Confluencia urgente

Autor:

Alina Perera Robbio

«¿Consejo?: primero ser patriotas, después, tener una profesión y desempeñarla a plenitud, cualquiera que sea —la más humilde o la más sofisticada—, y hacer bien las cosas». Como un padre, como maestro que ha vivido intensa y largamente el difícil y esforzado camino de la existencia, José Ramón Fernández, asesor del Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, habló el pasado 16 de julio a un grupo de niños y adolescentes durante la Asamblea Nacional Pioneril que por esos días sesionó.

Fue en la Comisión 1, que tuvo como sede al Memorial José Martí y que abordó el tema «Responsabilidad de pioneros y pioneras en la continuidad de la Revolución», donde José Ramón habló a los delegados de modo familiar y ameno, en un lenguaje que me impresionó e hizo meditar sobre el valor que tiene el encuentro de los consagrados luchadores, los artífices de una historia no lejana, incluso presente, con quienes se van iniciando en las complejidades de este mundo y tienen en sí el futuro y la esperanza del país.

Aquellas palabras construían una suerte de tierra común, donde interactuaban el representante de una generación legendaria y quienes conforman las generaciones más recientes. Dejaron en claro que siempre será posible tender puentes entre unos y otros protagonistas, y que en tiempos como estos serán salvadores el análisis, la sinceridad y el apoyo emocional de nuestros hombres y mujeres más valiosos.

Hablando de Cuba, Fernández comentó a los pioneros que la velocidad de los cambios, como ha expresado Raúl, dependerá de cuán bien se hagan las cosas. Recordó a los muchachos la legitimidad que hay en buscar el desarrollo, pero siempre con «sentido de utilidad», sin perder conciencia del espíritu solidario.

En una mirada que volvió a grandes episodios, José Ramón recordó la gesta del Moncada, el período de cárcel de la Generación del Centenario, el exilio, la organización del regreso a la Isla, el desembarco del yate Granma… y la lucha, durante tanto tiempo, contra el bloqueo imperial. «Esta libertad que hoy tenemos —dijo a las niñas y niños— podemos llevarla, si ustedes quieren, muy lejos en el tiempo».

«Con este pequeño saludo intento hablarles a ustedes de lo importante que es la conducta, el comportamiento, el sentido de la justicia», explicó a los pequeños, a quienes recordó la trascendencia que tiene la gratitud con los hombres que hicieron posible una Patria libre.

Sobre el indispensable debate del presente, José Ramón comentó que nos sobran razones para discutir y defender nuestra obra, solo que hay que «saber discutir, tener paciencia y calma para hacerlo». Confesó no ser imparcial: «Soy amigo de la justicia, de lo bueno, de nuestros derechos».

Al pueblo, ese que conformamos todos, lo describió como «noble, valiente, sufrido», el que ha sabido pasar más de un período especial: el apagón, la falta de todo, mirando al horizonte cada día, cada tarde, cada noche, por aquello del último barco urgente, con las provisiones necesarias para ayer.

El cubano quedó descrito en las palabras de Fernández como un ser a quien solo satisface la victoria. «Fidel, afirmó, nos ha llevado a muchas victorias, y ahora Raúl. (…) Fidel puso a Cuba en el mapa, y Raúl así lo mantiene».

El experimentado luchador, quien tenía otras obligaciones, se despidió de los pequeños con un abrazo fraterno, les deseó una vida fructífera y expresó su confianza en que ellos podrán dar continuidad a la Revolución.

Días después pude leer la intervención que José Ramón había hecho en la jornada de análisis de la Comisión 1, durante el VII Congreso del Partido Comunista. En lo referente a la enseñanza de la historia, tema que lo desvela, expresó a los delegados: «La historia es la cara de los pueblos. El pueblo que no tiene historia no existe. Comprometer a todos con la historia, llámese la de Carlota o la de Hatuey, la historia de Maceo, de Martí, de todos los que libraron luchas de un tipo o de otro por Cuba. Ese es el compromiso, entre otros, de valor ético, moral, de razones, de conquistas que estamos obligados a defender».

¿Habrá mejor modo de engarzar generaciones, de sentir la historia como ser vivo que el encuentro aquí contado? ¿Cuántas conversaciones de esa naturaleza nos están haciendo falta? ¿Cuántas mujeres y hombres grandes nos resultan lejanos, y por tanto no podemos admirar, porque nunca les hemos visto contar sus historias, sus terrenales sueños que, a fin de cuentas, forman parte de nuestro devenir?

Es tarea urgente ir más allá de los libros, llenar los silencios con la anécdota y la sabiduría, tocar el alma de quienes, muchas veces sin pensar en ello, conforman la épica de nuestra pervivencia. La continuidad es posible allí donde el arte de comunicar pone a dos o más generaciones al mismo nivel: el de los desvelos y la entrega en pos de un sueño de nación.

El encuentro cercano aquí narrado—transido de espiritualidad, de asideros para la conducta— es una confluencia estratégica que no debe ser excepcional, sino costumbre de estos complejos, amnésicos y apresurados tiempos.

Comparte esta noticia

Enviar por E-mail

  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares, ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los que incumplan con las normas de este sitio.