Miedo a los colores

Autor:

Juan Morales Agüero

Los colores son capaces de evocar en las personas estados de ánimo heterogéneos. Los especialistas aseguran que los cálidos suelen ser estimulantes y provocar optimismo, aunque también, en ciertas circunstancias, pueden despertar agresividad.

Los fríos son casi siempre elegidos para decorar hospitales y consultas médicas por su capacidad para inducir relajación. Los cálidos, en cambio, elevan el ritmo cardiaco. Y otros, aunque los expertos no los incluyen, infunden terror...

La digresión anterior no es gratuita. Le echo mano para apoyar una anécdota tragicómica que, a finales de 1958, protagonizaron los miembros de un equipo manatiense de fútbol y la tripulación de un carro patrullero de la dictadura de Fulgencio Batista.

Aquel día por la mañana, los jóvenes deportistas del club Relámpago se desplazaban por la Carretera Central a bordo de tres automóviles, alquilados a buen precio en Victoria de Las Tunas, rumbo a la indómita ciudad de Santiago de Cuba.

Debían apurarse, pues allá tenían concertado para el horario de la tarde un juego con un once del territorio. Jóvenes al fin, empleaban el relativamente largo trayecto en gastarse bromas y en especular acerca de los posibles resultados del partido.

El viaje marchaba bien hasta que, a la altura de Contramaestre, vieron en medio de la vía un carro patrullero que les bloqueó la marcha. Los autos se detuvieron. Al momento, un grupo de guardias se les acercó y los mandó a echar pie a tierra.

El que parecía ser el jefe miró con odio a los jóvenes, mientras acariciaba las cachas de su arma de reglamento. Luego les ordenó a sus sicarios registrar a fondo los vehículos. «Revísenlo todo. ¡Hasta las ruedas!», ladró amenazante.

Durante el registro en los maleteros, un esbirro confundió una botella llena de aceite con un coctel Molotov. Y otro una cubanísima maraca con una granada. ¡Estaban aterrados! Si no hubiera sido por lo difícil del trance —aquella gente era capaz de matar por cualquier motivo—, era para morirse de la risa.

Por fin el militarote se calmó un poco. Entonces les comunicó a los muchachos que su detención en plena carretera obedecía a una razón de «seguridad nacional»: todos estaban tildados de sospechosos, porque sus trajes de juego... ¡portaban los colores rojo y negro de la bandera del 26 de Julio!

Los atletas, que viajaban con sus uniformes mandados a hacer en la habanera Casa Montero, convinieron con los sicarios en que, efectivamente, los colores eran los mismos: short negro con ribetes rojos y camiseta roja con ribetes negros. Pero ellos no tenían nada que ver con las acciones que en ese momento marcaban un hito en la historia del país.

Lo que realmente aterraba a los guardias eran aquellos jóvenes con destino a Santiago de Cuba, ciudad que hervía en medio de la lucha revolucionaria. Nuestros coterráneos tuvieron que hablar bonito para que los energúmenos de uniformes amarillos, después de revolverles todo dentro de los carros, los dejaran continuar viaje hacia la heroica ciudad oriental. Eso, a pesar de su terror a los colores rojo y negro.

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