Sin miedo a la magia

Autor:

Ana María Domínguez Cruz

Quienes bien me conocen saben que prefiero un abrazo apretado que un montón de palabras escogidas para que suenen bonitas… Convencidos están de que me alegra más un regalo hecho para mí con el despliegue de cualquier inventiva y habilidad, o cualquier objeto al que se le acuñe un significado especial, que un regalo comprado… Seguros están que premio las iniciativas, lo inimaginable, lo impensable que sorprende antes que lo que figura como tradicional en los manuales clásicos… ¡Es que la espontaneidad nos puede regalar tanta felicidad!

Sucede que no siempre nos damos el tiempo oportuno para conocer a alguien y percatarnos de aquello que puede estremecerle hasta lo más hondo. Dejamos que pasen los días, perdiendo mágicas oportunidades para que brote la magia. Sí, la magia existe, sobre todo cuando dejamos que estalle la que llevamos dentro.

¿Por qué frenar un beso sincero tan solo porque son muchos los ojos que pueden verlo? ¿Por qué ignorar una mirada que brilla y evitar que la nuestra también regale destellos? ¿Tanto daño puede causar un abrazo si estruja la ropa recién planchada? ¿Acaso el deseo de agarrar una estrella fugaz no es tan grande como para no dejarlo escapar cuando alguien nos motiva a volverlo a sentir?

Nos falta emoción auténtica en lo cotidiano, en lo que se planifica una y mil veces, y en aquello que se circunscribe a horarios y esquemas preestablecidos. Se desperdicia talento cuando organizamos un acto o una actividad cultural rigiéndonos por guiones añejos y modelos instaurados. ¿Dónde dejamos la genuina energía que se comparte cuando las ideas se combinan y emerge algo distinto, novedoso, fresco?

Son aplaudidos las cortinas de seda y los asientos de terciopelo, no se concibe una ventana limpia y unos cojines en el suelo… Se compran muebles y se repletan de adornos de porcelana y de biscuit, cuando las piedras, la madera rústica, las flores naturales y la cera nos pueden envolver en un ambiente agradable.

Se asocia con progreso y confort lo que más caro cuesta en la medida en la que los otros también se percaten de ello, y pasan por alto —aunque nos gusten— miles de inventos que, con pocos recursos y mucha chispa, también dotarían a  nuestro entorno de comodidad y originalidad.

Se escriben los trabajos y los informes bajo el respeto de la misma estructura, y se huye de señalamientos, mientras se repiten los mismos errores. No son pocas las veces que reprimimos sentimientos y soluciones porque ya sabemos que hay quien, como con hacha filosa y certera, puede cortar nuestra expresión de un tajo.

Que se abra la puerta a lo diferente, lo creativo, lo sencillo, para que cambien las mentes, las actitudes, los comportamientos. Dejemos que nuestra vida personal sea la primera que cambie sin herir a los otros, para que luego el ámbito laboral y el social sean irradiados con esa singularidad. Creamos en la magia de la espontaneidad, que sí existe, vivamos con ella y no le tengamos miedo.

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