la Construcción, la evaluación de la política para el empleo de las casas de visitas y otras capacidades, la remuneración de atletas, entrenadores y especialistas del deporte, y el perfeccionamiento de la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana.

En medio de esas disyuntivas —y otras no abordadas en el encuentro—, el mandatario cubano subrayó una idea que no pasó por alto el reporte televisivo, ni debiéramos hacerlo en la Cuba de la actualización: la necesidad de seguir resolviendo los problemas del pueblo.

Mientras escuchaba la expresión de Raúl, me acudía a la memoria un famoso epitafio, publicado en 1640, de Ignacio de Loyola, el fundador de los Jesuítas, en cuyas escuelas tuvieron formación los dos principales líderes de la Revolución Cubana: Non coerceri maximo, sed contineri minimo divinum est: no dejarse confinar por límites máximos, pero ser capaz de entrar en el más pequeño espacio, eso es divino. Traducido más directamente: no tener límite para lo grande, pero concentrarse en lo pequeño.

La virtud de lo grande y lo pequeño no son menudencias cuando se trata de encontrar lo mejor del destino humano, y es algo que puede unirnos, con independencia de los enfoques del mundo con los que apuntalemos nuestras propuestas.

Esa idea de que cada uno, desde la posición que ocupa, ponga siempre la vista en el horizonte es sustancial. En definitiva, dar su valor a las cosas aparentemente pequeñas en los grandes escenarios.

La sensación anterior nos la pueden ratificar dos gestos unidos por su simbolismo, pese a que hayan ocurrido, el uno en la Cuba humilde y bloqueada, y el otro en la meca del consumismo universal.

Resulta que en la misma semana que en nuestro país un joven matancero devolvía a un turista ruso 5 000 dólares estadounidenses y 600 euros, entre otras pertenencias que había perdido, con la sencilla pero profunda convicción de que «lo que no es de uno, no es de uno», en la ciudad estadounidense de Boston, nada menos que un vagabundo devolvía una bolsa con 42 000 dólares.

Pese a su situación, Glen James, quien vive en la calle desde 2005, decidió alertar a la policía de que había encontrado la bolsa, según el diario Boston Herald. El antiguo empleado de los juzgados aseguró a los periodistas que no hubiera osado quedarse «con un solo centavo».

He ahí la honradez y la decencia como grandes valores universales salvados por los humildes actos de estos hombres.

Las anteriores constituyen conductas personales de una voluntad que deseamos sea universal, aunque la filosofía del epitafio puede aplicarse a otros campos, incluyendo el institucional y de gobierno.

Pongamos un caso para ejemplificar: el país separa las funciones estatales y empresariales, y para ello reduce la carga burocrática y física de sus instancias gubernamentales y reorganiza el entramado institucional.

Este es un empeño tremendo, incluso para nuestras circunstancias, que ha considerado un detalle muy sensible, ¿«pequeño» acaso? Los espacios que se liberen se destinarán a solventar las acumuladas necesidades de viviendas, sobre todo de aquellas familias que llevan años en duras condiciones de albergamiento.

Cuba ha tenido siempre una estrella grande en el horizonte del mundo. La geografía y la política nos ubicaron en una especie de Belén planetario. Nuestra curiosa posición insular nos situó como llave de las Américas, y la no menos llamativa condición política nos posicionó en significativas encrucijadas internacionales. Pero la magnitud de esos acontecimientos y circunstancias no puede permitirnos olvidar que el destino último de todas nuestras concurrencias ha sido, como quedó estampado en la esquina habanera de 23 y 12, hacer próspera y duradera una Revolución de los humildes, por los humildes y para los humildes. El sueño universal de justicia y libertad realizado en cada ser humano.

Tenemos grandes desafíos por superar, aunque solo lo lograremos si somos capaces de hacer las cosas pequeñas de cada día con un corazón inmenso y abierto a los semejantes.

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