El desconocido heroísmo de una mujer conocida

Autor:

Jesús G. Bayolo

¿Cuánto hace? Creo que van como siete años que no escribo una cuartilla para Juventud Rebelde, diario en el que me hice lo que soy —periodista— a partir de 1970. Entonces tenía 18 años.

Pero mire usted, el otro día mientras esperaba por la consulta de mi médico (angiólogo) William Savigne, un joven se me acercó y me habló con gran nivel de detalles sobre ciertos trabajos que había publicado en JR… Vaya prodigio de memoria.

Me sorprendió, porque desde hace tiempo, cuando alguien que no conozco me aborda, la conversación tiene como referencia a Universidad para Todos, lo más visible de mi actual actividad profesional.

A propósito, las clases de ajedrez en la televisión tienen un récord, que tal vez hasta sea mundial: pasaron los diez años de permanencia ininterrumpida, desde el sábado 8 de febrero de 2003. Eso, como tantas causas nobles, fue idea de Fidel, luego de disputar una partida con el GM Silvino García en las simultáneas, récord mundial y Guinness, celebradas el 7 de diciembre de 2002 en la Plaza de la Revolución.

Tuve el privilegio de ofrecer la primera clase del primer curso, el básico. Ya ha pasado por la pequeña pantalla alrededor de una quincena y está a punto de iniciarse otro, diría que el más bello de todos, atendiendo a sus protagonistas. Juzgue usted por su título: Mujeres frente al tablero.

Existen dos estilos para las clases de ajedrez en el espacio señalado: las puramente técnicas, que suelen ser ofrecidas por un solo profesor, y las que podríamos llamar de cultura del ajedrez, con el formato de dos profesores. Uno de estos aborda la parte histórica siempre que lo permita el tema con pinceladas anecdóticas y curiosas, lo que ha logrado atrapar la atención de muchos que no mueven piezas sobre el tablero.

Tales clases se complementan con la imprescindible e ilustrativa parte técnica, que expone el otro profesor, figura de profundos conocimientos, en sillas que han ocupado nuestros principales ajedrecistas, incluyendo a Leinier y Bruzón.

Suelo ser quien aborda la parte histórica y les cuento que ante Mujeres frente al tablero me dije: «Tengo una primera clase deliciosa, con encantadoras anécdotas, y luego dos muy apasionantes, como fueron las dedicadas a las vidas de Vera Menchik —la primera campeona— y Sonja Graf, la otra mujer que en su época desafió a los hombres».

Pero me afligí por las tres clases que seguían, sobre las primeras campeonas mundiales de la posguerra: Liudmila Rudenko, Elizabetha Bikova y Olga Rubsova, que se me exhibían sumamente grises.

El desconocimiento nos lleva a cometer la mayoría de nuestros deslices y, en consecuencia, a pensar erróneamente. Ahora, luego de investigar a fondo su vida y obra, esa mujer gris que me parecía Liudmila Rudenko brilla con los más vivos colores ante mí.

Ubiquémosla en el tiempo: nació en Ucrania el 27 de julio de 1904 y murió en Leningrado el 4 de marzo de 1986. Economista de profesión, consideraba el ajedrez su hobby y así y todo fue campeona mundial en 1950, con 45 años, primera de la posguerra y segunda en la cronología general…

Pero no fue eso lo que la hizo cambiar de color ante mis ojos. En 1929 se radicó en Leningrado, donde se casó con el científico Lev Goldstein y en 1931 tuvo a su hijo Vladimir. Durante el sitio de esa ciudad por los nazis, ella organizó un tren para evacuar a cuantos niños pudo subir a todos sus vagones…

Quién sabe la cantidad de personas que respiran hoy en este mundo gracias a esa valiente mujer que arriesgó más en el tablero de la vida que en el del ajedrez…

Muchos años después de su reinado, le preguntaron cuál era el mayor logro de su vida y no habló de ajedrez, sino de niños que apenas conocía y del tren que fue su desvelo hasta verlo partir en aquel sublime instante de 1941.

Ese fue siempre su mayor orgullo. Y desde que lo supe, la admiro y me siento más orgulloso de Liudmila Rudenko.

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