Cuentos de la democracia representativa

Autor:

Lázaro Fariñas

Una de las mentiras mejor estructuradas dentro de la mal llamada democracia representativa es la de afirmar que, en donde está implantada, el pueblo goza de plena y absoluta libertad. Es mentira que se ejerza, a plenitud y en toda la extensión de la palabra, la libertad de expresión, la libertad de movimiento, la libertad de prensa y, ni tan siquiera, la libertad económica.

No todo el mundo en esa llamada democracia puede operar un timbiriche en donde mejor le plazca. Para eso existen controles de parte del Estado, controles que restringen al ciudadano y le dicen dónde puede poner un establecimiento comercial y dónde no.

Aquí mismo, en Estados Unidos, existe una serie de regulaciones al respecto. Los establecimientos comerciales de todo tipo están sujetos a un grupo de inspecciones obligatorias por parte de los funcionarios y agencias gubernamentales. Incluso, hay ciudades que son más implacables que otras en cuanto a sus regulaciones y ordenanzas. Por ejemplo, en la ciudad de Coral Gables, en el Condado de Miami Dade, llegan al punto de que usted no tiene la libertad de pintar su casa del color que más le venga en ganas, y ha de pedir permiso, incluso, hasta para poner una cerca con el propósito de demarcar los límites de su propiedad. Por supuesto que es imposible que usted pueda montar un negocio en una zona que no sea comercial.

De más está decir que aquí paga impuestos hasta el perro de la casa. De los impuestos, en este país, no se escapa nadie. Por lo tanto, es de una rigurosidad inaplazable el acto de llenar cada año una declaración de los mismos. La agencia que se ocupa de ellos se llama, en inglés, Internal Revenue, y debido a su poder de coacción, muchos llaman el Infernal Revenue. Los impuestos son tan rigurosos en Estados Unidos que no importa si usted ha ganado el dinero en el extranjero: es obligatorio declararlo y pagar los impuestos correspondientes por esos ingresos. Si a alguien aquí le dan un premio internacional y con ello cierta cantidad de dinero, esa persona tiene la obligación de declararlo y pagar una porción del mismo al Estado.

Los cubanos, que no entienden mucho de eso, no tienen la menor idea de lo implacable que son esos agentes del Estado a la hora de una auditoría, sea esta personal o comercial. Aquello de que usted es inocente hasta que se demuestre su culpabilidad, no aplica con esta gente a la hora de que lo seleccionen para hacerle una de esas inspecciones.

De la cacareada libertad que se dice que tienen los ciudadanos para protestar, mucho se puede decir. En primer lugar, para hacer una manifestación de protesta, por pequeña que esta sea, hay que acudir a la policía para solicitar un permiso y está en manos de esta la potestad de otorgarlo o negarlo. Un simple ejemplo lo acabamos de ver en España donde, por motivo de la proclamación de Felipe VI como Rey, la policía prohibió que manifestantes a favor de la República pudieran salir a la calle a protestar contra la monarquía. Fueron más allá y no permitieron que los ciudadanos que quisieran pudieran portar públicamente cualquier signo republicano como, por ejemplo, banderas de la República.

Ya hemos visto, una y otra vez, cómo en diferentes manifestaciones de protesta en cualquiera de estas democracias representativas los ciudadanos han sido apaleados. En innumerables ocasiones hemos visto en las pantallas de los televisores, en protestas en Estados Unidos, Chile, España, Francia, etc., a las fuerzas represoras democráticas con el palo en la mano, rompiendo cabezas y partiendo costillas.

La tan cacareada libertad de prensa no es más que un cuento chino. Esa libertad solo existe para los propietarios de los medios. En los periódicos se publica lo que los dueños quieren que se publique, y en la radio y la televisión se ve y se dice lo que los dueños quieran que se vea o se diga. Cualquier otra afirmación no es más que un cuento de camino.

En estas democracias representativas los periodistas son libres únicamente para publicar lo que los propietarios de los medios les permitan. Ahí esta el caso de los cinco cubanos antiterroristas que fueron condenados a injustos años de prisión en Miami. A los dueños de los grandes medios de comunicación no les ha dado la gana de crear un estado de opinión sobre este injusto caso y, por lo tanto, la mayoría de los norteamericanos no tienen ni la menor idea de qué fue lo que verdaderamente ocurrió en la Corte de Justicia de Miami. De esta injusticia, llevada a cabo por la tan ponderada justicia de este país, nada se sabe.

Siempre recuerdo aquello que decía «haz lo que yo digo, no lo que yo hago». Es así como es y como actúa la llamada democracia representativa, con cuentos chinos y vendiendo espejismos.

*Periodista cubano radicado en Miami

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