Soy de aquí

Autor:

Adianez Fernández Izquierdo

Sin las raíces ningún árbol puede sostenerse, como no lo puede hacer ninguna nación sin su historia, su cultura y tradiciones. El pasado es quien justifica el presente de un pueblo, y a la vez lo que marca las pautas para el futuro; es de donde tomamos experiencias, buscamos ejemplos, de donde extraemos el basamento de nuestras conductas como ciudadanos solos o como actores de una sociedad.

Así, con la conjunción de historia, cultura, tradiciones e ideologías, construye cada individuo su identidad propia, que puede encajar o no con la de la mayoría, pero que es el primer paso para lograr una identidad social. El individuo debe primero ser él mismo, distinto a los demás, para después sentirse parte de un colectivo y participar en la construcción social.

Y es precisamente la identidad lo que ocupa y preocupa a muchos en la joven provincia de Artemisa, pues quienes asumen hoy el gentilicio de artemiseños, sin cambiar de domicilio, otrora fueron hijos de la tierra de Pinar del Río, o de La Habana, hecho que ha movilizado a sociólogos, investigadores y dirigentes de muchas instancias, con tal de «lograr la identidad artemiseña».

Desde la fundación de la provincia muchas han sido las acciones en pos de cumplir esta gran meta. Spots televisivos del telecentro provincial, artículos en la prensa, talleres sobre el tema, proyectos de la Universidad de Artemisa, y encuentros con la historia de cada localidad han acontecido en diversos espacios, pero sin lograr aún llegar a la cima.

¿Razón? Es simple. La identidad es un proceso que tarda años y pasa por miles de objetividades y subjetividades. Sin desestimar nada de lo hecho creo que solo con trabajo, esfuerzo y resultados palpables, los habitantes de esta tierra dirán con orgullo: «soy artemiseño».

Ejemplos sobran y los tenemos en esferas como el deporte, pues si bien en los inicios el estadio 26 de Julio estaba vacío en las series nacionales o repleto de seguidores de otros conjuntos, ya los Cazadores de Artemisa han conquistado una afición, gracias a los triunfos y a la pasión con que han defendido los colores de su equipo.

También la Zona Especial de Desarrollo Mariel, ubicada en el territorio, contribuye a la identidad, pues se trata de un megaproyecto clave para el empuje económico de la nación que involucra y beneficia a muchos artemiseños. Y qué decir de la Universidad de Artemisa, con poco tiempo de fundada pero con mucho potencial científico y un compromiso grande con el avance del territorio.

No creo desacertadas ninguna de estas vías, como también encuentro lógica en las palabras de Tamara Ávila Espronceda, directora general de Educación, Cultura y Deporte en el territorio, cuando explicaba que la prioridad en esta construcción de identidad eran los niños, pues ellos constituyen el futuro de la provincia y no están permeados de identidades pasadas.

No es esta una tarea para andar corriendo, y sí para dar muchos pasos certeros en todos los frentes. Poco a poco Artemisa gana espacio y reconocimiento a nivel de país, es referente por todos los experimentos que allí se desarrollan, y con la valía de su gente tiene potencialidades para dar más, solo falta comunicación intencionada, más trabajos con resultados y mayor intencionalidad en la enseñanza de la historia y las tradiciones a las nuevas generaciones.

Una simple división política no puede cambiar de un día para otros conceptos de años y tampoco creo que deba hacerlo. Se trata de asumir esta nueva condición como parte de una lógica histórica que vive el país. Finalmente, la tierra que pisamos, la bandera, la mariposa, la palma, el escudo, y los ideales, siguen siendo los mismos. Pinareños, habaneros o artemiseños seguimos siendo de aquí, de donde está lo nuestro, nuestras raíces, y eso nada lo va a cambiar.

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